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Amy
Foto de Unsplash.

They tried to make me go to rehab
But I said: No, no, no
Yes, I’ve been black, but when I come back
You’ll know, know, know
I ain’t got the time
And if my daddy thinks I’m fine
He’s tried to make me go to rehab
But I won’t go, go, go

Intentaron hacerme ir a rehabilitación

Pero dije no, no,no

Si, he sido negro, pero cuando regrese

Tú lo sabrás, sabrás, sabrás

No tengo el tiempo

Y si mi papi piensa que estoy bien

Él ha tratado de hacerme ir a rehabilitación

Pero yo no iré, no iré, no iré

Amy Winehouse

A veces me pregunto si hay alguna responsabilidad en el daño que se genera mirando las noticias sensacionalistas. Si esto afecta la vida de las figuras públicas, quizá valdría la pena reflexionar para encontrar una manera a modo de que el impacto sea menor. Si se trata sobre todo de cantantes, artistas y políticos me acuso de leerlas, difundirlas y generar algún tipo de conversación al respecto. Por lo que soy parte de la maquinaria que las impulsa, generando ingresos multimillonarios para quienes las difunden.

Es todo un aparato difícil de parar. Sin duda, la prensa tiene un impacto en la vida no solo de los protagonistas, sino de quienes recibimos la información, manipulando ideas, adiestrando conductas  y generando todo tipo de emociones, entre las que aparece la adicción a consumirlas. Un circuito perfecto que estimula a los periodistas, a las empresas y al consumidor.

La música ha sido parte de mi estructura vital, amo escucharla, cantarla y soy una voraz seguidora de conciertos, en su momento de discos, CD, MP3, y ahora de spotify. Leo noticias sobre mis artistas preferidos, donde aparecen los escándalos, las vidas privadas y la muerte de algunos en la lista de la “maldición de los 27”.  Debo confesar que en su momento me quedé atónita, triste, cuando leí de sus muertes a tan corta edad.  Fui fan de muchos de ellos, como no recordar a Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain, el co-fundador de los Rolling Stones Brian Jones, Jim Morrison, Alan Wilson, Pete Ham y Amy  Winehouse.

Mi curiosidad me lleva a plantearme que tendrán en común para que tantos mueran justo a esa edad, que será lo que los llevó a tomar una decisión así. Qué elemento los fue llevando a ese túnel sin salida, y si es casualidad, no deja de sorprender.

Es la vida de esta última quien me genera preguntas, estoy segura que tendrá un hilo conductor hacia los otros, quizá empezando entonces, se pueda rastrear el dolor convertido en sufrimiento, buscando salida de alguna manera. Me encantaría poder encontrar algunas respuestas para entender, y desde ahí ir tejiendo espacios donde se pueda prevenir la despedida de gente tan talentosa a tan corta edad.

Amy me encandiló desde que la escuché por primera vez, yo tuve mi primer acercamiento a ella en su segundo álbum ‘Back to black’, que vendió más de 10 millones de copias a nivel mundial. Su música, sus letras mostraban el gran talento para la poesía que tenía, hablando en sus estrofas de cómo se sentía, donde al menos para mí, había un grito del dolor que se tejía en el compás de sus notas y de sus videos. Acariciaba de esta manera su peculiar estilo musical donde fusiona elementos del soul, el rhythm and blues (R&B), el jazz y el pop, con influencias del sonido retro de las décadas de 50 y 60.

Su peinado se popularizó y el estilo “beehive” se diseminó entre sus fans a principios de los 2000 como pólvora , y quizá, si mi edad se acercara a la de ella entonces, la hubiera imitado, como lo hice con mis role models de niña que eran Farrah Fawcett y Jaclyn Smith. Sí, ni hablar reconozco que soy producto de la ideología americana, de su moda y claramente veo como se colaba entre las sábanas de mi linaje de izquierda, generando estragos en mi relación con mi madre, que tenía opiniones tajantes sobre el capitalismo.

Nunca fui amante de los tatuajes, me parecía que mi historia evolucionaba tan rápido que tendría que tatuarme toda, para después arrancármelos, porque su significado ya no sería tan importante, o porque se hubieran puesto descoloridos con el tiempo. Siempre me ha gustado la piel tal cual es, con sus cicatrices, sus grietas y con su capacidad de envolver mi caparazón, volviéndose un contacto con el mundo que me permite estar atenta.

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Foto de Unsplash.

