Desaparecieron

Cuando aparecen situaciones misteriosas, cosas inexplicables o fenómenos paranormales la amígdala en nuestro cerebro comienza a trabajar.

En mi caso, el corazón parece que se me sube a la garganta, siento que el estómago se achica y los pelos del cogote los siento de punta. Me paralizo respirando apenas, la piel la siento fría, se me dilatan las pupilas apareciendo una visión con efecto túnel y de inmediato pierdo la audición poniéndome blanca. No produzco lágrimas y la boca la siento seca.

Los seres humanos cuando tenemos miedo, el cuerpo nos responde más allá de nuestro control. Muy asustados, se nos pueden escapar incluso gritos, los músculos se nos crispan, y podemos clavarnos las uñas en las palmas de las manos al apretar los puños. Como los esfínteres se les ven afectados, pasa que en algunas ocasiones que hay una pérdida de control y pues termina uno mojado.

Justo hoy viví una experiencia así, no tuvo que ver con ninguna presencia del más allá, simplemente sentí que me iban a asaltar y todavía estoy bañada en ese sudor amargo que se escurre por la espalda.

Después de la experiencia, algo pasa que en mi brota una creatividad inusitada, aparece un gozo que toca el alivio y tengo una urgencia de escribir. Comienza un proceso de hilar la producción de tantas hormonas traducidas en frases, que no paran de brotar.

Y justo en esa situación, como imanes, encuentro cosas que mantienen el estado de conciencia alterado, un poquito más, como si así pudiera estirar lo que me está pasando. Entonces encuentro dos misterios y los comienzo a hilvanar.

Pues resulta que el primero tiene que ver con que en medio de una zona pantanosa en Rusia, no lejos de San Petersburgo, detrás de una oxidada reja de hierro, hay una colección de torres de radio. A su alrededor hay un grupo de edificios abandonados y líneas eléctricas, con una muralla de piedra que abraza el lugar.
Una locación que tiene tintes siniestros en las noches cuando rechinan los fierros viejos. Este lugar es el centro de un misterio que se remonta a la época de la Guerra Fría.
Se cree que es la sede de una estación de radio, “MDZhB”, que nadie sabe quién dirige.

Durante los últimos 35 años, las 24 horas del día, ha estado transmitiendo un zumbido monótono. Es una transmisión donde se escucha este ruido que puede volverlo a uno loco y de pronto mientras mi computadora replica el sonido, comenzó a tener la idea de que es un lenguaje análogo al nuestro que por detrás hay un mensaje.

Como traigo los sentidos abiertos por el miedo, pongo mayor atención entonces sin saber de dónde viene, mis dedos se hunden en el teclado sin detenerse y al cabo de unos minutos comienzo a leer sobre la hoja en blanco, un misterio que también abraza el suelo Ruso. Yo no había leído nada sobre esta historia, simplemente apareció a través de mis dedos.

Sumaban 500 habitantes, comenzaron a llegar en 1907. Se constituyó como un pequeño pueblo de pescadores que en su momento fue un lugar próspero y sí, prácticamente todo el mundo se conocía.

Lo llamaron Kirovsky y estaba a orillas del mar en la península de Kamchatka, un lugar volcánico en Rusia. Esta región del mundo alberga seguramente el mayor número de variedades de salmón, un paraíso para quienes se dedican a la pesca, una posibilidad para llevar comida a las mesas de tantas familias que quedaron en la miseria después de la guerra.

Cuenta la leyenda que en 1960 un el lapso de unos unos días, 300 personas desaparecieron sin explicación alguna. Al principio desaparecían hombres y mujeres solteros y se decía que era por las noches. El miedo poseyó a sus habitantes que no encontraban cómo darle explicación, menos cuando entraron a las pequeñas casas y dentro estaban todas sus pertenencias.

Hay quienes dijeron que se habían ido buscando un futuro mejor hacia una gran ciudad, otros decían que el tedio de vivir en un poblado tan chico los había alejado. Incluso hay quienes pensaron que las desapariciones tuvieron que ver con experimentos, pruebas de armas químicas y otras explicaciones que rozan el ridículo. Lo cierto es que Kirovsky estaba prácticamente aislado y llegar a cualquier otro núcleo urbano desarrollado era realmente muy complicado. En aquella época, lo separaban 300 kilómetros del siguiente lugar habitado.

Un par de días después, un amanecer en tonos rosas y morados fue abriéndose paso, dejando la noche fría atrás. Los pescadores estaban llevando sus redes para enfilarse al mar, cuando uno de ellos comenzó a vomitar sin poder controlarlo. Sus compañeros corrieron hasta donde estaba para auxiliarlo y de pronto se quedaron paralizados, el mar había traído dedos humanos amputados que yacían dispersos, eran de manos y pies, vacíos de sangre.

Anonadados después de un rato de quedarse sin poder moverse, uno comenzó a recogerlos y en una de las redes fue colocándolos.

La campana de la iglesia hizo el llamado, se reunieron incluso los que no asistían a misa. El silencio se abarrotaba entre los más de doscientos que se encontraban en el lugar.

“Son casi seis mil en total hemos contado y son 300 personas”. Un suspiro se escuchó al unísono.

Una comitiva partió en busca de la autoridad y a las pocas semanas llegaron algunos soldados, sin ninguna explicación. A finales de ese mismo año, el pueblo fue abandonado; el calendario marcaba 1964.

Hoy solo quedan esqueletos de apartamentos, que todavía no se traga el mar, es un lugar que hiela la sangre, un espacio donde el misterio se presenta reventando olas sobre el cemento de sus muros.

Mientras hundo los dedos en el teclado, siento piquetes en mis falanges, las preguntas brotan dando cabida a que mi cuerpo siga respondiendo al miedo, ahora es distinto, es un miedo a no encontrar respuestas, hay un olor a mar que inunda mi cuarto el ruido de la estación de radio se hace mas fuerte, la temperatura desciende unos grados y de pronto todo se hace negro.