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Mis críticas a las trampas electorales de las elecciones del domingo pasado hablan poco o nada de la importancia del voto y su poder invencible. Asunto fundamental de los sistemas democráticos.

La fuerza de los votos, cuando se ejerce, es superior a todos los subterfugios que se practican para torcerlo. Es la evidencia de las elecciones del domingo pasado.

Todas fueron lo que cabría llamar “elecciones de Estado”, en las que los gobiernos intervinieron hasta la impudicia para dominarlas.

La libertad y la abundancia del voto desbarataron, al punto de ridiculizar, las estrategias de varios gobiernos interventores.

Mi crítica a las trampas de estas elecciones no es una negación del hecho capital de la fuerza de la democracia. En particular, el hecho de la ventanilla siempre abierta, el hecho de que los ciudadanos puedan votar, premiar o castigar a quien quieren.

He puesto el énfasis en lo que debemos corregir para que la tarea de votar tampoco sea un asunto de exigencias sobrehumanas. Por ejemplo, duplicar la votación para que el grupo en el poder no se quede con el poder manipulando un porcentaje pequeño de los votos.

Esto último es lo que sucedió en las elecciones que tuvimos el domingo: la gente salió a votar contra sus malos gobiernos, nulificando la “operación electoral”.

Todos los gobiernos, los que ganaron y los que no, ejercieron la “operación electoral”. Todos, ganando y perdiendo, distorsionaron el resultado.

No podemos saber hoy con claridad cómo, cuánto y por quién votaron realmente los electores de los estados que tuvieron elecciones.

Tampoco me hago ilusiones sobre los procedimientos de los opositores. Rindo homenaje, eso sí, al hecho de que, para triunfar, los opositores tuvieron que hacer un esfuerzo mucho mayor que el de los poderes existentes. No es poca cosa haberlos derrotado.

Las victorias de la alternancia nos devuelven la confianza en el hecho democrático fundamental: si la gente vota en serio por quien quiere, no hay manipulación que pueda torcer su voluntad.

Añado, sin embargo, que mientras no cambiemos las reglas que permitieron a los gobiernos locales hacer las trampas que hicieron el domingo, los ganadores alternantes de hoy ahora serán probablemente los opresores de los candidatos aspirantes de mañana.

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