Un encuentro

Hace mucho que la palabra “encuentro” se presenta como si fuera un acertijo. He buscado su definición y ninguna realmente me convence.

Puedo pensar que, en definitiva, en ella se encierra la posibilidad de sorprenderme con algo, o con alguien, de una manera que va mucho más allá de los procesos intelectuales.

Quizá puedo ir por detrás de las siglas que componen un agrupamiento de letras, que dejan solo un concepto sobre algo. Porque si solo me quedo con el sonido gutural que se produce al leerlas, entonces entra la monotonía, parece que no vibra nada.

En occidente, la manera de abordar una reunión está normalmente relacionado con la interacción entre seres humanos. Está matizado con rasgos enraizados en una estética que plasma sólo una manera acotada sobre una de las tantas formas que existen de vincularnos con otros y de percibir la realidad.

Así, por ejemplo, el encuentro con un árbol se queda en una definición que algún botánico acuñó en alguna parte y que sólo es una figura, una planta con tallo leñoso. Entonces quedo predispuesto a creer que ante mí solamente hay una forma, un concepto de algo. El espacio de lo aprendido en nuestra biblioteca mental nos lleva de inmediato a una idea limitada que tenemos sobre él.

Esta visión tan pequeña nos muestra qué desconexión tan profunda tenemos con todos los demás seres del planeta, animados e inanimados, apocada aún más, cuando pasamos de largo sin poder sorprendernos por su bella magnificencia.
De pronto en lo profundo hay una altanera percepción de que fue creado para nosotros, un recurso puesto ahí para nuestro uso y disfrute. Es esta idea de que el hombre es superior al resto de la naturaleza es lo que nos ha llevado a destruirla a mansalva.

¿Cuándo comienza a crecer esta ortiga en el paraíso de nuestro ser? Quizá cuando el contacto con lo divino fue sustituido por cosas, al querer llenar el vacío que había dejado. Al dejar de honrar la existencia misma, nos volvimos altaneros, nos colocamos por encima de la creación y nos perdimos. Fracturamos nuestra esencia y comenzamos a errar una y otra vez el camino.

Partiendo de esta tesis, entonces la mente científica y la mente consumista echaron a andar su maquinaria y al encuentro con la grandeza de un árbol, solo queda la inquietud: ¿Cómo llegó el árbol a obtener esta forma? ¿Cuál sería el proceso de selección natural de siglos para haber alcanzado el tamaño que tiene? ¿Cuáles son los micro procesos biológicos para que el árbol desarrolle las hojas de una manera u otra? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué uso puedo darle?

Así, este pensamiento tan limitado de abordar el encuentro con un árbol queda acunado sólo al fraccionamiento de su esencia, a un abordaje que sólo toca un marco científico y económico. Desde luego es una forma de acercarse, pero parece tan impersonal y se vuelve tan pequeña la experiencia.

También podemos usar las investigaciones científicas para un nuevo enfoque. Según el National Human Genome Research Institute, el hombre, algunos frutos y plantas, tenemos un 60% del mismo DNA. El aliento y el pulso de los árboles los hace comparables a un ser viviente complejo. Según el Dr. Sebastián Pfautsch, del Instituto Hawkesbury del Medio Ambiente, de la Universidad Western Sydney, la mirada cambia cuando esa estructura conceptual de lo aprendido desaparece y entra el lenguaje de la poesía.

La magia comienza hacer efecto, frente a uno no hay un árbol, hay un ser que toca lo intuitivo, ahí las palabras no caben, se devela la misma existencia. Aparece una nueva forma de comunicación, una que toca un lenguaje que es profundamente difícil de expresar. Entonces uno imagina sus raíces interconectándose con otras, enviando señales análogas a un lenguaje que subyace en lo profundo.

El tiempo para su incesante camino, los sentidos se agudizan, se percibe una esencia del árbol como ser, y ahí, en ese segundo, hay algo que lo cambia todo.

Se abren los candados que acotan sólo una manera de percibir el mundo. Se encarna la posibilidad de abrumarnos, es la vida misma, con esta sensación de complementariedad. El corazón y el alma reconocen esta verdad: —No estoy escindido, formo parte de un todo.

Surge una sensación de compenetración con toda la existencia. El alma se embriaga, el corazón lo sabe… ruedan las lágrimas.

Queda atrás todo lo aprendido, se disuelve mi escisión. Ahora entro en esta bella capacidad de contemplar, voy más profundo que simplemente mirar. Me siento parte de todo lo creado.

Es este maravilloso encuentro que me hace sentir profundamente amada. ¡En verdad soy parte de esta sorprendente creación!

DZ

La gracia de tu rama verdecida
ANTONIO MACHADO

Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento…
Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.
Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.
Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.
Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.
No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.
Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…