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Esta es ya mi última columna del año. La próxima vez que nos leamos será en 2026. Un nuevo ciclo, nuevas historias, nuevas vivencias.

Como cada diciembre realizamos la inevitable lista de propósitos que casi nunca cumplimos: bajar de peso, ahorrar, cuidar la salud, hacer ejercicio.

En estas fechas también los políticos hacen sus propósitos. Nos dirán —una vez más— que seguirán trabajando por el bien de México, que lucharán hasta su último aliento por la soberanía nacional, que ahora sí viene lo bueno.

Ordenando mis archivos de este año encontré el discurso que la princesa de Asturias pronunció el pasado mes de octubre durante la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Ahí, la heredera al trono español lanzó una idea tan simple como poderosa, una que bien podría servirnos de propósito colectivo para el año que comienza: volver a lo esencial, volver a lo básico.

Dijo:

“…Al respeto por quienes piensan diferente, por quienes son diferentes; a la educación, a valorar a nuestras maestras y maestros… A no olvidarnos de atender —con acciones responsables y medibles— a quienes no lo tienen fácil: a las personas más vulnerables, a los jóvenes que luchan por formarse, por tener un trabajo, un hogar; a las personas mayores que no desean estar solas; a nuestros niños y niñas en riesgo de pobreza”.

Más adelante añadió:

“Quizá haya que recordar lo que significa tratar bien al prójimo, salir de la trinchera, sacudirnos el miedo, unirnos para hacer las cosas mejor, pensar que, si no miramos al otro, no sabremos construir confianza… La convivencia no es fácil, pero es el único camino para lograr un progreso compartido”.

Y entonces me quedé pensando: ¿por qué en México nos cuesta tanto volver a lo básico?

Que el gobierno gobierne este país complejo como lo es, sin pretender que todos pensemos igual, sin confundir autoridad con unanimidad.

Que los legisladores legislen, debatan, discutan… y no se limiten a levantar la mano cuando se los piden.

Y que la sociedad, los ciudadanos de a pie, cumplamos también con lo nuestro: trabajar, respetar la ley y asumir nuestras responsabilidades como hijos, padres, madres y abuelos.

Sólo así —tocando cada quien el instrumento que le corresponde— podremos aspirar a interpretar una melodía que haga sobresalir a México, no por el ruido, sino por la armonía.

Feliz 2026.

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