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El campo de la batalla por la memoria pública del pasado es la historia. El campo de batalla por excelencia de la historia nacional es la historia patria. La historia patria es una versión infantil de la historia oficial. La historia oficial es una versión gubernamental de la historia a secas. La historia a secas es un campo de batalla lleno de humedades, por donde las aguas corren imprevisible y contradictoriamente.

México es un país construido sobre un uso particularmente abusivo de su memoria histórica. Los grandes villanos de su memoria histórica son algunos de los constructores mayores de la nación: el conquistador Hernán Cortés, el artífice de su independencia, Agustín de Iturbide y el pacificador de su vida independiente, Porfirio Díaz.

México es un país apasionadamente dispuesto a ponerse del lado del que cae. Abomina a sus triunfadores y consagra a sus derrotados. Su historia patria es en muchos sentidos la piadosa invención del triunfo de los que perdieron.

Empecemos por Cuauhtémoc, el derrotado heroico de la conquista, triunfador en nuestra memoria sobre Hernán Cortés, verdadero creador y primer amante serio de la mezcla que hoy llamamos México.

Sigamos con los curas insurgentes, Miguel Hidalgo y José María Morelos, reconocidos en nuestra memoria como los autores de la independencia de México. Esto es absolutamente falso. La independencia de México fue orquestada, nunca mejor usada esta palabra, por un militar criollo, Agustín de Iturbide, que escribió y ejerció el plan de alianza política más efectivo de la historia del país, el Plan de Iguala, y declaró la independencia con un costo mínimo de sangre.

Luego se volvió loco, quiso hacerse emperador, falló en su empeño y su fracaso borró sus logros, al punto de que es, con Cortés, uno de los villanos favoritos de la historia oficial de México.

Porfirio Díaz completa la trinca infernal de villanos históricos de México. En realidad fue uno de sus grandes modernizadores. Lo recordamos solo como un dictador.

Cortés, Iturbide y Porfirio Díaz deberían ser parte del panteón de nuestros héroes. Nuestra sectaria memoria los quiere villanos. Y eso son.

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