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Ante la hostilidad expresa y pública del actual gobierno mexicano porque descubrió el fraude electoral del autócrata Evo Morales en Bolivia, la OEA arrancó esta semana en México su trabajo de observación para las elecciones intermedias del 6 de junio.

El gobierno mexicano tuvo que acoger a Evo Morales, después de que una misión observadora da la OEA detectó y expuso ante del mundo que Evo Morales tiró el sistema en las elecciones de octubre de 2019 y se robó la elección. Por la OEA, tuvo que renunciar.

Por eso, el gobierno mexicano acaba de firmar con el actual gobierno de Bolivia (emanado del partido de Evo Morales) un documento bilateral para limitar la participación de las misiones de observación electoral de la OEA.

Para ambos gobiernos nacionalpopulistas (aliados ideológicos de Vladimir Putin y del castrochavismo), ese tipo de misiones electorales son “intervenciones del organismo multilateral en la política interna de las naciones”.

Los dos están contra esas delegaciones detectoras de fraudes electorales y de caídas del sistema (como la que hizo aquí Manuel Bartlett en 1988). O sea, las culpan por haber contribuido a la defenestración de Evo Morales.

Sin embargo, no pensaba así el actual presidente de México cuando la OEA observó la elección que ganó en 2018. Al contrario, cuando estaba en la oposición aplaudió estas misiones, que vienen a México desde que las invitó Carlos Salinas en 1994.

Pero este grupo observador de la OEA asiste ahora en un entorno de furia pública estridente y altisonante del gobierno y sus legisladores en contra de los organismos electorales. El grito es alto y claro: “El INE debe morir”.

Aunque se entiende que las misiones electorales que llegan del extranjero, así como el trabajo de los órganos electorales autónomos, no son del agrado de casi ningún presidente, pues los árbitros generalmente sólo gustan en la victoria.

No olvidemos que, aquí, el entonces IFE determinó dos veces que Felipe Calderón, siendo presidente, violó la Constitución. Y que el INE determinó lo mismo para Enrique Peña. En cambio, hay una diferencia notable entre aquellos presidentes y el actual.

La diferencia básica está en que aquellos jamás encabezaron desde la primera magistratura de la nación, la búsqueda del exterminio del órgano electoral. El actual presidente lo promueve a diario, en una flagrante y reiterada violación de la ley, y de toda ética civil.

En ese ambiente de linchamiento empezó a trabajar la comisión observadora de la OEA: por ahora en reuniones virtuales hasta que en la ultima semana de mayo lleguen sus integrantes para realizar el trabajo por el que le pagan los países miembros de la OEA.

En un México que deriva hacia el autoritarismo.