El oro del narco
Jonathan Cuevas/API

Marcelo Ríos, regidor de obras públicas del pequeño pueblo Nuevo Balsas, señala que el clima caluroso y seco de estas montañas bajas propició que durante décadas los agricultores, entre los campos de maíz o frijol, cosecharan la más lucrativa mariguana.

Guerrero es el origen de la mitad de la amapola que produce México.

Es también uno de los estados más pobres y violentos, marcado por la actividad criminal de las mafias del narcotráfico.

Para llegar en coche hasta Nuevo Balsas hay que cruzar antes Cocula, el municipio donde el pasado septiembre unos sicarios aliados con la policía supuestamente asesinaron y calcinaron en un basurero los cuerpos de los 43 normalistas.

Camino a Nuevo Balsas. Foto: Jonathan Cuevas/API
Camino a Nuevo Balsas. Foto: Jonathan Cuevas/API

“Desde que tenemos la mina nos hemos beneficiado porque nos da trabajo pero también nos ha traído muchas desgracias. Hay más dinero y las mafias se pelean por este territorio. Somos un cheque al portador para ellos. Y si no pagas, te matan”, afirma Ríos.

La mina Media Luna, levantada en 2012 sobre un cerro con la corteza pelada por las excavaciones, está aún en fase exploración y genera para Nuevo Balsas y el resto de pequeños pueblos aledaños, cerca de 5 mil empleos, de los cuales tres cuartas partes son a través de subcontratos.

La empresa canadiense propietaria, Torex, espera sacar 5,8 millones de onzas de oro, equivalentes en el mercado a unos siete millones de dólares.

La economía de Guerrero, basada en los servicios y la agricultura, tiene unos índices de pobreza de casi el 70 por ciento de la población.

La mina y La Burra

La noche del seis de febrero, un grupo de sicarios armados con fusiles de asalto secuestró en la carretera a 14 personas, entre ellos varios trabajadores de Media Luna que volvían a sus casas del trabajo.

“Vienen por el dinero de la mina y de los pobladores de Nuevo Balsas”, fue la advertencia que llegó al pueblo de boca de uno de los rehenes liberado para que hiciera de mensajero.

Los policías comunitarios montaron un dispositivo de búsqueda y peinaron los cerros con las escopetas que usan los fines de semana para cazar tejones e iguanas. Con la intervención de la policía federal, liberaron al día siguiente a 12 de los secuestrados. Los dos restantes pagaron por su rescate.

Al jefe de los comunitarios de Nuevo Balsas se le conoce como comandante Marcos. Él enseña una foto del autor de los secuestros. Un hombre de unos 40 años, con tatuajes en los brazos y vestido de mujer en lo que parece la celebración de una fiesta.

“Al pendejo, le gusta disfrazarse”, dice el comandante.

El líder de la policía comunitaria de Nuevo Balsas, comandante Marcos, muestra una fotografía del capo local
El líder de la policía comunitaria de Nuevo Balsas, comandante Marcos, muestra una fotografía del capo local

El de la foto es Uriel Vences Delgado, alias “La Burra”, un capo de la Familia michoacana, uno de los cárteles que se disputan el territorio minero con otros grupos como los Rojos, responsables de la muerte reciente de tres trabajadores de otra mina de la zona.

Los cuerpos aparecieron el 14 de marzo en una cuneta.

La Burra nació y se crió en Nuevo Balsas, de apenas mil 500 habitantes. Antes de la llegada de la minera, durante los años más duros del cartel michoacano, su banda ya se dedicaba a extorsionar a los pescadores y los secuestros dentro del pueblo eran frecuentes.

La prensa especula que la minera está pagando sobornos a la mafia, algo desmentido por la empresa. Los comunitarios exigen a la compañía seguridad, tanto privada como un destacamento alquilado de la policía estatal para que proteja también a los vecinos.

La postura oficial de la empresa canadiense es que ellos no están autorizados a dar seguridad al pueblo, y que su función se limita a facilitar las negociaciones con las fuerzas del orden público desplegadas en la zona: policía estatal, gendarmería y ejército.

Los convoyes de la minera que diariamente viajan por la carretera transportando material pesado van escoltados por dos pickups de la policía estatal, una delante y otra detrás, como las diligencias del viejo Oeste.

Jonathan Cuevas/API
Jonathan Cuevas/API

Con información de El País