Inclusus Hermanus Monachus
Foto de emol.cl.

Hay un sabor en la boca que es ácido, que se suscita cuando algo que veo o oigo me produce curiosidad. Pero no cualquier tipo, es una que está bañada de curiosidad morbosa, que se va adueñando de mi cuerpo porque siento la sangre correr por mis venas con más rapidez; en la boca del estómago se detona una sensación que aprieta y comienzo a salivar más de lo normal. En los dedos comienzo a sentir piquetitos y percibo cómo se eriza mi cuero cabelludo, como pasa cuando uno tiene miedo.

Entonces comienza la búsqueda, la caza de todo lo que puedo encontrar y se abre dentro mío una puerta en el corazón que me permite ir a ese lugar, sentarme a tomar un café con alguien al otro lado del mundo, viajar a un pueblo de mujeres en Siria, subirme a un barco con una mujer pirata que vivió hace siglos o hablar con un soldado romano antes de Cristo.

La resulta de estas pesquisas es un remolino de palabras, miles de ellas en mi cabeza que cuando tengo un pedazo de papel en la mano o una computadora comienzan a brotar, tomando forma en palabras, en frases que buscan transmitir con fuerza una historia.

Inclusus Hermanus Monachus. Foto de cinicosdesinope.comInclusus Hermanus Monachus. Foto de cinicosdesinope.com
Inclusus Hermanus Monachus. Foto de cinicosdesinope.com

Aquí deviene una disertación, porque yo tengo la sensación de que si viajo en el tiempo, que puedo sentir la nieve, el agua o el candente sol. Se agudizan mis papilas gustativas pudiendo anclar un sabor que a veces cuando pruebo eso por primera vez, se que ya lo había saboreado antes. Es una especie de “deja vu” corporal.

Pues así me sucedió esta semana, vi una imagen y sentí como mis pupilas se abrían, dejando entrar cada detalle, absorbiendo cada pedazo del pergamino donde está plasmada. Un dibujo que me embebió y tomó una fuerza inusitada, cuando leí que fue el mismo satanás, abriéndose paso en la página 290 de un Codex llamado Gigas, se abre paso con cuernos y todo.

Debo confesar que no me gustan ni los libros ni las películas, donde Luzbel se hace presente. No me gusta el frío que me recorre y los brincos que doy cuando el miedo se apodera de mí. Así que normalmente los evito, pero esta vez hubo algo que no me dejó escabullirme.

Y dicen que corría el año de nuestro señor 1230. Estamos en Chrudim, en el centro de la actual República Checa. El medioevo tiene la característica fétida del olor de sus ciudades, este aroma que cruza los espacios a kilómetros y que si uno se pierde en las veredas, sabe dónde está esa ciudad o pueblo, pues el mapa se abre en el olfato. Así que apenas pude abrirme paso en el espacio, los olores certificaron que ya había llegado. Esa tufarada a trapo mal lavado, a sobaco y heces fecales me genera arcadas de inmediato. Ese aroma a orines y a pescado que se siente como una nata inamovible a la altura de la nariz, se vuelve un mazacote que se pega a mi paladar como una costra.

Pues resulta que en los cuentos y leyendas de esa zona se tejió una historia que fue cobrando riqueza, cuando de voz en voz se fue aderezando, dejando un relato en el consciente colectivo, donde Belcebu es el principal protagonista.

Me he vestido de monje, cobrando la fisionomía masculina para no cometer el error de solo disfrazarme; ya me pasó que una vez me descubrieron y terminé en la horca. Así que he cortado mi pelo dejando una parte calva en la coronilla. Este corte se realizaba en una ceremonia llamada tonsura conferida al obispo y era la insignia de consagración.

He removido un par de dientes y he podrido otros para darle realismo al personaje. Una túnica de lana olorosa a humedad y leña y unas chanclas de cuero. Los pies los he teñido de callos y mis manos ásperas del arduo trabajo monacal. Soy un monje Benedictino y vivo desde hace veinte años como devoto a mis creencias.

Inclusus Hermanus Monachus. Foto de El Calrinete
Inclusus Hermanus Monachus. Foto de El Calrinete

Entró por la puerta grande en el monasterio de Podlažice, sus piedras frías me abrazan, es invierno y hace un frío endemoniado, de mi boca sale un vaho como chimenea ¿será que estamos a menos 15 grados?

En la parte alta del monasterio, está recluido en su celda, Inclusus Hermanus Monachus, que traducido al español sería, Herman el Recluso. Ha quebrantado uno de sus votos y el castigo es ser emparedado. La sensación de vacío en el estómago se hace presente. ¡Qué muerte más horrenda! Estar encerrado sin alimento y vivir los estertores de dolor en el vientre por falta de agua y comida cerrando los ojos para siempre por inanición.

Lo lamento, la distracción me es inevitable, he visto los espacios en donde en algunos conventos tras las excavaciones se han encontrado cuerpos de monjas y monjes emparedados y un escalofrío me recorre.

Herman ha tenido que soportar toda clase de castigos y privaciones, esperando un terrible destino; su ejecución está próxima.

Un día antes en los pasillos se escucha una locura. Para salvarse, Herman ha pedido hablar con el abad y le ha propuesto algo descabellado, algo virtualmente imposible.

Como una ofrenda al monasterio se ha comprometido a escribir el códice más grande de su época, en el que incluirá todos los pasajes de la Biblia y toda la sabiduría humana; todo, en una sola noche. El abad con una mueca dio autorización sabiendo que esto sería imposible, pero ordena que le hagan llegar los pergaminos y las tintas para su tarea.

