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Al empezar el segundo debate ayer entre Hillary y Trump, los dados parecían echados. Clinton amaneció el domingo con una ventaja de 4.6 en el voto popular y de 260 contra 165 votos del colegio electoral, a solo 10 de los 270 requeridos para ganar la presidencia de Estados Unidos.

El escándalo por propia boca había caído como un vómito sobre Trump el viernes anterior, al divulgarse una grabación en la que se mostraba siempre dispuesto a besar y a encamar a quien fuera, y a tomar ventaja de su condición de celebridad con las mujeres y a meterles la mano y besarlas sin trámite.

Era claro que el campamento de Hillary había hecho bien su arqueología de las rutinas misóginas de Trump y de su correspondiente lengua fanfarrona.

Trump llegó al debate desnudado en su más inerme y procaz identidad, en condiciones realmente lamentables para que fuera creíble de su boca nada remotamente parecido a una idea creíble de gobierno para Estados Unidos.

Era como traer a hablar de los asuntos del gobierno a un pornonauta de la tercera edad. Bastaría empujarlo de nuevo hacia el comentario impenitente de sí mismo para dejarlo en el suelo por el resto de la contienda.

Pero no fue así. Trump encontró la manera de mantenerse a flote y a la ofensiva en un debate que terminó siendo una pelea callejera, en la que prometió que de ser presidente encarcelaría a su oponente. Ecos de su experiencia mexicana, donde suele prometerse lo mismo.

Salvo algún atisbo, no hubo en Hillary el tejido fino del debate pasado, la tela de araña construida en torno a los movimientos más bien lerdos de su oponente.

Por el contrario, fue desfondada varias veces en el ambiente verbal de una riña de callejón, que las cadenas estadunidenses bautizaron de inmediato como una pelea sucia, a puño limpio, plagada de insultos y  descalificaciones, la peor opción para Hillary.

Las redes gringas acuñaron de inmediato el hashtag que titula esta columna #WalkingTrump: el Trump que camina como zombie, pero camina.

Trump puede estar muerto en vida, pero no está muerto.

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