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En un legible ensayo publicado en Vox, Zach Beauchamp ha puesto juntas algunas piezas claves de lo que llama “El motín blanco”, o “cómo fue que el racismo y la migración produjeron a Trump, al brexit” y un “nuevo tipo de política” de derecha, xenófoba y racista, cuyo fantasma recorre Europa y ha encontrado su heraldo estadunidense en Donald Trump (http://bit.ly/2cW2hJs).

Con abrumadora solvencia de fuentes académicas, Beuauchamp desafía la convicción dominante de que “el auge de ese populismo de derechas tiene su origen en la derrota económica infligida por la globalización a sectores fundamentales de la vieja economía que se quedaron atrás”.

Según esta visión del problema, el inesperado veredicto del brexit y la inesperada popularidad de Trump serían expresión de la protesta de un mundo ido que quiere de regreso sus empleos y su buena vida, arrebatados por el libre comercio.

Beauchamp sugiere, y creo que prueba, que el componente económico de la rebelión blanca, tiene una dimensión de ansiedad económica, pero brota sobre todo una profunda ansiedad cultural.

Esa derecha populista que crece en Europa y compite hoy por la presidencia de Estados Unidos es la edición contemporánea de antiguas pulsiones xenófobas y racistas.

Estas pulsiones han encontrado la ocasión de mostrarse ante la retadora visibilidad de los millones de migrantes que las últimas décadas han llevado a Europa y a Estados Unidos, imponiendo con su realidad física y cultural la evidencia amenazante de una conflictiva sociedad multicultural.

La intolerancia crece en Occidente por la “furia” acumulada ante la migración y la diversidad, dice Beauchamp, más que por la pérdida de empleos o la crisis económica.

“Si queremos entender el mundo en que vivimos”, abunda Beauchamp, “debemos entender cómo la inmigración y la intolerancia han transformado la forma en que votan los blancos cristianos. Debemos entender que la batalla entre el nacionalismo racista y el cosmopolitismo liberal será una de las luchas ideológicas definitorias del siglo XXI”.

Será una batalla larga, pues se libra en el corazón de las culturas más que en las estadísticas de la economía. Fue la lucha subterránea del debate de ayer.

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