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“Lo mejor de la vida ocurre cuando estás sola”
Foto de Emma Simpson en Unsplash

Es fascinante que una masa de poco más de un kilo compuesta de grasa, agua, proteínas, carbohidratos y sales, tenga la capacidad de controlar las funciones vitales como la respiración, la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la deglución y el parpadeo.

Durante millones de años, la evolución fue permitiendo que cada parte del cerebro tuviera una función precisa, controlando los movimientos y la coordinación, procesando los movimientos aprendidos y así es cómo podemos tomar un pincel y crear algo bello. Es por eso que podemos resolver ecuaciones, así como planificar, controlar y ejecutar movimientos voluntarios.

Con nuestro cerebro creamos el lenguaje, imaginamos, sentimos y construimos, procesamos toda la información y con ella impulsamos nuestros actos. Si todo esto es casi milagroso lo es más cuando la gran mayoría de los seres humanos estamos capacitados para llevar una vida más o menos armónica, cuando nuestras capacidades incluyen el poder sanar emocionalmente, encontrar soluciones, restaurar y poder seguir aprendiendo hasta nuestra muerte. Pero son los otros, aquellos que se han considerado locos, psicóticos, enfermos e incapaces los que han llamado mi atención desde que era niña. La esquizofrenia, la bipolaridad y el borderline han sido condiciones psiquiátricas que me han producido un sin fin de cuestionamientos, me han llevado a leer, a preguntar y sobre todo a buscar cómo entender el mundo interior de quien vive de esta manera.

El concepto de salud mental tiene apenas 116 años, en 1908 Clifford Whittingham Beers psiquiatra estadounidense usó el término “higiene mental”.

Así abrió el principio de una manera de hablar sobre la prevención de desórdenes mentales y su cuidado. Antes del siglo XX, la idea de la locura era aberrante, se tenían una serie de ideas que apartaban a quienes padecian de alguna afección, eran seres incomodados por lo tanto se les escondía, se les segregaba separándolos de los miembros “normales” de la sociedad. Se les recluía en “hospitales de inocentes”, “casas de orates” o simplemente lugares de reclusión para “locos” o “dementes,” o se les abandonaba, deambulando en las calles.

En verdad pienso que no sabían qué hacer con ellos, que su forma errática de conducirse afectaba la vida cotidiana y sin herramientas de cómo afrontarlo, deshacerse del problema era la única solución. He pasado mucho tiempo de mi vida buscando respuestas para estas afecciones y gran parte de mis indagaciones han estado centradas en el sufrimiento que producen, sabiendo que la detección temprana, la medicación, tratamiento y el trabajo familiar en muchos casos las cosas mejoran. Salvo en el caso de los pacientes diagnosticados como borderline, que la medicación realmente no sirve.

En mi historia familiar hay quienes han padecido de estos trastornos y nosotros llevamos en la piel las cicatrices del impacto que tuvieron en nuestras vidas. Quizá de ahí me viene esa fascinación por tratar de entender, pues siempre tuve miedo de heredarlas o de transmitirlas a mis hijos. Es difícil poder entender a una persona que percibe el mundo diferente afectando la forma en que interpreta la realidad, como se le dificulta procesar nuevos estímulos y como le cuesta relacionarse con las personas.

¿Que será sentirse abrumado cuando hay delirios y alucinaciones convirtiendo la vida en un lugar amenazante? He escrito mucho sobre el trastorno Borderline, de todos es el que más tiempo me ha llevado pues sobrevivir a una madre con este padecimiento ha sido un reto. Sobre la depresión, bipolaridad, los trastornos de ansiedad, los alimentarios también me he detenido a leer, estudiar y escuchar a los que saben. Mi abuelo tenía esquizofrenia, estoy casi segura que lo padecía aunque nunca lo diagnosticaron. Es un trastorno mental grave que afecta el funcionamiento diario y puede ser incapacitante.

En carne propia viví lo profundamente difícil que es para quienes hemos estado cerca de alguien con este padecimiento. Tuve siempre mucho temor a heredarla y no se si quede del todo en paz, el día que entendí que no se hereda de forma directa, sino que existe una predisposición genética que interactúa con factores ambientales. Estos últimos yo sí los tenía, un campo de cultivo perfecto para desarrollar este o cualquier otro trastorno.

