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En el 2020, el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contó con un porrista que desde la frontera sur no tuvo empacho en ir hasta el Jardín de las Rosas de La Casa Blanca para mostrarle su respaldo abierto y descarado en su intento de reelección.

Sólo que ahora, cuatro años después, si Andrés Manuel López Obrador quiere repetir la dosis de apoyar de manera incondicional al republicano, quien parece inevitable que esté en la boleta, tiene que tomar en cuenta que en el Salón Oval despacha un Presidente demócrata que ya tomó nota de las simpatías del Presidente mexicano.

Por los tiempos electorales, para el momento en que empiecen las campañas presidenciales en Estados Unidos, ya habrá un Presidente, o Presidenta, electo y para cuando sean las elecciones en aquel país, López Obrador ya debería estar en el retiro en su rancho de Chiapas.

La relación entre los dos gobiernos es institucional porque, afortunadamente, antes del inicio del régimen lopezobradorista ya existía un entramado de acuerdos, leyes y pactos que han regido por décadas el contacto bilateral.

Las dos naciones tienen vínculos que van mucho más allá de la duración de sus gobiernos, sólo que esas administraciones deben cuidar la calidad de esa relación.

Hay temas en la relación bilateral México-Estados Unidos que pueden esperar 364 días para ver su viabilidad. Por ejemplo, ver si se recompone la disponibilidad energética para hacer de Norteamérica una región común para la fabricación de semiconductores y depender así menos de China.

Hay otros asuntos que se han postergado y que, inevitablemente, en el 2024 electoral en los dos países habrán de tomar relevancia, como la larga lista de disputas comerciales que pasan por los energéticos, la agrobiotecnología, metales industriales, los temas laborales y muchos otros asuntos regulados por el T-MEC.

Pero hay problemas de la máxima prioridad para el gobierno de Washington, como migración y narcotráfico, que necesitan atención inmediata y difícilmente aceptan una respuesta ideológica.

Claro, López Obrador puede adornar los encuentros que tendrá entre hoy y el jueves con funcionarios de Estados Unidos con todo tipo de declaraciones en sus mañaneras, pero lo que buscan los funcionarios de la administración del presidente demócrata Joe Biden son acciones.

Estos días estarán en México el secretario de Estado, Anthony Blinken; el secretario de Seguridad Nacional, Alejandro Mayorkas; el fiscal general, Merrick Garland, y la asesora de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Liz Sherwood-Randall, además, de otros funcionarios enviados de La Casa Blanca.

El encuentro central será entre López Obrador y Blinken y los temas centrales son el fentanilo y la ola migratoria que se vive en la frontera norte.

Los dos temas son de enorme interés político, de seguridad y salud para el gobierno de Estados Unidos y las respuestas que espera Washington por parte del gobierno mexicano son del tamaño de la militarización que implementó López Obrador ante la orden de Trump o de la extradición de Ovidio Guzmán.

La relación entre los dos países va mucho más allá de la empatía o no de sus dos gobiernos, los problemas bilaterales son más grandes que los gustos de sus Presidentes y, por lo tanto, las soluciones tienen que superar los humores de sus mandatarios.