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La Independencia de México no la hizo el cura Hidalgo en 1810, sino el militar criollo Agustín de Iturbide en 1821.

Nada tenía que ver Iturbide con la rebelión de Hidalgo, ni con los insurgentes del inicio, a quienes había combatido y seguía viendo como forajidos.

Después de conseguir la Independencia en 1821, algunos insurgentes de la primera oleada de 1810 se colaron al Congreso que estableció la República en 1824. Iniciaron ahí el elogio de Hidalgo y de Morelos como padres de la Independencia, y hasta de la mismísima República que nacía.

En aquellos discursos, recuerda Edmundo O’Gorman, Hidalgo se transfiguró en el padre republicano de la nación; él, que había iniciado su rebelión gritando vivas al monarca Fernando VII.

Iturbide cayó al abismo tratando de hacerse emperador. Fue derrotado por los republicanos de la época y expulsado de la historia de la Independencia.

Una ley del Congreso del 19 de abril de 1823 declaró beneméritos a Hidalgo y a otros insurgentes. Los restos de Hidalgo fueron exhumados entonces, y vueltos a enterrar, con honores patrióticos.

El 17 de septiembre de 1810, día de la arenga de Hidalgo en Dolores, se declaró fecha de la Independencia (luego la cambiaría Porfirio Díaz al 16 del mismo mes, que era su día de cumpleaños: el que celebramos desde entonces).

“Fue así”, dice O’Gorman, “como Hidalgo pasó de ser cabecilla de salteadores a iniciador de nuestra Independencia”.

Poco quedó en los anales patrióticos del incendiario y monárquico “sacerdote novohispano” Miguel Hidalgo. Hidalgo empezó a ser en textos y discursos “el venerable filósofo virgiliano de corazón sensible” que reunía a “sus fieles para instruirlos en los derechos ciudadanos”, escribe O Gorman, “y redimirlos del abismo de ignorancia en que los tenía sepultados la más cruel e injusta de las tiranías”.

Las urgencias bélicas de la causa liberal frente a la guerra civil y la intervención francesa de los 1860s dieron paso a la siguiente transfiguración de Hidalgo.

Dijo entonces, indeleblemente, Ignacio Ramírez: “No descendemos del indio ni del español, sino de Hidalgo, verdadero padre de la patria”. El Hidalgo necesario para el momento no era el anciano virgiliano, sino el guerrero cruel, autor de la consigna: “Id a coger gachupines”, que se traduce simplemente como “Vayan a matar gachupines”. Era el ángel de la guerra y de la muerte, sí, pero el ángel de la muerte cuyo ejemplo, “sólo su ejemplo”, escribió Ramírez, “llevará la República a la victoria”.

Así fue como Hidalgo presidió también las cruentas guerras de la República, cincuenta años después de su cruenta y fracasada guerra de Independencia.