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Lograr una ventaja, obtener rentabilidad, eso es lo que puede activar ese poder ejecutivo, sin límites ni miramientos, que tiene Donald Trump y que ha guiado su segundo mandato.

Hasta antes de que el pasado fin de semana el Presidente de Estados Unidos lanzara una cacería militar para capturar a Nicolás Maduro, las casas de apuesta daban una posibilidad de que el dictador dejara pronto el poder de Venezuela de apenas 13 por ciento.

Y como dato curioso y revelador de lo inesperado de esta acción ahora se investiga cómo es que un personaje anónimo apostó el 2 de enero $32,000 dólares a que Maduro caería antes del 31 de enero, su ganancia un día después fue de $436,759 dólares, lo que ahora se averigua como el uso de información confidencial.

El punto es que se trató claramente de una planeación militar previa, puntual y efectiva, que se asumió en total secreto y con algo de tiempo. En total secreto, hasta que alguien decidió tomar la información para hacer una apuesta.

Pero, también es evidente que los asesores presidenciales no consideraron todas las consecuencias que abriría en el mundo una decisión de esa envergadura.

Hasta ahora, la ganancia, ventaja o apalancamiento (leverage) de esta operación apunta más a premios petroleros. Mucho más allá de capturar a un peligroso narcotraficante o devolver la democracia a un país latinoamericano.

Y todo va hacia los intereses de los mercados y del propio plan de recuperación futura de la economía estadounidense.

Venezuela tiene petróleo, pero su infraestructura está destruida. Las inversiones de reconstrucción, pagaderas con el propio petróleo y cuidadas por el portaaviones USS Gerald Ford, son una ventaja de aplicación inmediata.

Otra ventaja paralela está en preservar las reservas estratégicas locales del complicado shale oil para absorber los yacimientos del Orinoco Belt. Quien deja de explotar de manera local, obtiene contratos offshore.

Además, ya que se logre el restablecimiento de la infraestructura venezolana: el costo de extracción a través del fracking es de 30 a 45 dólares por barril; en Venezuela, no más de 15 dólares, lo que da margen para los costos de transporte.

Y una más, las veneradas refinerías de gasolina de Texas están acondicionadas para funcionar con el petróleo pesado, como el venezolano, y menos con el ligero de las rocas de su propio subsuelo.

En fin, habría que estar en la cabeza de Trump para conocer la motivación de su paso tan radical, tan poco diplomático y tan militarmente preciso para saber qué lo mueve.

Pero si atendemos a otras de sus acciones y sus dichos, lo mueve la ganancia y ahora, el poder de la amenaza cumplida.

Ucrania, por ejemplo, intercambió armamento por un contrato leonino por tierras raras. Sin importar que después ya renegociaba con Vladimir Putin.

En Gaza, aquel proyecto de Trump de construir un puerto turístico para millonarios no es algo que se deba tomar solo como un disparate, es una historia que hay que seguir.

Y en medio de todo esto, hay que ver cuál es el leverage sobre México, que va mucho más allá de lo comercial, también lo energético y la infraestructura, con la ventaja que les dan tantos frentes descuidados por el propio gobierno mexicano.