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Durante décadas, el campo veracruzano ha sido visto únicamente como un espacio de producción. Tierra para sembrar, cosechar y vender. Poco se ha pensado en él como un lugar capaz de generar experiencias, contar historias y convertirse en un atractivo turístico. Por eso, la reciente aprobación del agroturismo en la Ley de Turismo de Veracruz representa una de esas reformas que, sin hacer demasiado ruido, podrían tener efectos importantes si se llevan a la práctica.

Con el voto unánime de los 46 diputados presentes, el Congreso local incorporó esta modalidad turística que permitirá a productores y comunidades rurales abrir las puertas de sus actividades cotidianas a los visitantes. No se trata solamente de observar un cultivo o recorrer una parcela. La idea es que las personas puedan participar directamente en procesos de siembra, cosecha, transformación y degustación de productos que forman parte de la identidad veracruzana.

La iniciativa impulsada por el diputado Luis Vicente Aguilar Castillo reconoce algo que en otras regiones del mundo ha demostrado ser exitoso: el valor económico de la experiencia. Hoy, muchos turistas ya no buscan únicamente una fotografía en un destino famoso. Quieren conocer cómo se produce el café que consumen, de dónde proviene la vainilla que utilizan o quiénes son las familias que mantienen vivas tradiciones agrícolas centenarias.

Veracruz tiene condiciones privilegiadas para ello. Pocos estados pueden presumir una diversidad productiva tan amplia. Café, vainilla, cítricos, ganadería, caña de azúcar, cacao y una enorme riqueza gastronómica convierten al territorio veracruzano en un escenario ideal para desarrollar rutas turísticas vinculadas al campo.

Sin embargo, la reforma por sí sola no resolverá nada. Las leyes suelen ser generosas en sus intenciones y modestas en sus resultados cuando no existen recursos, planeación y seguimiento. El verdadero desafío comenzará ahora. Habrá que capacitar a productores, mejorar caminos, fortalecer servicios, garantizar seguridad y construir alianzas con hoteles, transportistas y prestadores turísticos.

El riesgo sería convertir el agroturismo en otro concepto atractivo para los discursos oficiales, pero ausente en la realidad de las comunidades. Veracruz tiene experiencia acumulando buenas ideas que nunca terminan de aterrizar.

Lo interesante de esta reforma es que plantea una visión distinta del desarrollo rural. Ya no se trata únicamente de vender la cosecha, sino de generar valor agregado alrededor de ella. Un productor puede obtener ingresos por mostrar su trabajo, compartir conocimientos, ofrecer degustaciones o integrar actividades recreativas. Eso significa más oportunidades económicas sin abandonar la vocación productiva de las regiones.

También resulta relevante que el dictamen incorpore temas como la participación de jóvenes rurales, la inclusión social y la equidad de género. Son aspectos que suelen quedar relegados cuando se habla del campo, pero que resultan fundamentales para evitar que las nuevas generaciones sigan viendo la migración como la única alternativa de crecimiento.

Quizá el mayor mérito de esta reforma sea recordarnos algo elemental: el campo no es solamente una actividad económica. Es cultura, identidad, historia y patrimonio vivo. Durante mucho tiempo, Veracruz promovió sus playas, sus ciudades y sus tradiciones. Ahora tiene la oportunidad de mostrar también el rostro productivo que sostiene buena parte de su riqueza.

La pregunta ya no es si el agroturismo puede funcionar. En muchas partes del mundo ha demostrado que sí. La verdadera pregunta es si Veracruz tendrá la capacidad de convertir una buena ley en una política pública efectiva. Porque entre la aprobación unánime de un dictamen y la transformación de una comunidad rural suele existir una distancia mucho mayor que la que separa una parcela de una oficina legislativa.