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La marcha que pedía la renuncia de Peña Nieto fue un fracaso. El indudable vigor que tenía la iniciativa en las redes sociales, no la tuvo en las calles.

Confieso que esperaba una marcha multitudinaria cuyas fotos darían la vuelta al mundo. No le faltaron notas pero la verdadera noticia, creo, es que el movimiento no llegó a las calles.

El movimiento había encontrado ya su tope político en el silencio de la oposición, ninguna de cuyas fuerzas llevó la consigna al Congreso. Menos que ninguna la de López Obrador, quien abogó expresamente por no derrumbar a Peña.

No sé si esta cautela de la oposición y de la sociedad ante la evidencia de un gobierno débil, es hija de la prudencia o del cálculo político.

Probablemente de las dos: de un lado pocos quieren realmente correrse la aventura de deponer a un Presidente. Del otro, sus opositores políticos prefieren tener un gobierno débil que un gobierno nuevo.

El gobierno débil en funciones tiene atadas las manos para jugar con fuerza el juego de la sucesión en el 2018 y la oposición supone que será más fácil derrotarlo así, derrotar al PRI, que jugando a aventura de un recambio.

Después de todo, no quieren recibir un país en ruinas ni ir a unas elecciones en medio de una crisis institucional del tamaño de una sustitución del Presidente.

Sería la primera desde los tiempos de Pascual Ortiz Rubio, en los 1930, pero había entonces, atrás de Ortiz Rubio y de las fuerzas políticas un hombre fuerte llamado Plutarco Elías Calles, que era el verdadero poder tras el juego político.

¿Una tregua para Peña? Puede ser. No hay poder sustituto en el México de hoy al del Presidente electo en funciones, por debilitado que esté.

Mi convicción, ya lo he dicho, es que ese Presidente débil tiene más poder del que usa. Los años que le quedan de gobierno son más que suficientes para ejercerlo en bien del país.

Apuntaré mañana algunas de las cosas que  según yo el Presidente podría hacer.

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