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Ante la inexistencia virtual del titular Jorge Alcocer, Hugo López-Gatell funge como secretario de Salud. Epidemiólogo de claro hablar, suena convincente y da la impresión de que domina el tema de la nueva peste.

Su perfil, sin embargo, no parece ser el adecuado porque la tarea que carga requiere de alguien avezado mucho más en infecciones y virus que en epidemias y pandemias.

Para enfrentar el problema en Estados Unidos, Trump nombró Comisionado al director del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas, el infectólogo y virólogo Anthony Stephen Fauci, afamado por sus aportaciones en asuntos tan letales como las de VIH y Zika.

En el México de 2009 y la influenza A-H1N1, tarde pero a tiempo, presionado por la OMS que le pidió poner al frente de la crisis a un experto irreprochable, Felipe Calderón designó al infectólogo Alejandro Macías, de quien me acordé al verlo con Héctor Zamarrón en MILENIO Tv hablando del coronavirus y opinando que debieran hacerse “más pruebas” de las que se ha dado cuenta oficial y descartando que “de manera malévola” se esté ocultando la magnitud de la epidemia. Profesor miembro del Programa Universitario de Investigación en Salud de la UNAM, hasta puso en orden la nomenclatura de aquella mal llamada “gripe porcina” (el primer caso fue de un menor en San Diego, California, que ni carne de cerdo había comido), dizque originada en México.

Pero mientras Calderón acataba lo que Macías le sugería, López-Gatell ha dejado claro que la última palabra sobre lo que haga el gobierno la tiene el presidente López Obrador.

Adicionalmente, el subsecretario arrastra un defecto privativo de la 4T: el cuentachilismo con careta de “austeridad republicana”, “pobreza franciscana”, “ahorro” y “combate a la corrupción”, cuyos efectos han sido devastadores como el desabasto de medicamentos para niños con cáncer, de materiales (algunos tan elementales como alcohol y guantes) y equipos en clínicas y hospitales públicos.

Fue López-Gatell quien justificó el descabezamiento del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía con el sofisma de que el neurocirujano Miguel Ángel Celis lo había mal administrado cuatro meses, pese a que por casi un año se le escamoteó el nombramiento de un experto en Administración.

Como a otros funcionarios de distintas dependencias, al subsecretario le da por distraerse de su responsabilidad poniendo más interés en el dinero que en sus obligaciones: el viernes le llovió por decir primero: “Siempre, invariablemente, la prioridad es proteger la salud”, pero después recular: “¿Qué nos detendría de decir ‘cancelemos todo’? Es que estas intervenciones tienen consecuencias negativas sobre la sociedad, sobre la economía familiar. Si no estuvieran esas consecuencias, lo deseable desde el punto de vista de la protección de la salud pública sería simple y llanamente cancelar los eventos, pero es muy claro que esto tiene consecuencias…”.

Pues sí… ¿y?