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Tengo la impresión de que el presidente López Obrador, al asumir el poder, se miró en los espejos del chileno Salvador Allende y de nuestro ‘mártir de la democracia’ Francisco I Madero, ambos traicionados por los Ejércitos de sus respectivos países. El primero por el ejército aristócrata chileno quien en cuanto el gobierno allendista, el primer gobierno latinoamericano en llegar al socialismo por la vía de las urnas, tomó medidas de izquierda tal y como lo había pregonado durante su campaña —la cuarta que realizó como candidato a la presidencia—, se unió a la oligarquía chilena y a la CIA y obedeciendo órdenes de Henry Kissinger, le dieron un golpe de Estado; Allende fue asesinado en el Palacio de la Moneda, sede del gobierno chileno. En cuanto a don Francisco como sabemos cometió el error de no extinguir al ejército porfirista; una facción de éste comandada por los generales: Victoriano Huerta, Félix Díaz, Manuel Mondragón y Aureliano Blanquet, instigados por el embajador de Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson, lo traicionó y ordenó su asesinato así como el del vicepresidente José María Pino Suárez; la mano ejecutora fue la del mayor de rurales Francisco Cárdenas.

Para un conocedor de la historia como Andrés Manuel López Obrador —aunque sus adversarios lo consideren ignorante— era muy necesario, sabedor de que sus antagonistas buscarían por todos los medios el fracaso de su gobierno e inclusive darle un golpe de Estado, contar con la concordancia y adhesión del Ejército mexicano, de origen popular, producto de la Revolución Constitucionalista, quien el pasado domingo cumplió 110 años de haber sido fundado.

Desde los primeros días de su gobierno, AMLO derramó zalamería frente a los uniformados de verde y los elementos de la Marina, a ambas instituciones hizo partícipes de labores que rebasan las actividades que hasta antes de la 4T habían sido propias de éstas.Durante la administración del tabasqueño al Ejército y a la Marina les han asignado 227 tareas con un presupuesto que va más allá de los 74,000 millones de pesos para realizar actividades de seguridad pública, construcción de obras, migración, control de puertos y aduanas. Según los planes dados a conocer, muy pronto el Ejército tendrá a su cargo una línea aérea comercial y hasta un hotel. Desgraciadamente marinos y militares no son ángeles, son seres humanos con tentaciones, pasiones y ambiciones, y a mayor presupuesto que manejar, mayores oportunidades de ceder a la atracción de moches, confabulación y connivencia. Además también es un acto de corrupción ejercer, con dinero público, un puesto y/o actividades para los cuales una persona no esté preparada.

Los #GuacamayaLeaks, como se llamó a los millares de documentos que un grupo de hackers extrajo de los archivos del Ejército, revelaron actos de corrupción militar como la venta de equipo táctico, armas y granadas, así como proporcionar la movilidad y los operativos de las fuerzas armadas a una cédula de un cártel del narcotráfico.

El sábado pasado, el periódico Reforma, publicó en su primera plana la nota del proceso penal que en libertad enfrenta el coronel Rafael Alejandro González Hernández, exsubdirector de Ingenieros de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) por, presuntamente, contratar en forma ilegal una empresa de impermeabilización por 252 millones de pesos, de los cuales 70% —179 millones— fueron transferidos al capitán Jorge Luis Aparicio Rojas. Lo curioso del caso es que la Fiscalía Militar acusa al coronel de siete irregularidades entre la que no se encuentra el desvío de los recursos a la cuenta de su subordinado.

Hasta hace relativamente poco tiempo eran la Iglesia Católica y el Ejército Nacional, las dos instituciones más respetadas por los mexicanos. En la actualidad, ambas organizaciones se han desprestigiado, de forma tal que ya no tenemos ni para donde voltear.

Punto final
Defendía su derecho a tomar vino a cata y espada.