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Marcha por Nuestra Democracia en Guadalajara. Foto de EFE/Francisco Guasco

No me cubre un casco, pero sí una gorra. Rosa. No porto un fusil: solo una bandera. Dice: la democracia no se toca. No traigo al cinto pistola. Solo una pluma en mi pecho. No dispara balas, sino ideas. Argumentos. Críticas. Jamás insultos. No soy un soldado. Pero sí. Lo soy. Lucho por mi país y mis ideas. Defiendo a la libertad y a la democracia.

Hoy, millones, como yo, toman las calles del país. Familias. Niños que aprenden que la dignidad se defiende a donde tope. Con respeto, pero sin miedo.

Algunos jóvenes. Muchos de mi edad. Otros de la tercera edad: aquellos a los que el cuerpo les cruje, pero no su espíritu: él los lleva hoy en esta marea: digna, libre y sí, rosa.

Somos soldados. Cívicos. Pacíficos. Pero igual de gallardos y convencidos.

Vine a la Plaza de la Constitución a defenderla. A ella: a la Constitución y a sus leyes. Al régimen político que mandata. A las libertades que tutela. A los derechos que consagra.

Creo en un país donde la ley es la ley. En un país en donde la gente merece vivir sin miedo. En uno que merece instrucción. En uno en donde queremos votar por quien queramos y que el voto se respete.

En donde se pueda pensar y hablar, y criticar y disentir. En una nación que merece darle a sus hijos vacunas y comida, y libros y empleo.  Y porvenir.

Vengo con las armas de la democracia a luchar contra un tirano.  Porque tirano, según la Real Academia de la Lengua, es aquel que abusa de su poder. Quien impone su fuerza por la fuerza misma.  El mismo que me ha insultado, diciendo que soy un traidor a mi patria.

El que se oculta tras vallas de acero para no escucharnos, para no vernos, para creer que no existimos.  El que piensa ser dueño de la bandera que ordena arriar, como si no fuera nuestra tanto como de él. Como si nuestra presencia la ofendiera. Como si nosotros, millones, no mereciéramos su cobijo.

Sí. Soy un soldado. Uno que a ti, México, te dio al ser tu hijo. Te quiero libre y demócrata. Por eso, ante esta amenaza terrible, no tengo duda, como el general Anaya que defendió la independencia ante la invasión injusta y bárbara. Estaré en el frente hasta la última bala. En mi caso, hasta el último voto o el último verbo.

Llamo a los impasibles, a los indiferentes a abandonar su pasmo y su apatía. No hay mañana ni lugar para ser cobardes. Recuerdo hoy a Serrat como grito de batalla cívica: ¡Padre, deje usted de llorar, que nos han declarado la guerra! Llegó nuestra hora.

No sé si seré el primer soldado que se enroló en esta causa.  Estoy seguro de algo: seré el último en estar de pie.

@fvazquezrig