Un Edén
Un Edén. Foto de 3djuegos.com.

Estamos en primavera, hay un hombre aprovechando el agua helada de la montaña para su aseo matinal. El cielo azul celeste se presenta como una bóveda mágica que encuadra las escarpadas montañas, de aquí son 500 kilómetros a Islamabad.

El valle de Hunza es un lugar que le roba el aire a cualquiera, donde los ojos se posan como mariposas en los detalles de un paraíso multicolor.

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Un lugar que hechiza con rocas sagradas que contienen dibujos que datan del pasado chamánico, donde la alquimia y lo posible van abriendo los sentidos, intensificándolos, agudizándolos al punto de escuchar el aleteo de una luciérnaga a un par de metros.

Así el aire que solo era aire, se vuelve vida, llenando los pulmones; tocando el alma en la meseta de Duikar y en los campos de terrazas labradas, donde se siembran semillas y vegetales, fuente de la dieta casi sin carne de sus pobladores.

El silencio se apropia del cuerpo en las majestuosas montañas ofreciendo paisajes de esos que obligan a arquear las cejas. Es un edén de aquellos donde poco ha intervenido la mano del hombre extendiéndose mucho más allá de lo que la vista puede alcanzar. Un territorio difícil de acceder, aislado, cubierto por altas montañas que se pintan a brochazos de amarillo en los amaneceres, en una explosión de tonos dorados que simbolizan riqueza y opulencia de esa que no se cuenta en billetes.

Aquí los pobladores caminan distancias que los hace recordar su pasado nómada y es que el hombre no tiene un cuerpo para ser sedentario. Se bañan y toman agua helada de los glaciares y en verano comen frutas y verduras crudas. En invierno, albaricoques secos, granos germinados y queso de oveja.

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Un territorio natural poco explorado, pueblos primitivos viviendo en él de acuerdo a las tradiciones, alejados de la maquinaria de producción y de los alimentos procesados de las sociedades tecnológicamente avanzadas. Una geografía que cambia debido a sus inundaciones, corrimientos de tierra y terremotos que van formando lagos turquesa de aguas de deshielo.

Pero he llegado hasta aquí impulsada por James Hilton quien escribió Horizontes Perdidos en 1933. He imaginado que este es su Shangri- la, tierra de la juventud eterna y no las Montañas Kunlun donde con su pluma describió que estaba.

Y es que hay un rumor de que los hunzakuts pobladores de estos lares, pueden alcanzar edades avanzadas llegando a superar el siglo de edad en perfecto estado de salud con facilidad. Semejante rumor ha traído a científicos a investigar para ver de qué se compone su genética, mientras se va ensalzando su historia diciendo que se dice, que son descendientes de unos soldados de Carlo Magno que perdidos en Cashemira, crearon una sociedad aislada de las demás. Si esto fuera así, entonces esto explicaría por qué el idioma que hablan, no ha podido ser relacionado con ninguna de las grandes familias lingüísticas de Asia.

Será que en sus pieles caucásicas y ojos claros los hunzakuts, los años corren en un tiempo distinto; los cuentan de otra manera. Será que en las arrugas y sus sinuosos pliegues está el secreto de cómo es que viven tanto sin enfermarse. Y puede ser que parte del misterio está en su integración con la naturaleza, entendiendo sus ritmos sin sobre explotarla, usando sus recursos sin desperdiciar y sin dejar residuos que no se puedan aprovechar. Tal como lo hace la naturaleza donde todo se usa y nada se desperdicia.

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Desmentidos los rumores por la ciencia, al menos eso dicen algunos científicos, “que se enferman como todos, que no viven tanto tiempo.” A mi me pasa que leyendo historias y cuentos de otros lares, doy una explicación para lo que pasa en este espacio que es un refugio idílico y que toca lo sagrado.

Se cuenta que en una colina sobre una piedra, hay una inscripción que dice así: “Aquí yace Abdulec Taregsec, vivió cinco años, seis meses, dos semanas y tres días”. Uno puede sobrecogerse un poco cuando da cuenta de que esa piedra no es simplemente una piedra; es una lápida.

Podría darnos pena al pensar que un niño de tan corta edad dejará de existir. Si miramos con atención hay otra piedra y en ella también hay una inscripción. “Aquí yace Yamin Kalib”, vivió tres años, ocho meses y tres semanas.

Podríamos sentirnos abatidos pues esta colina es un cementerio y cada piedra, una tumba. Cada lápida tiene una inscripción similar: un nombre y el tiempo de vida exacto. De pronto caemos en cuenta que más tiempo ha vivido, ha sobrepasado apenas los seis años.

“¿Qué pasa en esta colina? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados?”

Lo que sucede es que aquí hay una vieja costumbre. Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta. Y es tradición entre los pobladores que a partir de ese momento, cada vez que disfruta intensamente de algo, o salga al encuentro de otro poniéndose al servicio, o aprenda algo sobre lo vivido, o agradezca; se abre la libreta y se comienza a anotar en ella: a la izquierda, cuánto duró lo disfrutado en los pequeños y en los grandes detalles justo cuando están sucediendo. A la derecha, cuánto tiempo dura el gozo interior, cuenta la sensación de plenitud, a pesar de las adversidades. En la columna de en medio cuantos nombres brotan del corazón que se pone al servicio y las veces que se agradeció.

Las tumbas, no son de niños, sino de adultos; y el tiempo de vida que dice la inscripción de la lápida, se refiere a la suma de los momentos que duró lo que importa.

En la colina de enfrente las rocas son distintas, tienen forma de papas gigantes y ahí también hay un cementerio, sobre ellas esculpidas con cincel aparecen nuevos nombres y sus edades pululan entre cien y ciento veinte años. En esta montaña se entierran aquellos que suman los años en sabiduría y no del tiempo que ha transcurrido desde su nacimiento.

Aunque esto no es real, la primera montaña no está en el valle de Hunza y es solo una leyenda, pero me gusta pensar que el misterio de sus pobladores podría revelarse en esta sencilla ecuación. Pero la segunda aunque no existe tampoco como tal, es verdad que ellos si miden sus años en sabiduría y puede que a mi me guste más. Voy a aprender a medir los años por lo que he aprendido y no por mis equivocaciones, por lo que he regresado en experiencia y seguiré buscando restaurar el daño que he hecho al planeta con mi ignorancia, bañada de un halo de comodidad.

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195