Desideria
Desideria. Foto de news.coinupdate.com

Cuando uno lee una novela sobre algún personaje histórico, la paleta de colores con los que uno va imaginando los escenarios y los protagonistas, va creando un lienzo que es único para cada lector.

Las imágenes tienen hebras que se van tiñendo mientras se mezclan con lo que uno ha conocido, con las imágenes que se han guardado como improntas en lo más profundo y ahí se enredan con lo que uno fantasea, con el anhelo de conocer. Después no se recuerda con claridad si lo vivimos, si lo leímos, o si lo vimos en alguna película o estaba colgado en un cuadro en alguna pared de un museo. Al final todo va creando una riqueza invaluable en el telar de la historia que nos contamos.

Desideria. Foto de WikiCommons.
Desideria. Foto de WikiCommons.

Y por qué no, también está la cuestión del género que entinta los conceptos con una mirada a veces sospechosa, incompleta, trenzada con los lineamientos patriarcales a los que al menos yo, he sido impuesta. A veces me imagino que el mundo estaría en mejores condiciones si lo gobernaramos las mujeres. No me considero una feminista a ultranza, quiza me veo a mi misma como alguien más bien sensible al genero.

Este pensamiento brota de la evolución, del rol biológico de las mujeres, que me parece que venimos con un software instalado que está abrazado de empatía, del cuidado y la conciliación, que brota con una conciencia del otro, necesaria para la supervivencia de la especie.

Pero también sé que sería equivocado pensar que las mujeres somos incapaces de la impiedad, de poseer corazones oscuros. Por algún motivo en los cuentos de hadas hay personajes que hablan de seres odiosos y malvados; como no recordar a la despótica Reina de Corazones, a la bruja del bosque de Hansel y Grettel, a Maléfica, a Cruella de Vil, a las hermanastras odiosas de Cenicienta, la madrastra de Blancanieves, a la Úrsula perversa de La Sirenita; sería muy ingenuo pensar que están entintadas sólo por manos masculinas, empeñadas en hacernos daño.

Hay malvadas que fueron reales y llenan las páginas de los libros de historia como Elizabeth Báthory que en el siglo XV que secuestraba a campesinas, las asesinaba y se bañaba en su sangre, creyendo que así se mantendría joven y hermosa.
Está la inolvidable Catalina de Médici, la primera Reina de Francia que en el matrimonio de su hija, con Enrique de Navarra envenenó a casi toda la corte que acudió a la boda.

Y La Dama Dragón, Madame Ngo Dinh Nhu, primera dama de Vietnam que en los años 60 dijo: “Aplaudiría por ver otro espectáculo en el cual un monje se convirtiera en barbacoa” cuando el monje Bonzo, Thich Quang Duc, se autoinmoló en respuesta al asesinato de budistas.

Qué decir de La Dama de Hierro, Margaret Thacher indiferente a la lenta muerte de prisioneros irlandeses empeñados en una huelga de hambre, o mujeres cómplices de tiranos, como el caso de Elena Ceacescu. Rosario Murillo, consagrada vicepresidenta por su marido, Daniel Ortega, la que regentó los actos de violencia contra pacíficos manifestantes y podría seguir. Las mujeres tenemos la misma capacidad de convertirnos en monstruos, aunque en la historia algunos nos revistan de imágenes amañadas de recato, prudencia, suavidad y sumisión.

Ni santas ni demonios, somos seres humanos llenas de fracturas, encolerizadas, envidiosas, subyugadas, madres amorosas, amantes despiadadas, traicioneras, calladas, sosegadas, injustas, sometidas, elegantes, mentirosas, disciplinadas. Hay un impulso que busca volvernos santas y mártires y otro que busca vengar las injusticias a las que hemos sido sometidas durante siglos en tantas culturas.

Desideria. Foto de napoleon.org.
Desideria. Foto de napoleon.org.

Al leer el destino de una reina de Alison Pataki, me encontré con un personaje que no fue ni buena, ni mala, su imagen la fui tejiendo entre las letras de sus párrafos envueltos de cursilería, así a brochazos fui pintando sus facciones, las fui perfilando más delgadas, con un poco de menos peso. No se porque la vi chiquita, de piel blanca como la de la porcelana. Le puse una voz suave, adiestrada a los modales francés de una época donde las mujeres de la alta sociedad reían de cierta manera, se comportaban de otra y se presentaban después de horas de pasar frente al espejo, mientras les elaboraban complicados peinados y las vestían de sedosas telas. Les enseñaban a tocar el clavecín, a recitar poesía, eran entrenadas desde muy pequeñas a ser y estar como se esperaba de ellas, pero sobre todo a poner el ojo en un buen partido que les diera la vida a la cual estaban acostumbradas. Tanta educación también cubría los gastos de su familia que normalmente eran adoptados por el consorte, procurándoles una buena vida.

