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Detrás de “las mañaneras” se ha encubierto la calidad de desastre que ha sido esta administración porque, desde ahí, lejos de informar Andrés Manuel López Obrador ha podido dominar la agenda pública.

Carismático y experto en propaganda como lo es, López Obrador mantiene un foro permanente de control de daños donde puede contar una historia divergente de la realidad, pero convincente para una mayoría que lo mantuvo cómodo en el poder.

Por eso, ante ese supuesto debate sobre mantener o no “las mañaneras” durante el siguiente gobierno, la respuesta es obvia, este régimen sólo se puede mantener apacible en el poder si mantiene el control de la agenda de comunicación política.

Evidentemente que hay diferencias marcadas entre los dos personajes, el Presidente saliente pudo cubrir su total impericia como jefe de Estado con el control total de la agenda mediática.

La virtual presidenta electa no tiene esas características innatas de encanto de las masas, pero tiene un perfil profesional diferente que hace tener la esperanza, la ilusión, de que pudiera ser una verdadera jefa de Estado de todo un país y todos sus habitantes.

Como sea, las mañaneras se quedan, adaptadas a los gustos, habilidades y necesidades de la futura mandataria.

Ahora, la propaganda no sólo se puede hacer en la madrugada, aunque ayuda para los propósitos del régimen que México amanezca con la “orden de trabajo” que los medios de comunicación muerden como un anzuelo y reproducen todo el resto del día.

Y si bien la constancia de tener conferencias de lunes a viernes, de dos o tres horas cada una, ayuda mucho al mensaje propagandístico, la realidad es que eso quita mucho tiempo para gobernar.

El pretexto para dejar el ejercicio publicitario de las conferencias presidenciales será un par de esas famosas encuestas cuatroteístas en donde el resultado se tiene mucho antes de la primera pregunta.

Lo que habrá de cambiar es, primero que nada, el horario. Nada de tener una reunión de trabajo a las 6 AM, conferencia a las 7, desayuno a las 10 y a descansar para el día siguiente a las 11 de la mañana, como ha sucedido este sexenio.

El medio día es un horario que Claudia Sheinbaum ha mostrado como más propicio para sus conferencias y la periodicidad debería no ser diaria si realmente se quiere gobernar.

Más interesante que los horarios será el contenido de las conferencias. Debe ser irrepetible una contabilidad de hechos no verdaderos y “otros datos” como los que por decenas de miles vertió López Obrador en casi seis años.

La omisión de los temas importantes del país para dar paso a una agenda propagandística estará a prueba como una característica que, hasta ahora, la sociedad sólo le ha permitido a López Obrador.

El elenco de esas eventuales conferencias será otra de las interrogantes. ¿Más personajes caricaturescos disfrazados de reporteros que sólo hicieron negocios lucrativos propios, periodistas a modo y uno que otro colado de vez en cuando? O una conferencia de prensa.

Es un hecho, “las mañaneras” son irrepetibles, sabemos en qué proporción el país lo lamenta y lo celebra. Lo cierto es que, independientemente del modelo de comunicación que elija la siguiente administración, ojalá los resultados precedan a la propaganda.