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No han pasado tantos días desde que Gerardo Esquivel, subgobernador del Banco de México, consideró que el banco central estaba cerca de concluir con su ciclo de ajuste.

Él claramente no representa a todo el banco central mexicano y su postura es minoritaria frente a los otros integrantes de la Junta de Gobierno del Banxico que se muestran más intolerantes con los niveles de inflación actual.

El más vocal de los que están en la postura opuesta es Jonathan Heath, quien frecuentemente defiende una postura más intransigente con la alta inflación. Recientemente adelantó la expectativa de que la tasa de interés interbancaria pudiera alcanzar hasta 10 por ciento.

Heath defiende la necesidad de mantener el diferencial del costo del dinero con la tasa de interés de referencia de la Reserva Federal, a diferencia de Esquivel quien se inclina por seguir menos a Estados Unidos y poner más atención en los efectos negativos del dinero caro en la economía.

Una política monetaria restrictiva es más que subir la tasa de interés, implica que el mercado tenga la certeza de que el banco central no se tocará el corazón para hacer que la inflación se mantenga en los niveles objetivo. Al menos en el caso de México donde Banxico tiene la encomienda casi única de controlar esas burbujas de precios.

La posición de Gerardo Esquivel, quien pareció matizarla hace unos días, es tan valiosa como la de Jonathan Heath, dentro de un organismo plural que acepta las discrepancias internas y que, hasta ahora, no ha tolerado las injerencias externas.

La posición que queda sembrada en el mercado es la de una mayoría hawkish dispuesta a contener sobre todo la inflación subyacente que se ha elevado de forma significativa.

Paralelo a este debate interno por el nivel del costo del dinero, hay otro frente que se abre fuera del Banco de México y es el nivel de cotización de peso frente al dólar.

No es para nadie un secreto que una de las obsesiones del presidente Andrés Manuel López Obrador es mantener al peso apreciado frente al dólar de Estados Unidos.

Así como en la 4T creen que el petróleo en posesión monopólica del Estado es símbolo de defensa de la soberanía, así creen que un peso fuerte es el equivalente a un símbolo patrio.

Evidentemente que López Obrador está más que complacido con una paridad por debajo de los 20 pesos por dólar derivada, en buena medida, de los altos rendimientos de los instrumentos denominados en moneda nacional.

Pero ya surgen algunas voces, como la del empresario Carlos Slim, quien cuidadoso de no personalizar se queja de los gobiernos que sobrevaluan el tipo de cambio.

Obviamente no es una queja generalizada que el peso esté fuerte, porque eso ayuda a que los bienes de importación no presionen más la inflación por el efecto cambiario.

Pero desde la perspectiva del exportador un peso fuerte corre en contra de esa ventaja competitiva que daría un peso más débil frente al dólar.

Es un hecho que ni los niveles de las tasas de interés o del tipo de cambio tendrán contentos siempre a todos. La ventaja es tener la oportunidad de discutirlo libremente en un mercado abierto.

Así como en la 4T creen que el petróleo en posesión monopólica del Estado es símbolo de defensa de la soberanía, así creen que un peso fuerte es el equivalente a un símbolo patrio.