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La marcha organizada por el gobierno el domingo pasado vale como advertencia de que no se privará de nada para imponerse en 2024.

El pudor y la ley quedaron atrás. La marcha normalizó el impudor, la ilegalidad del acarreo y el uso abierto de los recursos del Estado. Lo que vimos el domingo es lo que los ciudadanos y la oposición pueden esperar del oficialismo en adelante.

Queda claro que en la marcha hubo muchos espontáneos que habrían venido por su propio pie.

Pero queda claro también que el mensaje para el resto de la sociedad no eran ellos, sino los otros: los venidos por la inducción, la coacción o las órdenes del gobierno.

Había que poner esos contingentes de acarreados ahí, hacer manifiesta la manipulación, para sugerir a todos que el oficialismo es invencible, que no hay nada que hacer, que la suerte está echada, que con el gobierno no se puede.

En ese descaro que se ofrece como una fortaleza, puede haber una debilidad profunda: la del rechazo de la sociedad que, en su camino a la democracia, aprendió largamente a repudiar las trampas electorales del gobierno. La pedagogía contra el fraude, los acarreos y las ilegalidades del priismo, el repudio a las mañas del invencible dinosaurio, fue central en la política de la transición democrática.

El repertorio del dinosaurio estuvo de regreso en el manejo que hicieron el Presidente y su gobierno de la marcha del domingo pasado. No hay por qué pensar que aquella pedagogía democratizadora, aquella democracia aprendida, está muerta, y que volver a las mañas del pasado no tendrá costos futuros. No hay por qué pensar que los acarreados del domingo no se voltearán contra sus acarreadores al llegar a las urnas, como se voltearon en su tiempo contra el PRI.

El Presidente tiene una aprobación mayoritaria, pero no su gobierno, ni los partidos que forman la alianza oficialista, superados en número de votos en la elección intermedia de 2021.

El cinismo en el regreso a las elecciones de Estado, puede ser un antídoto contra ese regreso, en vez de una receta de invencibilidad. Después de todo, los camiones alquilados no votan.