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¿Quién tendrá mayor capacidad de resistencia, los participantes de los mercados cada vez más inmunes a los arranques de Donald Trump o una decisión arrebatada del Presidente de Estados Unidos que sí pueda tener un gran impacto en la economía?

La credibilidad del republicano baja cada vez que lanza una amenaza, por ejemplo, en lo comercial, y poco tiempo después revierte sus propios dichos.

Es un hecho, los aranceles existen, afectan los flujos comerciales y hay evidencia de que esos impuestos de importación se traspasan a los consumidores y que han ralentizado la actividad económica occidental.

Sin embargo, lo que ya no causa el mismo efecto catastrófico como al inicio de la administración de Trump, hace apenas nueve meses, son esos anuncios arrebatados y espectaculares.

Por ejemplo, el jueves pasado, tras su anuncio colérico de suspender toda negociación con su segundo socio comercial más importante, porque vio un anuncio en la televisión de una provincia canadiense que no le gustó, los mercados ya no tuvieron mayor reacción.

El índice VIX, que precisamente mide la volatilidad bursátil, vio pasar sin mayores aspavientos este nuevo arranque en el que, a través de su red social, le cerraba la puerta en las narices a Canadá para mantener negociaciones comerciales.

Ese mismo indicador al día siguiente, el viernes, mostró una baja por el dato inflacionario que resultó menor a lo esperado por el mercado.

Y en ese mar de confusión que ha creado la política comercial de Donald Trump quedan más al descubierto las dos velocidades que lleva hoy la economía estadounidense.

De un lado, los mercados que celebran un dato inflacionario menor al cálculo que aumenta las posibilidades de bajas futuras en la tasa de referencia de la Reserva Federal y, por lo tanto, que se mantenga el apetito por el riesgo que es lo que sostiene la actual fiesta bursátil.

Pero, por el otro lado, hay muchos agentes económicos que ven cómo en ese mismo indicador inflacionario del mes pasado que, efectivamente, subió menos de lo que esperaban los analistas, hay también un incremento más acelerado en los precios de una amplia gama de productos de consumo.

Si ese creciente apetito por el riesgo se alimenta de una piel más gruesa ante los arranques de Trump, pero también por la tolerancia al peligro por las bajas tasas de interés y, de paso, por la tan negada burbuja de precios de las acciones relacionadas con la inteligencia artificial, hay que ver cómo acaba esa fiesta.

Porque en el resto de la economía, esos pleitos con Canadá, esos titubeos con China, esas ocurrencias cotidianas de nuevos aranceles sí provocan una ralentización económica y presiones inflacionarias.

Y por si faltara algo, por ahora la Reserva Federal tiene que tomar sus decisiones de política monetaria a media luz, prácticamente a ciegas, porque el cierre del gobierno federal ha limitado la cantidad de datos disponibles, incluso con la amenaza de no poder contar con un futuro dato inflacionario confiable si sigue el shutdown.

Cuando la resiliencia ya raya en el masoquismo social de tener que aguantar los dictados autocráticos del presidente, no puede haber buenas señales para la economía más grande del planeta.