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Biden tiene muchos planes en política medioambiental. Ha anunciado inversiones por 2 billones de dólares en los próximos cuatro años para revertir el oscurantismo de la era Trump y algo más: recuperar para Estados Unidos una posición relevante en la discusión global de la agenda verde y acelerar la transición energética de la economía estadounidense.

Tarde o temprano esto afectará a México. Hay compromisos firmados en el marco del T-MEC (capítulo 24) y la necesidad de estar coordinados con nuestro mayor socio comercial. Después de todo, tenemos que saber bailar al ritmo de la música que ponga el DJ de la Casa Blanca.

Con Donald Trump predominó el impulso a las energías fósiles y la indiferencia a las preocupaciones de los científicos y ambientalistas. Esta forma de ver las cosas en la burbuja Trump posibilitó que México relajara su cumplimiento en los compromisos de transición energética y se diera el gusto de apostar por una agenda poco amigable con el medio ambiente: las compras de carbón y combustóleo en la Comisión Federal de Electricidad (CFE); la ausencia de un estudio creíble de impacto ambiental en el Tren Maya; la construcción de la refinería de Dos Bocas y el frenón a los nuevos proyectos de inversión privada en energías renovables.

La administración Biden hará grandes cambios en materia ambiental y será muy interesante ver cómo reaccionan López Obrador y el equipo de la 4T; los organismos de la sociedad civil y las empresas mexicanas.

Una de las cuestiones más relevantes se abre en el gabinete energético: ¿habrá cambios en la estrategia de la Secretaría de Energía, en Pemex y CFE? Otros signos de interrogación se abren en la Secretaría de Medio Ambiente, ¿desempeñará María Luisa Albores, secretaria de Medio Ambiente una tarea parecida a la que hizo la secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde en el diálogo binacional para la implementación de los cambios que Estados Unidos espera y/o exigirá?

México no está en el primer lugar de la lista de prioridades de la administración Biden, pero tampoco está en la última página del cuaderno. La nueva administración mantendrá o incrementará la presión relacionada con el estatus de la inversión de empresas estadounidenses en el sector energético. No les gusta el cambio de reglas del juego en renovables.

El 20 o 21 de enero, Biden anunciará su intención de reincorporarse a los trabajos del Acuerdo de París sobre cambio climático. Creará un equipo de alto nivel (task force) para desarrollar una agenda verde, donde la diplomacia medioambiental jugará un papel clave. ¿Será Ebrard el interlocutor?

El próximo presidente dijo en campaña que en el 2030 ya no habrá en Estados Unidos electricidad generada en base a carbón, pero no dio detalles acerca de cómo lo haría. Algo parecido ocurre con su intención de reducir el papel de las energías fósiles, en particular el petróleo. Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor mundial y no le será fácil desenchufarse de una forma de vida que les produce cientos de miles de millones de dólares cada año.

A los estadounidenses les preocupa el liderazgo que han tomado Europa y China en cuestiones relacionadas con movilidad no contaminante. También les interesa garantizar que sus principales socios y competidores cumplen sus compromisos para llegar a emisiones cero entre 2050 y 2060.

Europa, Japón, Corea del Sur, Canadá y Estados Unidos tienen como plazo el 2050. China se ha puesto las pilas y habla del 2060. ¿Cómo entrará México en este arreglo orquestal? La respuesta a esto no tiene que ver con grillas y politiquería de corto plazo. Estamos hablando del futuro del planeta y de los compromisos que tenemos con las próximas generaciones. El mundo que les dejaremos a Greta y sus amigos.