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El presidente López Obrador abrió un flanco más en su batalla contra las clases medias del país. Se lanzó contra su mismísima alma máter: la Universidad Nacional Autónoma de México.

Dijo: “La UNAM se volvió individualista, defensora de los proyectos neoliberales, perdió su esencia de formación de cuadros de profesionales para servir al pueblo… Muchísimos académicos e intelectuales de la UNAM se dedicaron a legitimar la privatización… Es lamentable que la UNAM se haya derechizado”.

El tamaño estadístico de la UNAM es menor que su tamaño simbólico.

En 1968, la UNAM era, junto con el Politécnico, el lugar al que acudía, hablo de memoria, quizá 70 por ciento de los estudiantes de educación superior del país. Hoy acuden menos de 10 por ciento (hay 5 millones de estudiantes de educación superior).

Pero la historia le ha dado a la UNAM el carácter de un símbolo nacional.

De algún modo, desde el 68, todo lo que sucede en la UNAM, para bien y para mal, es una caja de resonancia y también una antena de anticipación de los cambios que se gestan en el país.

Para nadie es un secreto que la popularidad de López Obrador en la UNAM anticipaba y legitimaba su triunfo presidencial, incluso años antes de que lo obtuviera.

Ahora el Presidente dice que esa universidad, ese símbolo, no ha hecho sino acompañar la degradación de nuestra vida pública desde los inicios del periodo neoliberal.

El periodo neoliberal del que habla el Presidente incluye al menos parte de los 14 años en que él mismo estudió en la UNAM: ciencias políticas. De allá para acá, dice el Presidente, han sido años de degradación y neoliberalismo, salvo, debemos entender, por la popularidad del Presidente en esa casa.

El hecho es que la antigua aliada es ahora la nueva adversaria. No seré yo quien emprenda la defensa adjetivada de la UNAM. No la necesita.

Habrá mucho que revisar y mejorar en la UNAM, como en todas partes, pero hay más que corregir y contener en el río de estigmatizaciones con que el Presidente quiere ahogar y distraer nuestra conversación.