Sin padecer ninguna afección mental, cuando nos suceden cosas que nos afectan, nuestras emociones palpitan, afectan nuestro mapa del mundo. Nuestra respuesta está supeditada a la cultura en la que vivimos, la educación que recibimos y a nuestro carácter. Cuando es demasiado, es como si atravesamos un tsunami de esos que lo arrasan todo y a todos. La mayor parte de las personas que han tenido un desarrollo más o menos armónico cuentan con una paquetería que les permite salir adelante, muchas otras lo hemos tenido que desarrollar a lo largo de la vida.

Es tener la capacidad para luchar, para recomponernos, para rehacernos integrando la experiencia dolorosa y demoledora. Pero para aquellos con esquizofrenia el tsunami es permanente volviendo la vida profundamente dolorosa. Las fantasías, esas creencias falsas que no tienen base en la realidad, son difíciles de procesar.

Recuerdo a mi abuelo que sentía que lo queríamos perjudicar o que alguien lo estaba acosando, sentía que ciertos gestos o comentarios se dirigían a él, generando respuestas de una violencia incontrolable. Vivía a salta de mata pues para él siempre estaba a punto de ocurrir una catástrofe importante. Llamaba la atención que pese a sus estados emocionales tan difíciles, tenía una habilidad excepcional para las matemáticas aunque nunca fue a la escuela. De niños nos llevaba a su tienda y nos enseñaba a usar el ábaco. Padecía de alucinaciones que se acrecentaban cuando bebía. Veía y escuchaba cosas que no existían. Sin embargo, para él tenían toda la fuerza y la repercusión de una experiencia normal, por lo que llevarle la contraria desataba su furia incontenible. Su pensamiento desorganizado infería con lo que quería comunicar, generando agitaciones incomprensibles.

Las respuestas a preguntas muchas veces no hacían sentido generando una ensalada de palabras. Tenía una resistencia a seguir instrucciones y su carácter explosivo lo llevó a la cárcel al incendiar un par de tiendas. Perdió a su esposa e hijos en un juego de dominó alguna vez en un pueblo. Según nos dijeron, fue la policía quien tuvo que intervenir para poner orden en el asunto. Era muy niña pero recuerdo el descuido de su higiene personal y en alguna ocasión me tocó presenciar cómo se lo llevaban en camisa de fuerza al manicomio donde recibía un par de choques eléctricos que aparentemente lo dejaban más tranquilo, yo diría que más bien como sedita, o más bien idiotizado.

No conozco bien cómo fue su infancia pero al parecer comenzó con los primeros síntomas a principios de los 20 años. Hace un par de días en un artículo llamado de Histeria mujeres locas en el arte, me topé con una artista que ha cambiado mi percepción sobre esta enfermedad. Los artistas que conocía hasta hoy tienen como característica la saturación en los lienzos, las figuras desgarradas, el dolor transmitido en los trazos de sus pinceles como el caso de William Kurelek que en su famoso cuadro de The Maze pintado mientras estaba internado en el psiquiátrico.

Pero resulta que en esta artista me encontré lo contrario, en sus cuadros la serenidad es la poseedora del pincel, la delicadeza de sus trazos están anclados en el estado de ánimo calmo que prevalece al observar los grandes lienzos. Es la magia que puede generar el arte cuando el mundo interno tiene un halo de espiritualidad. Se trata de Agnes Martin (1912-2004) nacida en Canadá, no conocía nada sobre ella, pero no solamente me ha cautivado si no que he podido ver que hay maneras de poder vivir con esta enfermedad que no necesariamente lleva a la destrucción y al dolor permanente.

Ella decía que se inspiraba en la paz del vacío interior que le daba poca importancia al sentido de la vista afirmando que la pintura debía asentarse sobre la “sabiduría eterna de la mente”. Esta frase me ha hecho reflexionar muchísimo, pues en la psicosis esa sabiduría se pierde en los síntomas, se diluye en el miedo que nos produce, con los diagnósticos aplastantes, quizá porque no entendemos la grandeza del mundo interior de quien vive así. Ella padecía esquizofrenia, tratada con electrochoques y medicación desde su primer episodio y aunque pudo lidiar con la enfermedad, siguió sufriendo debilitantes episodios de psicosis. Aunque me parece irrelevante en su biografia hacen referencia a que era lesbiana aunque nunca lo dijo abiertamente pero tuvo relaciones duraderas al menos con Lenore Tawney y Chryssa Vardea-Mavromichali.

