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Uno de los tantos momentos bochornosos del expresidente López Obrador se dio en julio del 2022 cuando en el Salón Oval de La Casa Blanca ofreció al entonces presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que los ciudadanos de ese país cruzaran a México a cargar gasolina porque acá era barata.

Lo que hizo fue ofrecer a ciudadanos extranjeros beneficiarse del subsidio a las gasolinas que en ese 2022 les costaron a las finanzas públicas 400,000 millones de pesos.

Pero el mercado se encargó de darle una bofetada al populismo mexicano y hoy la realidad es que un litro de gasolina regular en Texas, principal estado exportador de gasolinas a México cuesta $12.02 pesos por litro, mientras que aquí en México, el doble, $23.82 pesos por litro.

Una de las prácticas que a la callada ha dejado de lado esta parte de la continuidad del régimen es el costo fiscal en el mercado de las gasolinas. Y, sin abandonar el discurso populista de los energéticos, las gasolinas son ahora un severo instrumento de recaudación fiscal.

En México la tasa de informalidad alcanza 55.4% de la población, lo que implica un dilema sobre cómo cobrar impuestos a los que viven fuera del sistema. Los impuestos al consumo tienen límites que parecen pertinentes en un país con tan altos niveles de pobreza y por ello echan mano de un silencioso recaudador en la gasolina.

La muy agresiva tasa del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) que se aplica, entre otros productos, a las gasolinas se ha convertido en la caja chica de la hacienda pública.

La gasolina está muy cara en México, hay que reclamar eso al régimen actual que construyó su campaña de desprestigio de los gobiernos anteriores en esa y en otras tantas cosas que hoy ellos en el poder hacen de peor manera.

Pero es un acierto que no haya un subsidio fiscal a las gasolinas, porque es totalmente regresivo.

Lo lamentable es que haya tan poca transparencia en el manejo del mercado de combustibles y que el propio gobierno les ponga una trampa a los consumidores con aquello del famoso techo de los 24 pesos por litro, porque hoy, que en el mundo han bajado los costos de los combustibles, ese nivel se ha convertido en un piso que afecta a los consumidores.

Sí, las finanzas públicas están en problemas, Pemex es buena parte del origen de la situación compleja que se verá mucho peor a partir del próximo año, pero poner controles de precios que afecten a los consumidores, limitar la libre competencia y monopolizar el mercado en las manos de la quebrada e ineficiente petrolera estatal es inaceptable.

Cada vez que baja el precio de la gasolina texana y no baja en México, el gobierno recauda miles de millones de pesos adicionales al mes, son pesos de ahorro que le deben corresponder al bolsillo de los consumidores.

Cobrar impuestos tan altos en las gasolinas evita en buena medida la quiebra fiscal del país, pero castigar al consumidor con un piso artificial que impide que las bajas internacionales lleguen al ciudadano mexicano anula la competitividad en favor de un Estado que ha sido incapaz de realizar una reforma fiscal profunda.