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Culpa
Culpa. Foto: Especial.

Me parece que casi no existe la necesidad de «desaparecer» personas, torturarlas, someter directamente a la población a aquellos que la controlan. Hemos sido entrenados para hacerlo nosotros mismos.

Crissus & Odosseus. Barbarians: Disordered Insurgence

Si el lenguaje está vinculado a la identidad de la civilización humana, sin duda es la fuerza cultural de una comunidad, fuente para preservar y transmitir las raíces de su historia de generación en generación. Es la torre que nos ancla a la existencia y en ello va el significado de las palabras y su etimología, dándonos las pautas para usarlas con mayor claridad.

Hemos construido a través del habla un aparato extraordinario que tiene las normas de cohesión y destrucción entre los seres humanos. Con él expresamos la belleza, pero también entramos en espacios muertos y amurallados que nos permite ver lo oscuro del mundo civilizado. Creamos un arma tan poderosa que no necesitamos ningún otra para matar o destruir a alguien, ni ladrillos para hacer una cárcel, ni grilletes que nos priven de la libertad. Con pronunciar las palabras, aventarlas a mansalva, escucharlas y dejarlas entrar, es suficiente para sufrir los desgarros, las heridas que nos paralizan y así ha sido de generación en generación. Hemos creado una sociedad donde el lenguaje ayuda a que ahora somos esclavos de nosotros mismos.

Desde luego están las palabras que embellecen, las que nos hacen tocar lo sublime con tan solo pronunciarlas, las que tienen una delicadeza en la estética que engrandece nuestro lenguaje. Las vemos en la poesía, en los rituales amorosos, los de cercanía, los que acarician.

Cuando en el diccionario hemos tejido palabras que laceran, destruyen y aniquilan, es necesario ponernos en pie de lucha, comenzar una insurrección, hacer una psicocirugía que extirpe el veneno que apremia el entendimiento, desmadejar cada sigla, para ver por que la hemos convertido en una manera ciega y furiosa que se voltea contra todo y contra todos, trastocando toda relación.

Quizá así podamos entender porque les dimos tanto poder y cuál es la razón por la que nos redujimos a los símbolos que infieren y desde ahí podemos revisar cada palabras que usamos. Creamos y destruimos a través de ellas y sin darnos cuenta hemos concebido el arma más poderosa que tenemos.

Sin duda una de las que al pronunciarla genera que los hombros se caigan y la mirada se agache, es la culpa, cinco letras que encierran el peso del mundo, cuando hay por detrás el castigo que confiere. En términos mundiales al parecer, se vive de manera muy similar.

Uno se percibe y se presenta al mundo con un disfraz que oculta las partes más oscuras de si mismo. Hemos sido entrenados socialmente con un aparato que impulsa la angustia emocional, de esa que devasta la existencia, castigamos aquel que rompe las normas y reglas de las conductas tejidas a base de preceptos morales o sociales que nos han permitido tener una convivencia más o menos viable.

Pero viene la contradicción, encontré un ejemplo que para mi es claro de esto. Creamos una bebida embriagante entre muchas otras cosas, que usamos para la recreación, una maravilla que nos produce un contacto con la embriaguez, que además de subir nuestra azúcar, libera nuestros niveles de dopamina. Basta con ser mayor de 21 para comprarla y después la usamos en contra nuestra cuando reprobamos la conducta de quien la ingiere y se ha pasado la mano de copas.

No existe algo más potente para relajar la identidad, que el alcohol, un destructor del lenguaje que afecta la estructura y el orden en que se pronuncian las frases para darles congruencia. Después de cierta cantidad, que varía de persona en persona, se deforman las palabras al punto de que parece que pierden sus orillas. La lengua las empuja, las arrastra hasta que van perdiendo casi todas sus letras, dejando un par de monosílabas que se escurren mientras la mirada se fija quien sabe donde, y los ojos se muestran cansados e inyectados de sangre. Hay un punto donde el peso de lo ingerido impulsa los párpados hacia abajo, entonces se cierran y de pronto el silencio se apodera del discurso, porque morfeo se ha apoderado del espacio y te has derrumbado en el sillón.