En un canasto he puesto todo lo que se ha pedido y con un par de toquecitos en la puerta pido permiso para entrar. El cuarto no mide más de dos metros de ancho y unos tres de largo, tiene una silla y una mesa de madera frente a una pequeña ventana alargada donde apenas entra el sol. Una cama de madera y una piel de borrego. Hay una palangana y un jarro con agua. Una bacinica y nada más.

La hogaza de pan para el día está intacta, el hermano no ha probado alimento.Tengo prohibido hablarle, así que solo dejó en el suelo lo que se ha pedido y me retiro.

Con los albores del nuevo día, fuimos siguiendo al abad con una curiosidad indescriptible y al abrir la puerta de madera, nos quedamos estupefactos, cuál sería nuestra sorpresa al ver el Códice terminado.

Tomando el gran libro de 624 páginas en sus manos, y sentándose en la cama de madera, el abad fue abriendo las páginas donde las tintas roja, azul, amarilla, verde y oro brillaban con una luminosidad increíble. Aparecia dentro, desde una versión vulgata de la Biblia, hasta las obras del historiador judío Flavio Josefo, estaban incluidas las Etimologías del arzobispo San Isidoro de Sevilla, el texto completo de la Chronica Boemorum de Cosmas de Praga, así como una recopilación de remedios medicinales, encantamientos mágicos y una lista necrológica. Traído al presente es importante mencionar que tal combinación de textos no existe en ninguna otra parte.

Yo observo las hojas de pergamino intactas en el canasto y las tintas de colores negro sepia y café, están sin usar. En su lugar las hojas del manuscrito estaban confeccionadas de pieles de animales. Mientras escudriñaba cada página, y nosotros desde el resquicio de la puerta íbamos esperando, llegó a la página 290, donde aparece la imagen del maligno. En ese instante una mueca se atravesó en la cara del anciano, los demás guardamos silencio.

A partir de ese momento Herman salvó el pellejo y comenzamos a cuchichear sobre lo sucedido hasta que fue cobrando fuerza la siguiente historia.

Así ha cruzado los siglos lo sucedido aquella noche:

Incapaz de poder acabar a tiempo, cercano ya el amanecer, Herman hace un pacto con Satanás para que este guíe su mano y pueda salvar así la vida. El ángel caído aceptó ayudarle, se presenta en su celda y le pone dos condiciones para ayudarlo: “Me quedo con tu alma y te darás a la tarea de que mi imagen aparezca en una de las páginas.”

Esto me roba un suspiro, y comienza el impulso de las preguntas que se abalanzan una tras otra. ¿Qué habrá pasado en realidad?

Lo que es real pues es tangible, es el Códice, que se encuentra actualmente en la Biblioteca Nacional de Suecia, en Estocolmo desde 1819. Fue considerado como la octava maravilla del mundo en su momento. Es conocido como el Códice Gigas por su enorme tamaño. Mide 92 centímetros de alto, 50,5 de ancho, 22 de grosor y pesa 74,8 kilos y es el manuscrito medieval más grande conocido hasta la fecha.

Mientras más busco menos sentido hace todo, pese a que logre meterme en el tiempo, se que la leyenda no puede sostenerse. Pues aunque en la primera hoja del Códice establece que fue escrito en el monasterio apareciendo este como primer propietario, algunos expertos dicen que es poco probable que este enorme libro haya sido escrito en Podlažice, pues el monasterio era demasiado pequeño y demasiado pobre para llevar a cabo tal empresa, y para sus connotaciones tan avanzadas, se requería de enormes recursos humanos y materiales como una biblioteca muy grande, para poder incluir tal cantidad de textos.

Hasta donde se sabe no hay otro manuscrito medieval que se conserve de este monasterio. El nombre de quien lo escribió se desconoce, pero se ha pensado que fue Herman, cuyo nombre y apodo inclusus Hermanus monachus (‘Herman, monje recluido’) aparece el 10 de noviembre en la nota necrológica.

El epíteto inclusus estaba vinculado con la leyenda del libro y se cree que el monje se auto aisló del mundo por penitencia, y se dedicó a escribir el libro como parte de su castigo, pues entonces transcribir un texto sagrado, era considerado una forma de redención.

Hay una cronología de lo sucedido al libro durante los siglos y se sabe que en 1295, el monasterio estuvo en graves condiciones financieras, así que lo venden a los cistercienses de Sedlec, a instancias del obispo Gregorio de Praga.

Entre 1500-1594: perteneció a los llamados “monjes negros” y al caer en una crisis financiera, tuvieron que venderlo a los llamados “monjes blancos”. Comenzaba una guerra el emperador Rodolfo II de Habsburgo lo tomó como botín y se lo llevó a su palacio.

En 1648, al final de la Guerra de los Treinta años (1618-1648), fue botín para las tropas del general sueco Konigsmark. Ahí permaneció hasta 2007 donde después de 359 años, estuvo en Praga como préstamo de Suecia hasta enero de 2008.

Al terminar la cronología y la búsqueda de lo que pude echar mano, mi entrecejo está arrugado con más preguntas. Tengo sed, me levanto para ir por un vaso de agua y percibo el olor todavía de mi viaje impregnado en la piel, en el resquicio del espejo que hay en la puerta me pesco al paso. Se me ha olvidado quitarme el atuendo.

Por DZ

Claudia Gómez

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