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El mundo en que vivimos es de noticias bombásticas donde la atención dura menos que la letra de una canción. Lo importante parece medirse en la extensión que puede tener el tópico que se convierte en tendencia en Twitter. Padecemos un vil mal, el de vivir una realidad compartimentada que suele ser determinada por redes sociales.

La indignación ha tomado características binarias, donde el apoyo u oposición a un tema se definen con alguna foto en la que se superpone algún diseño (usualmente una bandera). Lo ajeno se percibe más distante, lo que no es importante en el mundo digital no merece atención en nuestra existencia tangible.

Mientras nos centramos en banalidades la vida sigue pasando a nuestras espaldas, muchas veces llevándose consigo grandes e importantes lecciones que nos podrían ayudar a comprender nuestro entorno. A entender por qué ciertos deseos de desarrollo no son tan fáciles de alcanzar o por qué las cifras siempre incrementales de la adopción de servicios pueden no ser tan ciertas como parecen.

Giremos nuestra atención hacia Venezuela, ese país que llora con sangre cada una de sus sonrisas. Donde la voz que busca una solución a la crisis actual sigue tan fuerte e indignada como hace un mes cuando lo ocurrido en este hermano país no dejaba de ser protagonista de los más importantes diarios del mundo. Todo esto ha desaparecido de las redes sociales, exceptuando aquellas como Caraota Digital que junto a los corresponsales de agencias internacionales como Bloomberg nos ofrecen una mirada de lo que ocurre en Caracas, San Antonio del Táchira, Maracaibo, Barquisimeto y todas las otras poblaciones de la patria de Uslar Pietri.

El mundo de las telecomunicaciones no se queda atrás y gracias al trabajo incansable de portales como Hormiga Analítica, Ciberespacio, entre otros. Gracias a todos estos medios nos enteramos de que gracias al presente corte de electricidad que sufre Venezuela cada vez es más difícil ofrecer servicios de telecomunicaciones en ese país.

Cada día que pasa menos combustible hay disponible para recargar los generadores que mantienen en funcionamiento las redes de los distintos operadores de este país. Lo anterior sin saber cuántos usuarios puede encontrar la forma de recargar su dispositivo para poder mantenerse conectados, primero, con todos sus familiares y amigos, luego por medio de las redes sociales con el resto del mundo.

El peligro que implica para los venezolanos perder la capacidad de contactarse con el exterior no puede contabilizarse fácilmente. ¿Cuánto valor se le puede asignar a informar en el extranjero lo que sucede en cada punto del país? ¿Cuánto valor se puede asignar a saber qué necesidades básicas hay en cada localidad para tratar de solventarlas con medicinas y comida antes de que se deteriore el frágil orden social? ¿Cómo puede la comunidad internacional reaccionar si repentinamente se topa con un fuerte silencio en todo lo relacionado a noticias provenientes de Venezuela? ¿Cómo puede el gobierno coordinar sus acciones si no hay forma de comunicarse a larga distancia? ¿Cuántas personas que no tienen que comer o andan enfermas van a dar prioridad a conectarse en lugar de buscar comida?

Esto último es algo que también debe escuchar el resto de los gobiernos de América Latina y el Caribe al momento de hablar de conectividad o brecha digital. Hay que incluir soluciones a muchos otros males regionales como la falta de agua potable, el hambre, la falta de electricidad, acceso a servicios médicos y sanitarios como parte de la estrategia para que los ciudadanos puedan comprender que la tecnología es una herramienta. Difícil predicar tecnología frente a la desesperanza.

Desgraciadamente la desconexión masiva que vive en estos momentos Venezuela, y de la que no nos enteramos porque no es tendencia en redes sociales, nos da una muestra de lo que hace décadas es común en zonas apartadas e ignoradas de los distintos países de América Latina. Ojalá se comience a trabajar muy pronto en la recuperación de Venezuela y que toda la amargura que desde la distancia hemos contemplado nos ayude a identificar dónde podemos trabajar para mitigar el hambre, la pobreza, y, por medio de la tecnología, fomentar la inclusión de las regiones históricamente marginadas.

*José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC.