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Según la Gun Violence Archive, organización estadounidense sin ánimo de lucro,  que lleva el conteo de las masacres y muertes por armas de fuego en Estados Unidos, con el tiroteo del pasado lunes en Highland Park, Illinois, donde hubo un saldo de siete muertos y 39 heridos, en los 185 días transcurridos del 2022 han habido en ese país 213 tiroteos; lo que significa un promedio de 1.15 por día.

La mencionada entidad define un tiroteo masivo como aquel en el que resultan heridas o muertas cuatro o más personas, sin incluir al tirador.

Es muy fácil decir que la terrorífica cifra de masacres y tiroteos masivos estadounidense es producto de una sociedad enferma, lo cual es cierto. Pero eso sería ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Ignoro si en nuestro país tenemos una organización similar a la estadounidense, pero de lo que sí estoy seguro es que de existir, tendrá registradas un número superior de matazones a los días que han transcurrido del presente año. Tal vez, en lo que resulte diferente la comparación entre el país del norte y el nuestro sea  que en el de allá las masacres son perpetradas por un solo individuo que sufre, por lo general, trastornos mentales y las de nuestro país son producidas por grupos de individuos, casi siempre drogados, con el afán de pelear por un territorio para cometer fechorías, o para usarlo como ruta de estupefacientes, o por venganzas entre malandrines.

Más asombrado que por las cifras proporcionadas por Gun Violence Archive, “grupo independiente de recopilación de datos e investigación sin afiliación a ninguna organización de defensa”, me quedé al leer el reportaje de Elías Camhaji, en el periódico El País, sobre lo sucedido hace menos de un mes en la escuela secundaria Josefa Vergara, de la ciudad de Querétaro, donde un grupo de adolescentes constantemente buleaban a su compañero Juan Zamorano. Juan es indígena otomí y las burlas que le hacían, sus poco amigables compañeros, eran porque no pronunciaba bien el español. Además de arremedarlo al hablar, se burlaban de que su madre vendiera dulces en la calle para completar el gasto. En una ocasión le cortaron el cabello a tijeretazos. Pidió su cambio de salón pero tanto la maestra del grupo —que no está exenta de culpa— como la directora del plantel se negaron a cambiarlo.

Hace tres semanas, “sus simpáticos condiscípulos” —mal rayo los parta— rociaron con alcohol su pupitre. Al sentarse Juan lo sintió mojado pensó que era agua. En cuanto se levantó uno de los mal paridos chamacos le prendió fuego con un encendedor. Juan sufrió quemaduras de segundo y tercer grado. El día de hoy no puede caminar, ha sido sometido a cuatro cirugías. Tras el ataque, los padres están convencidos de que la profesora participaba en las burlas o, al menos, instigaba los abusos.

Hasta donde el precitado reportaje informa no se sabe los nombres de la maestra ni de los adolescentes practicantes del siniestro bullying. Debe de haber un castigo para ellos. No pueden quedar impunes.

Como el pantalón de Juan ardió, la profesora le consiguió otro y lo mandó a cambiarse al baño. Mientras, ella fue a una tienda cercana a comprar una cebolla con la que pretendía que al untársela el adolescente aliviaría sus dolores y sanaría sus quemaduras. Por su puesto que no fue así.

Fue hasta el día siguiente de la agresión cuando Juan, de 14 años, fue llevado al Hospital del Niño y la Mujer. Tiene quemaduras en la parte baja de la espalda, los glúteos, las pantorrillas y los genitales. “No estamos seguros de que vaya a quedar bien”, ha dicho su padre.

¿Por qué tanto odio? ¿Por qué el racismo? ¿Qué educación recibirán de sus padres estos delincuentes en potencia?

Punto final

Si quieres saber algo pregúntale al dos o al tres, porque uno no sabe nunca nada.