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Tarde o temprano, futuros gobiernos en este país sean opositores o incluso del mismo movimiento del actual Presidente, van a tener que reconstruir mucho de lo que hoy está en proceso de demolición. Empezando por el gasto público ante lo insostenible de los programas asistencialistas que ahora se aplican.

No sólo eso, hay bombas de tiempo que no se han atendido de forma adecuada, como los sistemas de pensiones o la condición financiera de Petróleos Mexicanos que lejos de aligerarse, se agrava con pésimas decisiones en torno a esa empresa.

Cuando en el futuro los recursos no alcancen a cubrir todos los gastos habrá que subir los impuestos a los cautivos o bien reducir recursos a las clientelas de esos programas populistas. Cualquiera de esas salidas podría generar presiones sociales.

Hoy se presumen datos económicos ficticios. Se toma como un éxito que millones de mexicanos expulsados de su propio país por razones económicas tengan que destinar una buena parte de sus ingresos para mantener a sus familias a las que tuvieron que dejar atrás con todo el dolor de su corazón. ¿Dónde está el éxito de eso?

Se presume un tipo de cambio fuerte, ¡dólares por debajo de los 20 pesos! Cuando estamos ante un enorme polvorín monetario y fiscal en Estados Unidos que puede llegar a estallar si no hay un buen manejo de la inflación en aquel país.

Se presumen cifras de Inversión Extranjera Directa cuando al mismo tiempo se atemoriza a los inversionistas, lo mismo cerveceros que del sector energético.

Se habla de un crecimiento esperado este año del Producto Interno Bruto de 6%, como si fuera el cumplimiento adelantado de aquel disparate de pretender con estas políticas actuales crecer a tasas anuales de 4 por ciento. Realmente se trata de un insuficiente rebote después de la peor crisis en México en casi 100 años.

Pero no sólo se acumulan los problemas en los asuntos económicos ante la falta de decisiones acertadas en materia de gasto e inversión. Hay otros terrenos donde también se agolparán los problemas para los próximos gobiernos, sean de su movimiento o no.

La carencia de un Estado de derecho, las graves consecuencias de la falta de seguridad pública y la enorme permisividad con el crimen organizado van a pasar factura.

La entrega descarada de territorios a las organizaciones del crimen organizado, sean tres o 20 grupos criminales, con esa política de abrazos y no balazos, terminará por una presión enorme al Estado que tendrá que decidir entre sucumbir ante el poder del crimen o recuperar su obligación legal de hacer cumplir las leyes.

Si la alternativa es la recuperación del control y del uso exclusivo de la fuerza por parte del Estado, la dificultad para ello y las consecuencias sociales podrían ser también muy importantes. Rendirse ante el crimen sería el final de la democracia.

La magia de la alta popularidad sea real o con encuestas a modo, tiende a desvanecerse ante la cruda realidad. Se puede cubrir con el encantador discurso habitual una parte de la realidad, pero un derrumbe del metro, por ejemplo, no hay manera de taparlo, aunque se enojen.