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La propaganda del éxito de la autodenominada Cuarta Transformación ignora lo que provocan sus políticas públicas y ensalza lo que creen que son sus logros.

La estrategia política para lograr votos, confesó Andrés Manuel López Obrador, es dar dinero a los pobres. Claramente necesitan muchos recursos para influir en muchos electores.

Los ingresos públicos no crecen, porque la economía está paralizada y no se atreven a hacer una reforma fiscal. Así que lo que queda es recortar otros gastos.

Muchos de los presupuestos recortados corresponden a actividades básicas del gobierno federal, lo que genera toda clase de problemas sociales.

La retórica oficial habla de austeridad, la realidad es que hay un desvío de recursos para nutrir la estrategia política presidencial.

El austericidio, si entendemos el neologismo como las consecuencias funestas de no aplicar los suficientes recursos públicos para cumplir una tarea o función, se puede ver a todo lo largo y ancho del sector público.

La pérdida de equipamiento de las escuelas de todos los niveles de la educación pública, la falta de materiales, medicamentos, personal en las áreas de salud, las condiciones de total deterioro de las carreteras, autopistas, aeropuertos, puertos o cualquier infraestructura administrada por el gobierno federal. Por todos lados se pueden ver los efectos criminales del desvío de recursos públicos a los programas favoritos de López Obrador.

Entre todas las dependencias que claramente están sometidas al austericidio hay una que regresó al modelo del siglo pasado, en esa reinstauración del viejo régimen autoritario.

Se llama Ciudad de México y tiene en el organigrama a un jefe de gobierno electo, con poderes autónomos en el papel, pero claramente la capital vive en modelo de Distrito Federal con la administración de un regente que responde al Presidente quien toma las decisiones estructurales y deja la gerencia a su delegada.

El modelo de la Ciudad de México es el mismo que consume al país, un presupuesto desviado hacia las actividades partidistas que cumplan con la estrategia política de cambiar dinero por votos.

El desvío de recursos en la capital del país para beneficiar a quien tiempo atrás López Obrador decidió como su sucesora genera quejas y molestias ciudadanas que no trascienden por la falta de canales de denuncia no alineados.

Pero cuando el austericidio de la Ciudad de México llega hasta la desgracia de los repetidos incidentes en el sistema de transporte colectivo Metro y se contrastan con los millones de pesos que se gastan en la promoción de la pre candidatura de Claudia Sheinbaum, ya no son tan fáciles de esconder en una mañanera.

La Ciudad de México, se queja el Presidente, está llena de personas que tienen más entendimiento de esa manipulación política, los aspiracionistas, y seguro que la negligencia del gobierno de la capital en el manejo del Metro no se olvidará rápido.

Pero en el resto del país, toda esa lluvia de recursos desviados hacia los programas asistencialistas se encargará de aceitar la mala memoria y cumplir con la orden que les dará López Obrador de apoyar a quien él decidió tiempo atrás para servir de fachada para mantener el manejo que su 4T.

Claramente la capital vive en modelo de Distrito Federal con la administración de un regente que responde al Presidente quien toma las decisiones estructurales y deja la gerencia a su delegada.