Ella tenía 14 tatuajes, el primero de ellos se lo hizo cuando tenía apenas 15 años, era la bella Betty Boop quien cubría su espalda. Esa pequeña sensual que acompañó los años 30 cuando fue creada por Max Fleischer, y fue un icónico personaje de dibujos animados que nos deleitaba con su peculiar meneo de cadera, escotes, pestañas y sus grandes tacones, me declaro fan de ella, aunque la conocí hasta los setentas. El gran repertorio de los otros tatuajes de Amy incluía uno en el brazo que decía “Blake’s girl” en honor a su ex-esposo Blake Fielder-Civil, con el que vivió una historia de amor avasalladora. Otro con la inscripción”Daddy’s girl”, como un tributo a su padre.

Amy era drogadicta, alcohólica, bulimica, sufría de trastorno de ansiedad, desarrollando un miedo escénico que la llevaba a beber antes de sus presentaciones para calmarse. Con 24 años fue liberada bajo fianza, después de haber sido arrestada por la sospecha de interferir en un caso que involucraba a su esposo, arrestado junto con otros cinco, con cargos de intento de pervertir a la justicia.

Por detrás de todas esas etiquetas, había una mujer que alguna vez fue niña, que sintió el divorcio de sus padres, el abandono de su madre, porque tenía que ir a trabajar, dejándola con su abuela; que vivió el alcoholismo de su padre, más tarde la muerte de su abuela. Tuvo como los otros de la lista, un éxito tan rápido, que seguramente fue un factor desencadenantes de otros síntomas, y ya con el éxito, la extenuación de las giras y conciertos, la relación tortuosa con su marido y sí, la presión que ejercía la prensa que publicaba fotografías de ella en su peor  estado, siendo testigos de su deterioro, lucrando con él,  hasta que ella ya no pudo más.

Erickson habla de la crisis de productividad-generatividad versus estancamiento, que se da a los 30 años del ciclo vital de una persona, aunque ella y sus otros compañeros estaban en la cúspide de su carrera, no se sentían así. La transición hacia una etapa de vida adulta es siempre amenazante. Este también podría ser otro factor a considerar.

Cuando veo sus fotos de niña, sonriente, veo una simple chica de Enfield en el norte de Londres, buscando su lugar en la música. Tenía apenas 8 años cuando asistió a la Escuela de teatro Sylvia Young, donde ganó una beca, misma que perdió al ser expulsada por su mal comportamiento, y por haberse perforado la nariz.

Después estuvo en la BRITT Scholl, donde también se encontraban Adele, Leona Lewis y Jessie J.  Tenía apenas 10 años cuando formó un grupo de rap con su amiga Juliette Ashby al que llamaron Sweet´n Sour.  Me pregunto si hubiera podido ver el futuro entonces, qué rumbo hubiera tomado, qué decisiones cambiaría. Si buscara ayuda terapéutica de otro tipo, tal vez hubiera calmado sus demonios. Porque la tuvo, pero no fue suficiente.

Cuentan que tenía un gran sentido del humor, y era conocida por sus bromas pesadas y su personalidad extrovertida fuera del escenario. Logró pese a todo, tener una relación muy cercana con su familia, especialmente con su hermano mayor Alex, quien era su mejor amigo y confidente.

En junio de 2011 en su último concierto en Belgrado, se emborrachó antes de empezar y tras su mal estado, suspendieron el resto de la gira. Si entonces hubiera podido pedir ayuda, tal vez su corazón no hubiera dejado de latir un mes más tarde, falleciendo a los 27 años de edad.

Imagino que ella como todos los demás tuvieron en algún momento, una experiencia que les rompió el alma, que dejó heridas tan profundas, que se abrieron supurando hasta aniquilarlos.

El trauma es una experiencia abrumadora que sobrepasa nuestra capacidad de regular emociones, resultando tantas veces en fragmentación y disociación. Es un impasse ensordecedor que nos impide articularnos tantas veces, dejándonos sin palabras. Entramos en un estado de dispersión y desorganización entumeciendo el sueño, mientras buscamos como resonar con la experiencia.

Para muchos hay una sensación de que los pulmones se han achicado dejando entrar poco aire, otros es el estómago quien no puede recibir alimento alguno, o todo lo contrario, entrando en estadios de glotonería insaciable, poco a poco se van activando los mecanismos defensivos para poder sobrevivir.  Podemos entrar en modo avión, mecánicamente realizando nuestras actividades, podemos entrar en un estado de somnolencia permanente, en una coducta desenfrenada que incluye las drogas, el alcohol, el cutting, la bulimia, la anorexia, el sexo; buscando como liberar ese dolor.

