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Difícil imaginar una respuesta menos diplomática que la escogida por la presidenta Sheinbaum ante las amenazas de su inminente homólogo, Donald Trump.

Los canales de comunicación no están aún abiertos entre ambos, como parecen estarlo, en cambio, con los del otro amenazado por Trump en el mismo mensaje: Justin Trudeau, primer ministro canadiense.

Trudeau, dice Trudeau, habló con Trump poco antes de que Trump emitiera su tuit admonitorio. Imposible saber qué hablaron y qué acordaron, pero es claro que sus canales están abiertos y que los dos pueden escoger darle publicidad o reservarse el contenido de su conversación.

Pueden hacer política con su reserva, como lo ha tratado de hacer Trudeau, y no quedan públicamente comprometidos con sus palabras, especialmente Trudeau. 

Igual Trump le dejó caer el tuit en la cabeza a su vecino del norte, pero en el marco, relativamente tranquilizador, de que ya están hablando y de que, en cierta manera, la llamada de Trudeau ya es parte de una negociación.

Lo contrario sucede con la carta pública de la presidenta Sheinbaum, que la ata a sus palabras y le pone frente a Trump toda la batería de sus argumentos para una futura negociación.

Uno puede adelantar que para Trump los únicos argumentos de peso que atiende son los suyos. Y los argumentos de la Presidenta mexicana no son precisamente contundentes.

Quizá el más imprudente de todos es anunciar por escrito su disposición a una batalla arancelaria con el vecino, si este la empieza.

Poco o nada convincente resultará para Trump el argumento de que los estadunidenses son el origen del problema de las drogas, por su nivel de adicción, mientras que México hace un gran esfuerzo por combatir el tráfico.

Supongo que los encargados de política exterior y de la economía del país habrán juzgado la respuesta escrita, pública y litigiosa de la Presidenta, como una vía más adecuada para negociar con Trump que el camino de la llamada directa, privada, elegido por Trudeau.

La verdad no sé si esto ha sido una elección de medios y estilo, o una resignación al hecho de no tener todavía contacto directo con Trump y su gente.