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Este gobierno tiene una escala de valores económico-financieros muy raros, por una parte, se obsesionan con no incrementar la deuda pública y el déficit presupuestal, y con ello dejaron en desamparo a millones de mexicanos en plena crisis del Covid-19, pero al mismo tiempo dinamitan todos los días la confianza de los inversionistas para hacer crecer la economía y mantener las finanzas estables.

Es muy cuestionable la manera como se dilapida el gasto público en programas asistencialistas claramente con propósitos electorales y obras de infraestructura irrelevantes y contraproducentes.

La recaudación de fuentes no extraordinarias baja a la par que la actividad económica y la 4T no procura la recuperación económica con tan solo permitir que los capitales privados hagan su trabajo con las suficientes garantías jurídicas.

Porque si los negocios privados no cuadran con la personalísima estructura moral de López Obrador, no importa lo que digan los contratos y las leyes.

Sin incentivos y más bien con espantos a la inversión, se vuelve más difícil que se puedan elevar los ingresos fiscales que le permitan a la 4T mantener su modelo de gasto electoralmente dirigido.

Puede no terminar este 2021 antes de que sea evidente que la brecha entre ingresos públicos y la negativa de recortar los dispendios del gasto gubernamental, anticipen una crisis de confianza en la economía y las finanzas.

Porque detrás de las cortinas de humo que tiende el Presidente todas las mañanas, como la creación de sus redes sociales al estilo chino, o su postura antidemocrática frente al INE, subyacen los verdaderos problemas que van a condicionar el futuro económico de México en la era de la post pandemia.

Ese intento, cada vez más claro y desesperado de destruir las instituciones, la desesperación ante la posibilidad real de perder el control de la Cámara de Diputados tras las elecciones, el desafío abierto a las empresas para que cumplan con la moralidad presidencial antes que la legalidad de los contratos. Todo eso es una bomba de tiempo que sigue corriendo.

Y estamos tan ocupados en el circo mañanero que ya no vemos el tamaño de ese otro problema que implican las finanzas de Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad.

Las finanzas de Pemex se agravan y no se toman decisiones estructurales, solo paliativos con cargo al erario. Puede estar cerca de recibir el grado de papel basura y entonces sí cerrar todo acceso a los mercados. Y de paso, la deuda soberana mexicana perdería ese último escalón dentro del grado de inversión.

Y si eso ocurre, el Presidente dirá que tiene otros datos y podría querer crear su propia firma calificadora, pero ante el mundo cambiaría la percepción de la seguridad financiera de México.

La economía y las finanzas mexicanas habían generado tanta resistencia y buena reputación global que aguantaron dos años de este manejo económico y hasta el desplome económico sin respaldo gubernamental tras el confinamiento por el Covid-19. Pero los márgenes de maniobra pueden acotarse severamente este año.

Tan solo el primer semestre combina una economía paralizada por la pandemia con una presión al gasto público por parte del gobierno federal que, sin pudor, ejercerá recursos que lubriquen a sus electores.