Por siglos, la puerta de entrada a la Nueva España fue el puerto de Veracruz.

En el se embarcaba la plata, el oro, la grana cochinilla, así como las mercaderías provenientes de oriente y muchas otras riquezas que tenían como destino España, al tiempo que en su puerto desembarcaban virreyes, obispos, y una infinidad de objetos manufacturados en el Viejo Mundo.

Sin duda era el paso forzoso para llegar a la Nueva España. En el siglo XIX, a Veracruz no solo llegaban barcos cargados de mercancías ávidos de comerciar, sino también ejércitos extranjeros que buscaban subyugar la soberanía nacional siguiendo la ruta que emprendió Hernán Cortés en 1519 con el fin de ocupar la capital: la Ciudad de México.

Entre estos contingentes estuvo el norteamericano dirigido por Winfield Scott que ocupó el país entre 1847 y 1848, así como también el francés encabezado en un inicio por  Charles Latrille Conde de Lorencez y posteriormente por Frédéric Forey quienes libraron batallas en 1862 y 1863 respectivamente. Pero regresemos al siglo XVI, cuando a estos territorios aún formaban parte de la Nueva España y México aún era una utopía intangible, cuando los ejércitos norteamericanos no existían y las aguas del Caribe estaba infestadas de filibusteros.

Debido la importancia militar y comercial de este puerto, en 1537 el Virrey Antonio de Mendoza propuso realizar las primeras obras formales de mampostería de San Juan de Ulúa en sustitución de una pequeña construcción provisional, mientras que para 1544 su sucesor informaría en 1544 la construcción de un torreón artillado.

Todos esfuerzos se realizaron con el fin de ahuyentar a los filibusteros y piratas que rondaban el mar, a pesar de que para aquellos años a la ciudad se le conocía como “Ciudad de Tablas” debido a que la mayoría de sus construcciones eran de madera con techos de palma. Aún así, por las calles de esta pequeña población eran transportadas las riquezas de un joven Virreinato.

Con el pasar de los años, la ciudad se amuralló y fue fortificada con diferentes baluartes, volviéndola una verdadera fortaleza custodiada por cañones, una guarnición permanente e incluso siempre vigilada por la armada de Barlovento que tenía la misión de proteger las colonias españoles de América de las incursiones de otras potencias europeas como Francia, Inglaterra por mencionar algunas y de los ataques piratas y corsarios.

Aún en la actualidad se puede visitar uno de los pocos vestigios de este formidable sistema de fortificaciones: el Baluarte de Santiago, que desde 1991 es un pequeño museo donde se puede ver diferentes colecciones siendo la más importante “el tesoro del pescador” conformado por lingotes y piezas de oro de manufactura mixteca y  mexica.

Baluarte de Santiago en la actualidad. Veracruz.

Sin embargo para finales del siglo XVI estas fortificaciones ya eran considerables y disuadían a los piratas  y corsarios que tenían en mente atacar y tomar el Puerto de Veracruz. Aún así, hubo algunos marinos valientes y codiciosos que probaron su suerte atacando el puerto. El 23 de septiembre de 1568 se libró una batalla entre corsarios británicos y la armada española la cual era comandada por el almirante Francisco Luján.

Quien dirigía la flota inglesa fue posiblemente el corsario más famoso del siglo XVI: Sir John Hawkins, quien iba apoyado por Sir Francis Drake, su primo segundo. Sucede que días antes una tormenta desvió la flota corsaria que se dirigía a Cartagena hacia Veracruz, por lo que Hawkins decidió tirar anclas frente a la isla de San Juan de Ulúa, hacer reparaciones a sus seis naves, obtener provisiones y prepararse para continuar su viaje.

Al menos eso es lo que comunicaron a las autoridades, ya que en realidad los súbditos de la reina inglesa Isabel I esperaban la llegada a Veracruz de la llamada “Flota de las Indias” que provenía de España cargada de riquezas, la cual podría ser una posible presa. Para su mala suerte, en esta flota, compuesta por 12 barcos mercantes y uno de guerra, iba el propio Virrey de la Nueva España Don Martín Enríquez de Almanza y un militar de primer nivel, valiente y aguerrido: Don Francisco Luján.

Tras negociaciones e intercambio de rehenes entre las dos flotas, Hawkins permitió que los navíos españoles llegaran al puerto sin ser atacados. La paz había sido pactada, aunque fuera por algunos días. Sin embargo en cuanto el Virrey desembarcó y las bodegas de las naves fueron vaciadas, el almirante Luján zarpó de nuevo en contra de los ingleses, a los cuales tomó por sorpresa. El pacto de no agresión fue ignorado, el ataque a traición fue concretado.

El bombardeo de las flota española fue apoyado por la artillería de San Juan de Ulúa y otras fortificaciones del puerto. La embarcación del almirante Hawkins fue abordada por los militares españoles, por lo que una lucha sin cuartel se dio sobre su cubierta, al tiempo que tres naves inglesas sufrían daños como consecuencia de los impactos de bala de cañón.

