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Quienes hemos vivido al norte del país, hemos sido testigos de la brutalidad con la que puede actuar el crimen organizado.

Aún quedan en la memoria los cuerpos ya sin vida en las calles, algunos envueltos en tapetes, en bolsas negras e incluso colgados sobre puentes a plena luz del día. El sonido de los balazos y las ráfagas que retumbaban en el silencio y la calma de la noche.

La vida nos cambió y el miedo se apoderó de nuestra cotidianidad, dejamos de usar el claxon de nuestros carros (coches) porque se sabía por rumores que alguien había reclamado algún movimiento incómodo en el tránsito y se habían bajado con pistola en mano. Entonces todos éramos “obligadamente” amables y sumisos.

También aprendimos a espejear, porque había estar pendiente de las camionetas de un lado, del otro, de atrás y los de adelante, no fuera a tocarnos una balacera y quedar en medio, o que nos fueran a quitar nuestras camionetas para utilizaras como bloqueos o lo que todos conocían como “narcobloqueos”.

Dejamos de ir al otro lado, por en Reynosa todo estaba peor y la autopista estaba con retenes del ejército y del propio crimen organizado.

La vida nocturna disminuyó, mucho más que en estos tiempos de pandemia. Aquello era miedo, y del de a deveras, porque no sabías si en el antro o en el bar también serías testigo de una riña, balacera o secuestro.

La vida nos cambió y muchos perdieron a familiares, amigos, sus autos e incluso hasta sus casas.

Reynosa no ha dejado de estar en guerra. Quizá disminuyó o tomó otro tipo de intensidad, pero nunca ha sido un lugar seguro. Los cárteles de la droga saben bien que es un punto clave para el tráfico de mercancía ilegal y trata de personas.

La violencia y las muertes no han parado, ni tampoco han disminuido. El sábado lo vimos y bastante bien. Las famosas caravanas de camionetas volvieron a sembrar terror, porque quienes iban allí adentro salieron con la directa intención de paralizar a todos y dejando claro que allí se volverá a pelear la plaza a como de lugar.

Como con los 14 inocentes que murieron al ser acribillados por estos personajes, que con armas del Ejército salieron y dispararon a quema ropa.

Lamentablemente los grupos del crimen organizado siguen siendo una salida para niños y jóvenes que ante la escasez de recursos, los problemas en casa y la falta de oportunidades para estudiar y trabajar de manera íntegra, terminan siendo seducidos por un mundo donde radica el dinero fácil y en efectivo, reconocimiento y poder.

Por allá del 2011 cuando más “caliente” estaban los estados de Nuevo León y Tamaulipas, era fácil ver cómo niños y adolescentes eran contratados para ser halcones y de allí ir escalando en el organigrama sangriento, burdo y violento de los grupos.

Resultan atractivos por el dinero, y lo que este les puede ir dando; claramente lo que en sus vidas normales y rutinarias no les podrían dar jamás. Mujeres, sexo, armas, botas, jeans, camisas, cadenas o pulseras de plata y eventualmente de oro.

En la foto que hoy le comparto, es del fotoperiodista Héctor Guerrero quien después de haberla publicado ya hace unos años en VICE y ahora de nuevo en su cuenta personal de Instagram me llevó a la matanza de este fin de semana en Reynosa.

No hay mayor seducción que las curvas de una mujer, en medio de una casa o un rancho que nunca te hubieras imaginado tener, con la música a todo volumen que evidencia y posiciona tu poderío, alcohol, armas y hombres a tu cargo. Nos guste o no, a eso aspiran todos los chavitos que se ven atraídos por estos grupos de delincuentes.

La cultura del narco, se va haciendo y permeando en la vida de quienes están cercanas a ellas, a la agresión, violencia, a la pobreza, a la falta de educación, a la sangre, a las matanzas de las formas más brutales y el bendito o maldito dinero que los ciega y los lleva a salir en camionetas por brechas o caminos sinuosos para disparar en contra de objetivos claros o a gente inocente por el solo hecho de marcar territorio y enviar un aviso a quién vaya usted a saber, si al gobierno local, federal o a sus contrincantes.

La fotografía nos recrea escenarios nunca antes vistos o vividos, aunque al hablar del a vida de narcos pensemos en las múltiples series que han aparecido últimamente, el fotoperiodismo nos acerca a lo que en realidad es, sin actuación o producción alguna.

Héctor Guerrero ha sabido subsistir en ambientes incómodos y peligrosos, ha reporteado con los narcos y con los que van en camino a serlo. Sabe bien que esta foto pudo hacerla porque tenía claramente el permiso y estaba consciente del cuidado que debía tener con los personajes, para su suerte nadie hubiera visto los rostros ante la belleza de la mujer que baila con el hombre de camisa de cuadros.

Es un tanto parecido cuando los chavos reciben la oferta de entrarle o no, lo ven como la aspiración que solo se ve en la tele, lo inalcanzable se les vuelve real y dicen sí, sin saber lo que en verdad les espera.

La seducción del narco - screen-shot-2021-06-23-at-165306
Foto: Héctor Guerrero / Instagram @hectorguerrero