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La prohibición de las drogas y su persecución no ha traído a México sino violencia, crimen, una guerra no declarada y creciente violación de derechos humanos.

Nada de eso ha impedido que las drogas dejen de llegar al mercado estadunidense, propósito declarado de esta guerra hace ya cuatro décadas.

Si las cosas siguen como van, calcula Alejandro Hope, cuando termine el gobierno de Peña, la guerra contra las drogas habrá costado 300 mil muertos en México, sin que haya disminuido sustancialmente el tráfico que se pretendía evitar.

¿Puede haber algo más fallido y aberrante que esto?

Sí: la idea, invencible entre los mexicanos, de que las drogas prohibidas son una amenaza para la salud nacional.

Según la Encuesta Nacional de Adicciones de 2011, ese año había en México 990 mil 183 consumidores de drogas ilícitas. Esto quiere decir que por consumir drogas prohibidas en 2011 habrían muerto en México 990 personas (la tasa general de muerte por sobredosis de estas drogas es de 0.01%). Bueno, en ese mismo año de 2011, por violencia vinculada a la guerra contra las drogas, murieron en México 15 mil 768 personas (http://bit.ly/1yA6bxB).

He publicado ya esos cálculos en esta columna (5/5/2015), por cortesía de quien los hizo, Juan Pablo García Moreno, editor asociado de la revista Nexos. Conviene extenderlos a las cifras que anticipa Hope:

Entre 2006 y 2018 habrán muerto en México 300 mil personas por la guerra contra las drogas. Por consumo de las drogas perseguidas, habrán muerto 11 mil 880.

¿Alguien puede explicar por qué está en el interés nacional mexicano que, en el lapso de 12 años, haya 300 mil muertes violentas por perseguir drogas cuyo consumo provocaría solo 11 mil 880 muertes de consumidores voluntarios?

La razón es que la soberanía mexicana en la materia está subordinada a la guerra contra las drogas que Estados Unidos encabeza en todo el mundo y dirige en México.

Somos reos políticos de esa cesión de soberanía. También somos reos mentales de no poder pensar que la satanización de las drogas prohibidas es una aberración histórica, semejante en su ceguera y en sus costos a otras intolerancias colectivas aberrantes, como las guerras religiosas de otros tiempos, la creencia en la condición animal de
los esclavos o en la inferioridad de la mujer.

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