Si esta experiencia ha sido en una edad temprana, al paso del tiempo, cuando creemos que ya hemos cruzado la frontera del evento, que el dolor se ha anestesiado, que el tiempo ha puesto distancia y pensamos que todo quedó atrás, en el inconsciente han  quedado grabados pequeños fragmentos de recuerdos. Aparecen  dispersados en forma de imágenes, de sensaciones corporales y de palabras, que pueden activarse más tarde, por cualquier cosa que nos recuerde la experiencia, sin importar el tiempo que haya pasado.

De pronto, hay algo que detona una conducta extraña en nosotros con ciertas personas, o con ciertos hechos, es que se han tocado las fibras de una herida que sigue ahí, que no se quita, aunque hayamos trabajado en ella para cicatrizarla.  Pareciera que dentro nuestro se volviera a repetir algo de lo sucedido.

Sigmund Freud identificó esta pauta hace más de cien años, llamándola “repetición traumática” o “compulsión de repetición”. Según planteaba, era un intento por parte del inconsciente de volver a vivir lo que ha quedado por resolver, para intentar “hacerlo bien o reparar”. Este impulso inconsciente de volver a vivir los hechos del pasado, puede ser uno de los mecanismos que intervienen cuando las familias repiten en generaciones posteriores, los traumas pendientes de resolver, una explicación que la epigenética aborda desde su investigación.

Jung también creía que lo que queda inconsciente no se disuelve, sino que, más bien, vuelve a salir a relucir en nuestras vidas en forma de destino o suerte. Desde su punto de vista, todo lo que no es consciente lo viviremos así,  expresado de otro modo, tendemos a seguir repitiendo nuestras pautas inconscientes, hasta que las saquemos a la luz y las volvamos conscientes.

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Pensaban que lo que es demasiado difícil de procesar no se desvanece por sí mismo, sino que se nos queda guardado en el inconsciente. Desde su investigación, ambos llegaron a la conclusión que diversos fragmentos de experiencias vitales que habían quedado bloqueadas, reprimidas o suprimidas, volvían a aparecer en las palabras, en los gestos y en las conductas de sus pacientes.

Podría atreverme a pensar, que el caso de Amy y de tantos de la lista de los “27”, está ligado a estas experiencias que de alguna manera marcaron la forma de relacionarse con el mundo, que pese a su genialidad, se quedaron guardando el dolor, encontrando salida en las conductas que los llevaron a terminar con lo insoportable, quitándose la vida.

Mi participación en el consumo de las noticias ahora toma un nuevo rumbo, quizá se abre una sed para conocer más de su parte humana, esa que está por detrás de su éxito.

DZ

Nota al margen

Gracias a los últimos avances médicos en las técnicas de imagen, se  han podido estudiar cuáles son las funciones cerebrales y corporales que «fallan», o quedan averiadas durante los episodios traumáticos. Hoy los psicoterapeutas interpretan los indicios, tales como los lapsus lingüísticos, las tendencias a sufrir determinados accidentes, o las imágenes de los sueños, como mensajeros que iluminan unas regiones de las vidas de sus pacientes, en las que éstos no podían pensar, ni expresarlas con palabras.

Bessel van der Kolk, psiquiatra holandés conocido por sus investigaciones sobre el estrés  postraumático, ha explicado que en el transcurso de un trauma, se cierran tanto el centro del habla como el córtex prefrontal medio, que es la parte del cerebro que se encarga de que seamos conscientes del momento presente.

El terror mudo es la consecuencia del trauma, y como  experiencia se transforma en tantos casos, en quedarse sin palabras, obstaculizadas en los períodos de amenaza o de peligro. Cuando  se reviven las experiencias traumáticas, los lóbulos centrales quedan afectados y, en consecuencia, al individuo le cuesta pensar y hablar. Ya no es capaz de comunicar con exactitud, ni a los demás ni a sí mismo, lo que está pasando.

Pero no todo es silencio. Las palabras, las imágenes y los impulsos que se fragmentan tras un hecho traumático, vuelven a surgir para formar un lenguaje secreto de los sufrimientos que llevamos encima. No se pierde nada. Sencillamente, se han redirigido los trozos.

Las vivencias como el abandono, la violencia, el suicidio, la guerra, o la muerte temprana de un hijo, de un padre o de un hermano, pueden producir según dicen hoy los investigadores en unas ondas sísmicas de aflicción que se transmiten de generación en generación.

Los últimos avances en los campos de la biología celular, la neurociencia, la epigenética y la psicología del desarrollo, recalcan la importancia de explorar la historia familiar, remontándose a un mínimo de tres generaciones, si queremos entender los mecanismos subyacentes a las pautas de traumas y sufrimientos que se repiten.