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“Nació en Primavera”

Escribí en el cartel de mi primera actuación de Self-Obliteration: “Conviértete en uno con la eternidad. Borra tu personalidad. Conviértete en parte de tu entorno. Olvídate de ti mismo.

¿La autodestrucción es la única salida? Mis actuaciones son una especie de filosofía simbólica con lunares. Un lunar tiene la forma del sol, que es un símbolo de la energía del mundo entero y de nuestra vida, y también la forma de la luna, que es tranquila. Redondo, suave, colorido, sin sentido y sin saberlo. Los lunares no pueden quedarse solos; Al igual que la vida comunicativa de las personas, dos o tres o más lunares se convierten en movimiento.

Nuestra Tierra es sólo un lunar entre un millón de estrellas en el cosmos. Los lunares son un camino hacia el infinito. Cuando borramos la naturaleza y nuestros cuerpos con lunares, nos convertimos en parte de la unidad de nuestro entorno. Me hago parte de lo eterno y nos anulamos en el Amor” Yayoi Kusama ¿Posesión diabólica, bufones de Dios? La locura ha generado incomodidad, inquietud y miedo al hombre desde que este tuvo uso de razón.

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Durante siglos ha sido una condición maldita y aunque ya no estamos ahí, sigue enfrentándose al dolor de la exclusión, incomprensión, rechazo y quienes la padecen se transforman en víctimas de una violencia incomprensible. Como olvidar las jaulas de los idiotas del medioevo para diversión del resto, o las ideas de que era un castigo divino por alguna falta. Los tratamientos de sangrías, purgantes y exorcismos acompañando el martirio de aquellos considerados “chiflados”.

Si, la cultura va a marcar una compleja multi variedad de formas de abordarla y quizá eso, también ha sumado a la dificultad para enfrentarla. Antes de Freud, aquellos que perdían el juicio se usaban con frecuencia como símbolos en la literatura y el arte, transformados en figuras trágicas mientras su conducta era objeto de burla. Expulsados de sus familias, o escondidos para no sentirse avergonzados frente a una sociedad vigilante, que exigía normas de conducta intachables. Pero también estaba el otro lado, donde lo religioso apuntaba a un sentido de misericordia que acariciaba la piedad y la minusvalía.

Pensar que alguien que atravesaba estos estadios podría servir de inspiración para algo, era inimaginable. Sin estar en condiciones de perder la cordura, las personas podían asustarse incluso de sus propios sueños, sentir en la piel el terror de una posesión demoníaca, cuando estos eran incomprensibles, cuando eran extraños e inconexos, y es que no se entendía el funcionamiento del cerebro ni sus mecanismos.

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Así cuando se elaboraban ideas prohibidas, escenarios imaginarios, había el temor de ser castigado, si estos estaban en el escaño de lo prohibido o fuera de la norma, por lo que ese mundo interno debía guardarse en secrecía. Los manicomios en aquella época, eran fuente de inspiración para muchos artistas, los rostros de los pacientes mentales quedaron plasmados en grandes obras como en las del Greco. Las ideas de Freud vinieron a revolucionar el mundo contemporáneo, este planteó nuevas formas de abordar estos temas hasta darles la vuelta.

¿Acaso estas ideas aberrantes podrían ser otra cosa, que solo un producto de una maldición? Se atrevió a decir que el consciente no era el único dueño de la mente, y nos presentó a un subconsciente irracional dentro de todos nosotros. Así explicó el lugar donde se producen los sueños y las barreras entre realidad y fantasía, explicó las alucinaciones y delirios. Usó la ciencia para basar sus ideas y estas permitían entender la locura desde otro lugar.

Hubo mucha reticencia en el mundo científico, debates encarnizados, mientras, los literatos, poetas, pintores y músicos fueron quienes abrazaron estas nuevas posturas con euforia. Ahora que los desvaríos del subconsciente ya no eran aberrantes para la razón y Satán había salido del escenario, se iba disipando la idea de una condenación contagiosa. Apareció en los lienzos la disociación enmarcada de figuras sin rostro o con rostros geométricos, las brochas corrían libremente apareciendo espejos con refracciones anómalas, edificios a oscuras con luces nocturnas frente a un cielo diurno.

La confusión se hizo una con la mano del pintor, dejando descubiertos barcos del mismo océano sobre el que navegaban, rocas flotantes, relojes escurridos, realidades paralelas con hombres caminando sobre el aire, o de cabeza. Fueron las pinceladas el hilo conductor hacia el mundo de los esquizofrénicos, se abría la posibilidad de verlos como el resultado de procesos que tenían explicación de la mente, y ahora podían ser observados sin miedo. Apareció la originalidad, la búsqueda de la inspiración, el encuentro con momentos de conciencia alterada usando incluso drogas; le dieron vida a los sueños, encontraron variedad y le dieron voz a las nuevas tendencias.