El resultado fue un descalabro total, una masacre, para Francis Drake y John Hawkins, quienes al ver la lucha perdida abandonaron el barco insignia para escapar en las únicas dos embarcaciones que aún eran funcionales. Las perdidas fueron tremendas: tres naves hundidas, la embarcación capitana capturada o hundida y 500 corsarios muertos.

La armada española se había vengado de los legendarios corsarios ingleses. Como consecuencia, Drake desarrollaría un gran odio en contra de los españoles, incrementando sus ataques contra sus asentamientos, puertos y flotas. A partir de esta derrota no daría cuartel, ni mostraría piedad, hacia los militares españoles que cayeran en sus manos.

Retrato de Sir John Hawkins. (1581)

A pesar de esta victoria decisiva, durante todo el siglo XVII el Puerto de Veracruz siguió siendo una presa codiciada no solamente por corsarios sino también por filibusteros pertenecientes a la Hermandad de la Costa, organización con tintes anarquistas ubicada en la Isla de Tortuga en las aguas del Caribe, financiada y apoyada por el gobierno francés.

En gran medida las fortificaciones de Veracruz frenaron los ataques de estos marineros, sin embargo no siempre fue así.

En 1683 se organizó una expedición contra Veracruz, compuesta por once barcos y 1,200 hombres bajo el mando de Laurens de Graff, un neerlandés apodado “Lorencillo” al parecer por su baja estatura.

Este hombre inició sus días siendo un artillero en la flota española, hasta que su embarcación fue derrotada y abordada por filibusteros, quienes ofrecieron a los marinos que se integraran a sus filas o fueran ejecutados.

Se les amenazó con el castigo conocido como maroon, el cual consistía en ser abandonados en una isla deshabitada en medio del mar con una botella de agua y una pistola cargada con una bala.

Ante esta decisión, Lorencillo se unió a los filibusteros, creciendo y amasando un gran poder, al grado que adquirió su propia flota, amenazando constantemente los puertos de los actuales estados de Veracruz, Tabasco, Campeche y Yucatán.

Durante el ataque a Veracruz, compartiría el mando con otros dos importantes capitanes: el francés Michel de Grammont, quien se volvería famoso comandando la nave conocida como “El intrépido”, y Nicolas Van Horn, un corsario exhibicionista, extravagante que siempre se adornaba para combatir.

Durante los abordajes, siempre se le veía portando un gran collar de perlas del cual colgaba un gigantesco rubí. Esta triada de filibusteros desembarcaron la noche del 17 de mayo de 1683 a tres leguas de Veracruz, con intención de hacerse de las riquezas del puerto fundado por Cortés, el mismo que contaba con una guarnición de 3000 soldados. Bajo la obscuridad de la noche llegaron silenciosamente a las murallas sorprendiendo a los guardias.

Después de horas de combate, lograron derribar una puerta de las fortificaciones, entrando en tropel hacia las calles de la ciudad. El periodista Hugo Vargas en su libro “Piratas en el Caribe” afirma que cuando reinaba el caos en Veracruz, un segundo grupo de filibusteros se aproximó al puerto en sus embarcaciones, anclando en el puerto y desembarcando para participar en la batalla.

Por cuatro días el puerto estuvo a la merced de los filibusteros, quienes saqueaban, violaban, robaban al tiempo que realizaban grandes banquetes donde se emborrachaban y comían hasta saciarse.

A los habitantes más importantes del puerto los encerraron en la antigua catedral de Veracruz (posiblemente una pequeña parroquia para el siglo XVII) apilando contra sus muros barricas llenas de pólvora, con las cuales amenazaban a los prisioneros exigiéndoles el pago de su rescate por dos millones de piezas de a ocho, de no ser así las harían explotar. Finalmente, al quinto día los filibusteros se retiraron a la Isla de Sacrificios con 17 rehenes por quienes se exigió otro importante rescate el cual finalmente fue pagado. Al otro día la flota elevó anclas y se perdió en el horizonte.

Posible retrato de Laurens de Graff. Siglo XVII.

Cabe mencionar que el autor Jacques Gall en su libro “El Filibusterismo” afirma que al cuarto día de saqueos, una flota española fue avistada en las cercanías del puerto de Veracruz por lo que los filibusteros entraron en pánico.

Cada quien cargó su botín con velocidad, llenándose los muelles de personas. En esta anarquía, De Graff o “Lorencillo” se encontró con Van Horne, quien trataba de abrirse paso a través de la multitud con las manos cargadas de botín, en el cual iba una diadema de oro que defendía de otras manos que buscaban arrebatársela.

Como consecuencia de la enemistad y de las grandes diferencias que arrastraban ambos personajes, De Graff aprovechó la confusión para derribar a Van Horne y pisotearlo hasta matarlo. Lorencillo lograría escapar en una embarcación, evadiendo la armada española que acabaría infligiendo grandes daños y muertes a los filibusteros. Otros autores comentan que Van Horne fue muerto durante un duelo en el cual salió triunfante Lorencillo.

No tengo dudas de que por siglos el Puerto de Veracruz ha sido el rompeolas por de la nación mexicana, resistiendo embates de corsarios, filibusteros, y un sinnúmero de ejércitos extranjeros impulsados por su codicia.

Enrique Ortiz García

Divulgador de la historia de México

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