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Más vale ser historiador que profeta, es una frase hecha que viene al caso porque ante el insoslayable tema del Covid-19, la pandemia que flagela al mundo, prefiero contarle al lector de otras ocasiones en que la humanidad se ha enfrentado a circunstancias similares que especular sobre su deseada finalización. Aunque quisiera, no puedo predecir una luz al final del túnel. (Una luz al final del túnel puede ser señal de que la salida está cercana o puede ser otro tren que viene en dirección a nosotros).

Al principio de la historia, la humanidad sufrió plagas que fueron consideradas castigo divino. Fue hasta que el griego Hipócrates (460-370 a. C.) sentó las bases de una teoría médica que se dejó de creer en consejas y ensalmos. El griego al que algunos consideran padre de la medicina —de ahí el juramento hipocrático— estudió las epidemias y consideró que las llamadas plagas o pestes se gestaban por el estado del aire y los cambios climáticos. (Algunos historiadores afirman que el nombre de Hipócrates se debe a su costumbre de elogiar a sus pacientes y, luego, hablar pestes de ellos. Nota del Redactor).

En vida de Hipócrates, cuando Atenas era gobernada por Pericles (495-429 a. C.), estadista que fomentó las ciencias y las artes, ordenó la edificación de la Acrópolis y, se adelantó al general Durazo, al construir el Partenón; se desató, en plena guerra del Peleponeso, una terrible epidemia que fue llamada Síndrome de Tucídides, por ser este historiador quien hizo la crónica de la enfermedad que mató a más de 30 mil personas, entre ellas el propio Pericles.

Ya en la era cristiana, una prolongada pandemia afectó a Constantinopla y otras partes de Europa, Asia y África, desde los años 541-543 —cuando se advirtió a la población que se quedara en casa— y hasta el 750 —cuando ya no había casas. Se estima que este pertinaz mal mermó a la cuarta parte de la población mundial del siglo VI. La enfermedad comenzó cuando Justiniano I (483-565) era el emperador romano de Oriente, razón por la que se llamó Plaga de Justiniano; lo cual equivale a que a la influenza H1N1, surgida en México en el 2009 cuando gobernaba Felipe Calderón, se le hubiera nombrado Felipandemia o Borolavirus.

Durante la Conquista, los españoles trajeron a lo que hoy es México 11 enfermedades contagiosas, entre ellas la sífilis, el sarampión, la viruela, la poliomielitis y la fiebre amarilla (bonito color). Más tarde trajeron las tiendas de abarrotes, los moteles de paso y las panaderías.

Al terminar la I Guerra Mundial, el mundo fue víctima de la Gripe Española, que no era gripe ni se originó en España. Se trató de influenza con una combinación de virus aviar, porcino y humano. Algunos investigadores afirman que comenzó en Francia en 1916, otros que en China en 1917; aunque el paciente cero se registró en Estados Unidos en marzo de 1918. Fue la prensa española la primera en anunciar al mundo la enfermedad con potencial de epidemia, de ahí el gentilicio.

La pandemia de 1918 es considerada la más devastadora de la historia humana. En solo un año mató entre 40 y 50 millones de personas. Se calcula que en México ocasionó la muerte de más de 300,000 personas de todas las edades. (Más muertos que los causados por la División del Norte).

En el siglo XXI, el planeta ha sufrido tres pandemias: En el 2003, la del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) que en México nos pasó de noche; la influenza H1N1 que se originó en nuestro país en el 2009 y que, pese a todo, fue benigna en comparación con la actual del Covid-19 que no nos trae por la calle de la amargura porque ni siquiera podemos salir a la calle.