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Un rasgo común a algunos de los grandes villanos de nuestra historia es haber triunfado en su tiempo: Cortés, Iturbide, Porfirio Díaz.

Un rasgo común a algunos de nuestros grandes héroes es haber sido derrotados en su momento histórico: Cuauhtémoc, Hidalgo, Morelos, Guerrero.

Escapan a la regla Juárez en el siglo XIX y Cárdenas en el XX, ambos triunfadores en su tiempo y en los laureles de la historia oficial.

También la historia oficial de la Revolución ha sido más generosa con sus derrotados que con sus triunfadores. Ha consagrado a Madero, que murió en un siniestro golpe de Estado a manos de uno de los más siniestros personajes de nuestra historia, Victoriano Huerta.

En el elenco de la Revolución ocupan también pedestales más altos Emiliano Zapata y Francisco Villa, los derrotados de la guerra civil, que los triunfadores: Carranza, Obregón o Calles.

Nuestra historia oficial tiene ese toque melancólico y victimista.

Un lugar de veneración es el de los llamados Niños Héroes, extrapolación fantasiosa y masoquista del terrible episodio en que unos cadetes del Colegio Militar perdieron la vida a manos de los ejércitos estadunidenses durante la defensa del Castillo de Chapultepec.

Y qué decir de la invención del Pípila, el hombre del pueblo que se arrastra bajo una piedra para incendiar la puerta de la Alhóndiga de Granaditas y facilitar la matanza de españoles que siguió. El Pípila muere también en su gesta.

Esta inclinación a consagrar al que cae (Cuauhtémoc quiere decir “águila que cae”) introduce en la memoria del país la propensión a sospechar del que ganó. Predica implícitamente la noción de que en la historia siempre ganan los malos.

Es digna de estudio esta tendencia de la historia   mexicana a consagrar lo que en algún sentido la niega, a recelar de la grandeza de sus triunfos o de la validez de sus soluciones históricas como comunidad, como país.

En el recuerdo de nuestro pasado inmediato y en el registro de nuestro presente hay mecanismos similares de victimización y memoria melancólica. Lo que genéricamente podría llamarse buena prensa para opositores y víctimas, y mala prensa para el relato oficial.

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