¿Y quién cuida a los abuelos?

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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

Muchos abuelos, sin importar el cariño que le puedan tener a sus nietos, están para ser cuidados y no para cuidarlos a ellos

Rigoberto y Aurora son un matrimonio que dentro de unos meses celebrarán sus bodas de oro. Se casaron jóvenes, él de 24 años y ella de 23. Procrearon cuatro hijos: Rigoberto, el causante de la boda; Eduardo, cinco años menor que su hermano, vive en Estados Unidos con sus papeles en regla; Aurorita, recién cumplió 40, es madre de dos adolescentes. Unos años después, 12 para ser precisos, nació Catalina. Según don Rigoberto con el “santanazo” de Catalina se cerró, con broche de oro, la fábrica de chamacos: “fue mi resto”, dicen que dijo.

Don Rigoberto y doña Aurora viven en un departamento de interés social de los llamados, por su reducido tamaño, “pichonavit”. Se mantienen de la exigua pensión que don Rigo recibe como jubilado de la Fábrica de Jabón la Unión –famosa por su eslogan: “La unión no hace la fuerza, la Unión hace el mejor jabón”, y de los mil 245 pesos que la señora Aurora recibe del gobierno como pensión de adulto mayor. Aunque parezca mentira Rigoberto no recibe la pensión de adulto mayor por desidia: el día que se acuerda que debe darse de alta y sacar la credencial para gozar del beneficio no sale de su casa porque se siente mal y cuando se siente bien no recuerda el trámite que debe hacer. En sus ratos de buen humor, que cada vez son más espaciados, Rigo dice que él está esperando que el gobierno le dé la pensión de nini que equivale a más del doble de la de adulto mayor. Dice que él es nini porque ni se alivia, ni se muere.

La pareja de septuagenarios duerme, cada quien en su respectiva cama –cuando cerraron la fábrica de chamacos inauguraron un parque de diversiones que funcionó hasta que llegaron al sexto piso de la edad. Sexagenario: ajeno al sexo. Desde entonces duermen en camas individuales y –como dijo don Rigo- en régimen de separación de pedos.

Son las ocho de la mañana de un lunes. Suena el timbre del departamento. ¿Quién será a estas horas? Levántate Aurora. ¿Por qué yo? Porque a ti te toca abrir. ¿Por qué? Porque a mí me tocó cerrar. Por cierto –dice doña Aurora poniéndose un chal arriba del camisón- siempre que te toca cerrar se te olvida echar la llave de la chapa de arriba. La buena señora sólo recibe por respuesta un ronquido de su marido.

Aurorita abre la puerta. Afuera está su hija Catalina con Toñito de cuatro años, el más pequeño de sus tres hijos. ¿Qué pasa Cata? Hola Toñito. Pase, pasen. Mamá, vengo a pedirles un favor. Cerraron la guardería donde dejo a Toño mientras voy a mi trabajo. ¿Cómo? La cuestión es que pensé que lo mejor es dejarlo con ustedes. Pero hija –doña Aurora trata de hablar, de decirle a su hija que tanto su marido como ella no están en edad de cuidar niños. Catalina no la deja: Por dinero no te preocupes porque el gobierno me va a dar mil 600 pesos cada dos meses, mismos que yo les daré a ustedes.

Mientras su madre y su abuela  hablan, el pequeño Antonio entra a la recámara donde el abuelo duerme. Lo despierta. Me lleva la que me trajo, ¿qué haces aquí pinche escuincle?

Hoy es el cuarto día que Toñito se queda en casa de sus abuelos. Con tal de no tener que lidiar con su inquieto nieto, don Rigoberto no sabe qué inventar; el segundo día dijo tener un ataque de ciática para no moverse en todo el día de la cama.

Se fue a visitar a su primo Miguel al que no veía desde el año del caldo.

Hoy por fin, temprano salió a hacer los trámites para recibir la pensión de los adultos mayores. Regresó a la hora de la comida. Después de comer Antonio le pidió a su abuelo que lo llevara a los columpios del parque; el abuelo finge no oír; es la hora de su siesta. Despertaste justo a tiempo para llevar a Toñito a los columpios le dice doña Aurora a su marido. Ándale Rigo, no te hagas, lleva a tu nieto a columpiarse mientras yo veo “Como dice el dicho”. A propósito de dicho, dice don Rigoberto, hay uno que dice: “Los nietos como los mariachis dos horas y a la chingada”.

Cuando Catalina llega a recoger a su hijo, éste no está porque al fin el abuelo lo llevó a columpiarse. Ya no deben de tardar dice Aurorita que aprovecha para, como quien no quiere la cosa, quejarse de lo travieso que es Toñito. Anochece. Ya debería de estar aquí papá. Justo en este momento se abre la puerta. Es don Rigo, entra solo. Papá, ¿y Antonio? ¿Cuál Antonio? Toñito, nuestro nieto. ¿Nosotros tenemos un nieto? Lo llevaste a columpiar al parque. ¿Al parque? Sí, ¿dónde está mi hijo? Don Rigo enmudece, su cara no es la misma de siempre. Está medio ido. Continúa el interrogatorio de las dos mujeres. Ah sí, ahora caigo, con razón tengo la sensación de que algo se me olvidó.

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