De pronto en el siglo XX se abrió el apetito por regresar a los manicomios y observar cómo sus pacientes producían imágenes tan originales e impactantes, como las que estaban buscándose en el mundo onírico del sueño, o como resultado del consumo de estupefacientes. Si, los imbéciles, como también se les ha llamado, desde tiempos inmemoriales, fueron los pioneros del surrealismo, pero nadie les había prestado atención hasta entonces. Me he perdido en los delirios de muchos artistas, he escuchado sus voces, encontrado como conectarme con los sentidos y quizá, una de las artistas que más me han impactado, dejado una impronta en mis huesos, es Yayoi Kusama nacida en japón en 1929.

Marcada por su lucha contra la esquizofrenia, la depresión y la neurosis obsesiva-compulsiva; sus obras de arte hipnótico y saturación colorida, reflejan su temor ante la anulación e invitan a adentrarnos en su particular universo, a través de espacios alucinatorios. Sus miedos y obsesiones se han plasmado en instalaciones enigmáticas y psicodélicas, que cuestionan la conexión entre el hombre y lo que le rodea. Sus pequeños “lunares” repetitivos y atípicos, cubren los muros de su existencia, no solo en lienzo sino también en sus esculturas, telas y en su piel, simbolizando al hombre que se pierde en el infinito.

He tenido la oportunidad de conectarme con su mundo en varias exposiciones a las que he tenido la fortuna de asistir. Sus primeros años los vivió en el seno de una familia de comerciantes acomodados. Perturbada por un padre mujeriego y una madre temperamental y abusadora, marcaron su existencia con un profundo desprecio por la sexualidad masculina, y aversión al sexo que reflejaría en su arte. Después del ataque a Pearl Harbor, la emplearon en una fábrica de paracaídas, y a tan tierna edad, 13 años, pintaba lunares en escenarios fantásticos, experimentando alucinaciones con luces, puntos y flores que le hablaban. Usaba patrones de tela que cobraban vida, como multiplicándose, envolviéndola, un proceso que trasladó hacia el arte en lo que calificó como «autodestrucción».

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Pese a la negativa de sus padres, se formó en pintura tradicional japonesa (nihonga), en la Universidad de las Artes de Kioto. En 1958, llegó al esplendoroso Nueva York, donde se integró al movimiento pictórico de la posguerra, caminando por las calles con artistas como Andy Warhol, Claes Oldenburg y Georgia O’Keeffe. En 1973, regresó a Japón y se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico, donde sigue trabajando en sus creaciones. Desde entonces, ha desarrollado una obra que combina pintura, escultura, arte de performance e instalaciones. Si uno tiene la oportunidad de entrar en sus espacios, bañarse en ellos, se abre la posibilidad de contactar con nuestra locura. Entonces, cuando uno palpita ahí dentro, queda anonadado, tocando el silencio, solo para abrir la incógnita en el pensar, que todos tenemos un poco de raritos.

Hoy una nueva palabra nos invita a dejar las etiquetas, a muchos no les gusta que se catalogue todo en un mismo rubro, pero otros dicen que ya no es necesario decir esquizofrenia, bipolaridad, espectro autista, TOC, TDH, dislexia, etc. como si uno solo fuera eso, decir que algunos somos neurodivergentes, nos coloca en un espacio donde quizá no recibamos el rechazo por pensar distinto, por percibir el mundo de otra manera, por conectarnos con él de manera diferente.

Claro que algunos de estos trastornos necesitan medicamentos y ser tratados por psiquiatras, pero decir soy esquizofrenia o ser neurodivergente, prefiero lo segundo. Soy alguien que ve las letras al revés, que de niña pensaba que los árboles lloraban de morado, que imaginaba que podía volar y que podía continuar el sueño de la noche anterior, dándoles posibles escenarios. Que a veces escucho música cuando estoy viendo una obra de arte, o que percibo algún sabor con las notas musicales.

Hoy ya se que se llama sinestesia, una condición en la que la estimulación de un sentido conduce automáticamente a una experiencia sensorial en otro sentido, pero de niña mi nana me decía “no mi niña, no digas eso, que los grandes se asustan y te van a querer encerrar”.

Yayoi forma parte de mi Club de Desequilibrados, donde en medio de la vorágine de un mundo que a base de solo razón, asfixia. Me encanta pensar que los lunáticos tenemos mucho que aportar cuando el mundo interno puede transformarse en arte, en letras o danza. DZ