Al medio día, al despertar no sabes bien donde estas, la desorientación te marea un poco más, las náuseas están pidiendo a gritos un lugar donde vaciar el estómago, pero no sabes donde está el baño, vomitas en el suelo, se escurren las lágrimas. De pronto realizas que no traes la blusa, el brasier lo has perdido. Entre botellas, cigarros y pedazos de quien sabe que cosas, vas recuperando algunas prendas que crees estar segura que son tuyas.

A tu paso vas esquivando a varios que están tirados en la sala. El edor abraza los muros, resago de la fiesta, el escalofrío te hace pensar que estás enferma, la cabeza te retumba, la luz del exterior te golpea, percibes el olor que sale de tu boca, frunces el ceño y de pronto te topas de frente con la culpa.

Cinco letras que aprisionan, que asfixian se vuelven grilletes que te esclavizan y cuando crees desfallecer, te suelta para dejar que entre un hilito de aire. La culpa se pone de acuerdo con el cerebro, este proyecta fragmentos de imágenes que avergüenzan y zas, aparece nuevamente el verdugo en forma de palabra y comienza de nuevo a fustigar, así te castiga y se apodera de tus huesos, una tortura que persiste hasta que vuelves en algún momento a ser dueño de ti mismo y si no puede que caigas en las fauces de las tan temidas depresiones.

Se han borrado fragmentos del día anterior, la culpa se los ha devorando entre sus fauces; buscas a tu amigo, este no contesta pero sabes que está viendo tus mensajes porque aparece en verde la palomita del whatsapp. Te da tiempo de pasar por tu casa, medio te bañas, sales de pelo mojado, te has puesto tanto perfume que dejas una estela por donde pasas. Apareces en el trabajo tarde, el perfume se mezcla con lo que excudas, el olor se ha impregnado en los músculos, en los tendones y traspasa las capas de piel dejando salir el tufo de los restos de la noche anterior.

Maria la de recursos humanos te da la vuelta y el castigo de las miradas acusatorias comienzan a hacer mella en las glándulas sudoríparas, aparecen las gotas saladas en las axilas, manchando la blusa. El diccionario comienza a disparar, las balas en forma de falta, pecado, yerro, fallo, tropiezo, todas se arremolinan junto a la culpa y de pronto te convences de que vales menos que los demás y empiezas a darte cuenta que anoche te comportaste como la basura que piensas que eres. Es momento de buscar ayuda.

La palabra “culpa” se ha vuelto referente de la responsabilidad y la culpabilidad de un error cometido, por una acción indebida o algo perjudicial que ha ocurrido. Utilizada tanto en un contexto moral como legal, adquiere el talante de sentenciar y considerarnos culpables, asumiendo que se ha cometido una falta o un delito y tu sabes que anoche volviste a cruzar la raya y el peor juez serás tú misma, será el nivel de intensidad que le infieras, para sufrir la sentencia. Así, si es leve, grave y o dolosa tendrá sus niveles de trotura. Con la cruda que tienes siempre será la dolosa, convirtiéndose en un gigante que te aplaste y aniquile. El remordimiento y el autorreproche aparecen impulsando el estado de ánimo hasta el piso al punto de querer que te hospitalicen, porque el malestar es intolerable.

Después, como recompensa al viaje por el purgatorio, aparece nuestra parte amorosa, restaurativa y quizá esta sensación de culpa puede ser útil en términos de autorreflexión y crecimiento personal, ya que nos puede llevar a reconocer que necesitamos sentarnos a revisar qué nos está pasando y desde ahí comenzar a extirpar la pus que está guardada debido a nuestras experiencias de vida y suturar no solo lo ocurrido, si no lograr darte cuenta del poder que tiene la palabra. Te ha hecho hacer un viaje de lo más profundo a la posibilidad de trascenderlo y transformarlo en otra cosa.

Será que podamos descubrir que un mismo vocablo contenga una dicotomía, donde podemos ver la fina línea entre la muerte y la vida en tan solo cinco letras. Aparece en lontananza un rayo de luz que nos enjuaga y nos limpia y con ella el aprendizaje que quizá te ayude a entender porque te estas arrastrando hacia el abismo bebiendo como lo haces, entonces puedas restaurante y seguir lo que te queda de vida desde otro lugar.

Decía Ludwig Wittgenstein, “Una figura nos tuvo cautivos. Y no podíamos salir, pues reside en nuestro lenguaje y este parece repetírnosla inexorablemente”.

De su libro Investigaciones Filosóficas

Por DZ

Claudia Gómez

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