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La pregunta respondida mil veces en estos días es qué busca Trump con su asalto a Venezuela.

Queda claro que no es abrir una transición a la democracia. Tampoco cerrar el paso de drogas de Venezuela a Estados Unidos pues ese tráfico no es gran cosa ni incluye al fentanilo. Parece más bien un pretexto judicial.

Trump y su secretario de Estado, Rubio han dicho muchas veces lo que buscan en Venezuela. Se resume en esto:

Manejar el país y su petróleo. Impedir que potencias adversarias usen a Venezuela para su beneficio. Definir quién manda en el Continente Americano en una lógica de hegemonía imperial, donde el control de Venezuela es tan estratégico, como la apropiación de Groenlandia o la reapropiación del canal de Panamá.

¿Delirios de Trump con la Doctrina Monroe? Mucho de eso, desde luego, pero la conexión de lo que pasa en Venezuela con esos delirios, es bastante clara.

Creo que entenderíamos mejor lo que dicen Trump y Rubio poniendo sus palabras en el contexto del documento de seguridad nacional americana, que plantea la “Doctrina Donroe”, el “corolario Trump a la Doctrina Monroe”: contener y regular la presencia de potencias extracontinentales en el hemisferio occidental.

En el caso de Venezuela esas potencias son Rusia, China e Irán. Y de pasada Cuba, vieja espina en la ciática de Washington.

En todo el diseño hay mil dudas, riesgos y gatos encerrados.

El control del petróleo venezolano, por ejemplo, tiene muchas dimensiones. Una de ellas es regular su venta y distribución actual. Otra, abrir los yacimientos venezolanos a la inversión y control de petroleras americanas. Una más, fortalecer el petrodólar, detener la política impulsada por los BRICS, con China y Rusia a la cabeza, de que las compras mundiales de petróleo no se hagan en dólares, sino en otras monedas.

Trump habla mucho de drogas y migración, pero su proyecto o su delirio está guiado por esta visión de unos Estados Unidos dueños de su continente, blindados en él ante potencias extranjeras, para negociar o pelear desde su “patio trasero” con el resto del mundo.

Hay cierta lógica en esta locura, como en la de Hamlet.

Problema: para soñar con su Doctrina Monroe, Trump debe dormir con Delcy Rodríguez.