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¿Puede el mundo confiar en las grandes tecnológicas? La pregunta se plantea en Davos, otra vez. Es todo menos una ociosidad. Ellas tienen un gigantesco poder de mercado; acceso a los datos de cientos de millones de personas y la capacidad de transformar cualquier cosa que importa: el comercio, el entretenimiento, el mundo laboral, el movimiento de dinero, las relaciones humanas y la seguridad pública.

¿Quiénes son ellas? Quizá no sea necesario decirlo: Amazon, Apple, Facebook, IBM, Google, Microsoft, Alibaba, Samsung, Huawei, Oracle y otros más. En Davos ocupan por unos días los principales locales comerciales de las calles del pueblo, organizan fiestas en los hoteles y también protagonizan algunas de las mesas de debate más interesantes en el centro de convenciones.

El tema más publicitado de la edición 50 de Davos es el cambio climático, pero la agenda dedicada a las tecnológicas no desmerece. Hay mucho interés por explorar y encontrar soluciones en asuntos como impuestos digitales, criptomonedas y el futuro del comercio electrónico, además de una preocupación generalizada sobre el posible abuso de tecnologías como la identificación facial, por parte de gobiernos autoritarios o de corporaciones que pueden darse el lujo de no rendir cuentas. Mucho cabe en la pregunta ¿de qué manera se harán responsables estas empresas de los efectos negativos de la disrupción que generan?

Davos 2020 ofrece paneles donde se rinde tributo a las grandes tecnológicas, pero también hay otros donde se coloca a estas empresas en el banquillo de los acusados, entre otras cosas, por sus infracciones escandalosas en la violación de la privacidad y por el creciente poder del que gozan, sin contrapesos institucionales, incluyendo prácticas monopólicas e impacto global. ¿En qué momento se nos entregó la estafeta del papel de villano que traían las tabacaleras?, se quejaba el año pasado, un alto ejecutivo de una tecnológica alemana.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, está en Davos y ha dejado claro que quiere hablar de la necesidad de poner límites al poder de las empresas de Silicon Valley y sus competidores asiáticos.

A los europeos les preocupa quedar atrapados en medio de una guerra fría tecnológica y también se esfuerzan por ser tomados en cuenta en la definición de los nuevos estándares, éticos y tecnológicos.

El primer día del Foro Económico Mundial ha sido rico en noticias de las big tech. El pulso entre Estados Unidos y Francia por los impuestos digitales ha encontrado una tregua, gracias a un acuerdo alcanzado entre Emmanuel Macron y Donald Trump. El presidente de Huawei, Ren Zhengfei, ha usado su participación en un panel para hacer un balance de las presiones de Estados Unidos a su empresa y recordar el riesgo de que la tensión entre Pekín y Washington produzca un mundo dominado por dos paradigmas tecnológicos que no serán totalmente compatibles entre sí, uno definido en China y otro en Estados Unidos.

Por tercer año consecutivo, en el pueblo alpino está Yuval Harari, el escritor israelí autor de Sapiens. de animales a dioses. En su participación, esbozó una visión donde parece que la competencia entre empresas y entre países por la hegemonía tecnológica puede derivar en una era de colonialismo de datos. Aprovechó su tiempo en el escenario para advertir de los riesgos que entrañan las tecnologías de la información. Los seres humanos son animales pirateables, dijo, con suficientes datos y poder de cómputo se pueden manipular sus deseos y venderles todo lo que se desee, desde un producto hasta una opción política.

El autor no fue optimista, en absoluto. En ese contexto, vale la pena recordar el argumento de una nota reciente del Financial Times: ¿será posible en el futuro ganar una elección sin el uso de técnicas de manipulación digital de los electores?