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Falta un mes para las elecciones y todos esperamos que sea un día de paz con alta participación ciudadana, pero también no somos pocos los que esperamos que dentro de 150 días que termine la presidencia de Andrés Manuel López Obrador realmente se retire y no pretenda tener ningún tipo de injerencia el siguiente sexenio.

López Obrador está acostumbrado a dictar su voluntad y que se haga sin chistar, pero eso tiene que acabar en menos de cinco meses por una simple razón: la continuidad de la forma de gobernar de este Presidente es imposible.

Claro, a estas alturas podrán no tener vuelta atrás el finalizar sus obras de infraestructura faraónicas, como la refinería en Tabasco o el Tren Maya. Se puede replantear la vocación del aeropuerto en Santa Lucía y dedicarlo a la carga por completo.

Se deben mantener muchos de los programas sociales, solo con ajustes que impidan el despilfarro y el desvío de cientos de miles de millones de pesos que hoy se desaparecen cada año.

Pero lo que no puede continuar es esa práctica de aniquilar al México de instituciones, de estrangular el gasto de estados y municipios, de anular los organismos autónomos necesarios en una democracia y de apabullar a los otros dos poderes de la Unión.

No puede mantenerse el modelo de rodearse de funcionarios ignorantes de las áreas que tienen bajo su responsabilidad, por la consigna aquella de ser 90% leales y solo 10% capaces.

Hay que acabar con la mentira de que “nadie gana más que el Presidente”, porque nadie tiene en sus prestaciones un chef para los tamales de chipilín incluido y, definitivamente, no puede ser un show de propaganda mañanera el eje de un gobierno serio.

La continuidad de esto que padecemos es imposible hasta para la candidata oficial, porque en materia energética el camino del carbón y el combustóleo nos traerá, además de una contaminación desmedida, futuras sanciones internacionales.

Darle continuidad al modelo actual de financiamiento de Pemex y CFE con recursos públicos es insostenible y garantiza una crisis económico-financiera mayúscula antes de que termine la década.

El modelo de gestión del sector energético solo ha servido para aumentar el patrimonio inmobiliario de no pocos de sus titulares.

No es sostenible un modelo de violación de cuanta ley, reglamento o valor social se desee solo por sentirse una reencarnación de la voluntad del pueblo.

Azuzar a sus seguidores a la polarización social, calumniar a los que piensan diferente, ofender a periodistas, a opositores, a presidentes de otros países, es una práctica que tiene que parar.

Ya sea a través de una corrección inmediata del rumbo o a través de una lucha interna, pero es verdaderamente imposible que este país pueda tener viabilidad por el camino seguido a lo largo de estos casi seis años.

Independientemente de cual de las dos candidatas gane la presidencia dentro de un mes, algo que terminará es el carisma encantador de multitudes que todo lo soportan y todo lo perdonan si viene de su líder elevado a rango de deidad.

Eso obliga a quien sea Presidenta de México a dar resultados, la obliga a salvar a este país del lugar donde hoy se encuentra. Pero para ello, la continuidad es imposible.