Entre las páginas de este escrito de estilo costumbrista, tuve conocimiento por primera vez de la hija de François Clary, un adinerado fabricante y comerciante de seda. Su existencia no era conocida para mí, pues Napoleón Bonaparte había tenido muchas amantes, pero siempre le di solo importancia Marie Josephe Rose Tascher de la Pagerie a quien después de ser su amante y cambiarle el nombre a Joséphine de Beauharnais se casó con ella. Siempre pensé que ella había sido el único gran amor de su vida. Y siempre me llamó la atención que pese a eso la dejó a un lado, cambiandola por otra después de haberla coronado emperatriz al no haberle dado un hijo.
Si estoy hablando de Napoleon Bonaparte, un hombre mitad tirano y un extraordinario estadista considerado uno de los líderes militares más grandiosos de la historia. Convertido en primer cónsul después de su golpe de estado y más adelante proclamado emperador de Francia. Durante poco más de una década, tomó el control de casi toda Europa Occidental y Central mediante una serie de conquistas y alianzas. Sólo tras su derrota cerca de Leipzig en octubre de 1813, se vio obligado a abdicar meses más tarde.
Después fue derrotado para siempre en la batalla de Waterloo en Bélgica siendo desterrado por los británicos a la isla de Santa Elena donde falleció. Así de concreta era la información que mi cerebro manejaba pero al leer esta novela quedé cautivada con Désirée Clary, la tercera de los tres hijos de François Clary nacida en 1777 en Marsella.

Ella conoció a José Bonaparte, hermano mayor de Napoleón, debido a una demanda a la que su hermano enfrentaba, siendo sospechoso de haber adquirido ilegalmente un título nobiliario.
José, se hizo cargo de la acusación y quedó embelesado con ella, prometiendole una boda cuando fuera adulta. La madre de Clary le pareció estupenda la idea, pues su cuello corría peligro al ser amiga de la corte de Luis XVI, pero las cosas cambiaron cuando Napoleóne, que así se llamaba antes de quitarle una n y una e a su nombre; la conoció.

Profundamente enamorado le hizo la misma promesa que hizo su hermano, entonces no tenía fortuna, ni nombre, pero a ella que pronto le correspondió, parecía no importarle. Así que estos llegaron a un acuerdo: José se casaría con Julie, la hermana mayor de Désirée y Napoleón tendría el camino libre comprometiéndose el 21 de abril de 1795 con ella.

Pero esto duró poco, ya que el se enamoro de Joséphine una viuda mayor que el con hijos y rompió el compromiso dejándola desolada, con el corazón roto pues ya se había entregado a él.

Tres años después, conoció y se enamoró de Jean-Baptiste Bernadotte, el general, rival militar y político de Napoleón. Ambos amantes vieron en este compromiso un interés personal: para ella, una forma de vengar la humillación impuesta por su anterior pretendiente y para él, una forma de resistir a Napoleón. Désirée Clary y Bernadotte se casaron el 17 de agosto de 1798 y tuvieron un hijo único en 1799: Oscar.

Al tiempo, después de que Napoleón fuera coronado emperador Bernadotte fue elegido príncipe heredero de Suecia el 21 de agosto de 1810 y su esposa se unió a él en enero de 1811 con su hijo.
Ella no conocía el país, no hablaba su lengua, no tenía ninguna afinidad con sus pobladores y no obstante, permaneció solo cinco meses en Estocolmo asediada por una corte que la aborrecía y un clima deleznable. Así que regresó a París “por órdenes de sus médicos”, que consideraban que este clima era dañino para ella.

Cuando Bernadotte subió al trono el 5 de febrero de 1818 como Carlos XIV Jean, Desideria que así la llamaron, fue coronada Reina de Suecia y Noruega y no le quedó de otra que volver a vivir a Suecia en 1823. Su hijo Oscar se casó con la nieta de Josefina y ella vivió hasta su muerte en 1860 en el palacio de Rosendal.
La actual dinastía reinante de Suecia todavía es del linaje de Bernadotte y Désirée Clary. Los herederos de Suecia todavía tienen a Désirée entre sus nombres oficiales y una moneda conmemorativa cautiva mi atención, definitivamente el gusto de alguien del siglo XXI es muy distinto al de entonces.

La razón por la que esta mujer me cautivo fue precisamente el hecho de que no fue ni un ser desdeñable o un ser admirable, un ser que sobrevivo a su tiempo, volviéndose un comodín al manejo de un hombre que la coloco aquí, le dio un marido allá, la vestió de satin y plumas traidas de las colonias francesas y decidió por ella. Su lugar en el mundo fue ese, un maniquí de escaparate rodeada de fiestas y lujos, mientras Europa se hundía en las más cruentas guerras, dejando cientos de miles de muertes.
Un personaje que si tuviera la oportunidad de tomarme un café con ella no sabría qué decirle, esta vez el silencio abarrotaría mi cabeza.

Sí, hay personajes que también me dejan así, que no me generan admiración, que me dejan una sensación de sin embargo en la búsqueda de intentar entender su lugar en el entramado de la vida que les tocó vivir. Quizá me gustan más los personajes odiosos, las malvadas, las que lucharon, las guerreras, las brujas, las que cambiaron la historia y nadie supo que eran mujeres.

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195