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La Habana. El sábado volví a esta ciudad después de 14 años. La anterior había sido en enero de 2002 para una larga y última entrevista con Fidel Castro, en la que en una parte, al hablar de Dios, me dijo que ni lo conocía.

No era la primera vez que hablaba con el comandante.

En 1976, en una gira que el presidente Luis Echeverría organizó por el Caribe a su esposa María Esther y en la que se movieron en dos transbordadores, entonces propiedad del gobierno, el Puerto Vallarta y el Coromuel, con otros periodistas, entre ellos el extraordinario León García, nos sentamos con Fidel durante más de una hora en una de las casas de protocolo. Al frente de la misión iban Gonzalo Martínez Corbalá, y el general Jesús Castañeda, jefe del Estado Mayor Presidencial, y los barcos transportaban más de 500 personas, un festival mexicano flotante que incluía el ballet folclórico de la universidad de Veracruz, la orquesta típica, charros con todo tipo de animales, caballos, reses, toros, y los voladores de Papantla, entre otros. Castro fue a recibirlos al muelle de La Habana.

Recuerdo que en la visita que hizo el presidente José López Portillo a La Habana, en agosto de 1980, le llevó de sorpresa a Toña La Negra para que le cantara en la cena de Estado dejándolo embelesado con la jarocha a la que admiraba desde sus días en México y no había vuelto a escuchar.

En correspondencia, Castro se llevó a López Portillo al Tropicana, donde bebieron ron y fumaron puro. Fue una noche inolvidable, lo que recordaba también el domingo en ese escenario, único en el mundo, que abrió en 1939 y nunca cerró.

Lo volvería a ver un año después en Cancún, en una entrevista en la madrugada, en la que me dijo que los revolucionarios no se retiraban, a lo que le contesté, mire que casualidad, los reporteros tampoco.

Y no.

El sábado recorrí la vieja Habana, desde el recién remozado Teatro Nacional, hasta la catedral, con escalas en el daiquiri de El Floridita y el mojito de La Bodeguita del Medio, rematando en el Malecón, frente al imperturbable Castillo del Morro.

Fue extraordinario volver a recorrer otra vez aquellas calles sin tiempo, de alegría descascarada, donde se percibe que algo ha comenzado a cambiar, que algo ha comenzado a llegar, esquinas donde los jóvenes se arremolinan en torno a puntos de wifi gratuito y con comunicación con todo el mundo a través de sus teléfonos móviles, sus tabletas, sus laptops, algo impensable hace muy pocos años.

Y es que son las telecomunicaciones las que no sé si hayan abierto Cuba al mundo, pero sí sé que el mundo, y lo que sucede, está ya al alcance de la juventud cubana.

Y cuando este país despegue, cuidado, que lo va a hacer desde su esplendor despintado, para asombrar al mundo.

Fue un evocador privilegio regresar a La Habana.

Nos vemos mañana, pero en privado

 

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