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Para no ver con indiferencia cómo se resquebraja la democracia en el mundo es que se organizan congresos como el de Estado Abierto y Gobernanza que, en su segunda edición, se lleva a cabo esta semana en España.

Evidentemente, mientras un régimen más quiera alejarse de esa apertura y gobernanza democrática, más desapercibidos pasan estos encuentros, como el organizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y la Red Académica de Gobierno Abierto Internacional.

Daron Acemoglu y James Robinson, ganadores del Premio Nobel de Economía 2024, plantean en su obra “Por qué Fracasan las Naciones” que la democracia no garantiza el crecimiento económico instantáneo, pero es esencial para el desarrollo económico sostenible y equitativo a largo plazo.

La referencia comparativa más puntual del nivel que tiene hoy la democracia mexicana la proporciona el Índice Democrático que elabora The Economist Intelligence Unit (EIU), que mide la pluralidad electoral, las libertades civiles, la participación política, la cultura democrática y el funcionamiento gubernamental.

En el más reciente indicador del 2024, México pasó de ser una democracia imperfecta a un régimen híbrido, entre la democracia y el autoritarismo, con López Obrador. La realidad es que las mediciones futuras tenderán más a acercar a nuestro país a un régimen autoritario que a un Estado abierto.

En ese congreso de la Cepal que se lleva a cabo en Victoria-Gasteiz, el Rey Felipe VI pronunció un discurso que no tiene desperdicio si hoy se escucha desde México o desde Estados Unidos, como una señal de alerta.

Hace tres décadas, dijo el monarca, se popularizó el concepto del “fin de la historia” por la percepción del modelo democrático como inamovible. Sin embargo, hoy las democracias están en retroceso.

De acuerdo con datos del mismo estudio del EIU hoy solamente 6.6% de los habitantes del mundo viven en una democracia plena, comparado con 12.5% que lo hacía en el 2014.

El rey de España identifica a nivel global lo que claramente vemos en México, “Aunque la mayoría de los ciudadanos manifiestan su preferencia por la democracia como sistema de gobierno, aumenta la insatisfacción respecto a su funcionamiento. Esta brecha abre la puerta al auge de los populismos, a una polarización más intensa y a un progresivo distanciamiento entre la ciudadanía y las instituciones”.

México, aunque no está solo en ese descontento que nutre a los regímenes híbridos en crecimiento, tiene la responsabilidad interna de no rendirse ante el desencanto.

Ese espacio de insatisfacción al que hizo referencia el Rey Felipe VI, entre la preferencia por la democracia y el disgusto por su funcionamiento, no se cierra con decretar desde el poder que México es el país más democrático del mundo, se repara fortaleciendo esas instituciones que, según los economistas, garantizan un desarrollo a largo plazo.

No lo notamos, de hecho, 93.4% de la población mundial no se da cuenta, pero la libertad es un bien escaso y muy frágil.

Daron Acemoglu y James Robinson, ganadores del Premio Nobel de Economía 2024, plantean que la democracia no garantiza el crecimiento económico instantáneo, pero es esencial para el desarrollo económico sostenible y equitativo a largo plazo.