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Las piedras navegantes
Las Piedras Navegantes. Foto: La Vanguardia.

Hay unas rocas “viajeras” o “reptantes”, que se mueven dejando en la tierra largos trazos, a modo de surco, en una superficie plana. Dibujan en respetuoso silencio su camino, dejando huella a unos pocos centímetros de profundidad, apareciendo de pronto a metros de distancia de donde estaban, después de que las cubra la noche.

No pasa a diario, su migración tiene lugar cada dos o tres años y sus surcos quedan por tiempos prolongados.

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Las Piedras Navegantes. Foto: La Vanguardia.

Las rocas que tienen la parte inferior áspera dibujan trayectos rectilíneos, mientras que las más suaves tienden a zigzaguear desviando su trayectoria.

Estas piedras captaron mi atención siendo niña cuando la ciencia todavía no se hacía cargo de explicar el fenómeno. Nadie las había visto moverse, pero había numerosas teorías sobre las causas de su migración. Para mí, cobraban vida, como lo hacían a veces los muebles de mi casa que imaginaba se movían a mi paso.

Vivía entonces en Managua y según yo en una revista del National Geographic del cual mi papá estaba inscrito, vi unas fotografías e Irene que acompañaba muchas de mis tardes, me leyó sobre su misterio.

El Racetrack Playa se encuentra en el valle de la muerte, llamado así en el siglo XIX por su aridez, si uno caía en sus fauces en la época de los colonos, la muerte seguro acechaba, a falta de agua y alimento. Hoy el lago seco, tiene una planicie rodeada de montañas y en algunas épocas del año se llena de agua, pero esta se evapora rápidamente debido a las altas temperaturas.

Este no es el único lugar donde sucede el fenómeno, pero sí es uno de los lugares más famosos.

Las imágenes que lo cautivan a uno cuando se es niño, se van transformando a lo largo de los años, su narrativa se ensancha o achica según lo que uno va integrando. Para mí, las piedras deslizantes formaron parte de la alquimia de un mundo mágico que se apilaba entre reptiles monumentales y una fauna exuberante. El miedo era inferior a mi curiosidad y descalza entre los sembrados de maíz y papaya me encontraba hablando con todo.

Resulta que por ahí de 2016, recibí un golpe que derrumbó mis imágenes de niña, investigadores de distintas partes habían resuelto el misterio. Sentí en la boca del estomago de una estocada, se derrumbaba uno mas de mis pilares, esos que me unían a mi niñez donde habitaba lo posible y todo tenía cabida. Ese espacio mágico donde los duendes, las hadas y los árboles que lloraban de morado, ocupaban mi asombro y mis sueños.

Durante décadas nadie había visto el movimiento en directo, de estas rocas, sólo estaban las estelas que dejaban en la arena. En 2014, un oceanógrafo y un ingeniero fueron los primeros en presenciar el fenómeno en vivo y grabarlo en vídeo. Ambos llegaron a la conclusión de que las piedras no solo se movían por el viento, sino que era provocado porque, cuando llovía, las gotas de agua dejaban una fina capa sobre el lago que, al llegar la noche y bajar las temperaturas, se congelaba. Las piedras quedaban atrapadas hasta el amanecer, cuando con el deshielo y el suave viento, algunas de estas rocas eran deslizadas por el aire y el agua que fluía bajo el hielo.

Así los mitos, leyendas y la imaginación se van quebrando, dejando el espacio para las cifras, las investigaciones y los datos crudos. Se van desgajando los fragmentos de las postales que quedan en los espacios sinuosos de la memoria infantil y aparece la fría e inevitable realidad.

Por DZ

Claudia Gómez

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