Más allá de sus preferencias sexuales, mirar su obra en lienzos de seis por seis pies es entrar en un espacio silencioso donde sus rejillas y cuadrículas nos llevan al mundo de lo sutil. Casi siempre dibujaba a lápiz y sus colores se difuminan lavándose hasta acercarse al blanco generando una sensación de claridad. Sus figuras geométricas ligeras dan la impresión de escaso peso y sus puntos que se repiten a lo largo y ancho del lienzo producen casi una adicción, pues uno quiere regresar a ese espacio una y otra vez. Cuando estaba en la cúspide de su carrera considerada una de las grandes promesas del expresionismo abstracto de la escuela de Nueva York, decide renunciar a la fama en 1967 al sufrir un grave episodio de psicosis.

Durante los meses que estuvo internada en un hospital psiquiátrico, le diagnosticaron esquizofrenia y al salir se marchó. Tomó su coche, puso rumbo al sur y vagó durante dos años antes de establecerse en Taos, en el estado de Nuevo México, un lugar tranquilo refugio de muchos artistas, donde pasó el resto de sus días, muriendo a los 92 años, cuidándose a sí misma sin ayuda de enfermeras ni cuidadoras. Busco en el budismo el silencio que ansiaba y lo descubrió en el Zen llenándose de la paz interior que tanto anhelaba. “Lo que me gusta del zen es que no cree en los objetivos.

Yo tampoco creo que la manera de triunfar es hacer algo agresivo. La agresividad es para cortos de mente”. Decidió destruir casi todas sus primeras obras y cambiar de rumbo hacia un minimalismo extremo y radical. Una caja de lápices eran suficientes para hacer arte y casi todos sus cuadros desde entonces se limitaron al dibujo de líneas paralelas, cuadrículas perfectas, en ocasiones, círculos o formas geométricas monocromáticas. Para sostenerse daba algunas clases. Fue dándose cuenta que la soledad le venía bien a su mente herida, así pasaba los días. —”lo mejor de la vida ocurre cuando estás sola”— llegó a decir en una entrevista. Alejada de la pintura durante un periodo largo, volvió a dibujar rigurosamente cada día con un horario de tres horas por las mañanas, retomando el mismo estilo de mínima intervención sobre sus piezas.

“La respuesta artística pasa por la emoción y la música es la forma más alta del arte. Es totalmente abstracta y afecta a nuestros sentidos y mente de una forma ocho veces más potente que cualquier otra expresión artística”. A través de la música, es posible experimentar la realidad del mundo utilizando los 12 sentidos propuestos por Rudolf Steiner, que incluyen el pensamiento, el movimiento, el equilibrio, entre otros. En alguna ocasión se refirió a sus cuadros como telas que se acercaban a la música. Antes de morir pintó un último cuadro; cinco líneas perfectamente horizontales pidió expresamente que no deseaba oficio religioso de ningún tipo. Su búsqueda de la simplicidad, la serenidad y la espiritualidad continúa resonando, se ha convertido en una figura icónica en la historia del arte del siglo XX.

Para mi ha sido descubrir en alguien, la posibilidad de que el caos puede también transmitir inocencia, alegría, belleza en estado puro y habitar sentimientos de paz.

Quizá si no tuviéramos tanto miedo debido a las heridas que hemos recibido quienes nos ha tocado vivir junto a quien padece de este tipo de trastornos, tendríamos la posibilidad de ampliar nuestra mirada. Tal vez si los tratamientos tuvieran más acercamientos a la naturaleza, al trabajo con el cuerpo, al arte y la espiritualidad podríamos revisar nuestras ideas sobre estos padecimientos, hilando desde ahí una conexión con el mundo.

Pudiera ser entonces que estamos ante la posibilidad de revaluar sobre quienes son los sanos o si acaso todos los somos de distinta manera, que todos de hemos vivido estadios de locura llevados por el dolor, por el rechazo, la humillación, la injusticia, la incomprensión y que a todos nos podría pasar que en algún momento pudiéramos necesitan ayuda para poder continuar.

DZ