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“Como niño, Trump se enoja en una cumbre”, cabeceó la sección con lo mejor de The Washington Post que publicó El Economista el pasado jueves.

Durante la clausura de la Cumbre por el aniversario número 70 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en el Palacio de Buckingham, en la capital del Reino Unido, una cámara de televisión captó a un grupo de líderes riéndose, aparentemente, del presidente de Estados Unidos quien al sentirse víctima de una burla, hizo tal berrinche que lo hizo parecer niño despreciado en el patio del colegio.

Según lo que el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, posteriormente declaró a la cadena de noticias CNN y se vio en un video de 25 segundos que se hizo viral, efectivamente, la princesa Ana de Inglaterra; el Primer Ministro del Reino Unido, Boris Johnson; el Primer Ministro de Holanda Mark Rutte, y el de la voz, es decir Trudeau, charlaban en la recepción; la neta, dijo el canadiense, criticábamos a Trump sin decir su nombre. En eso llegó el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el inglés Johnson le preguntó que a qué se debía su retraso. Fue Trudeau el que contestó: “llegó tarde porque viene de una conferencia de prensa con Trump, que duró 40 minutos”. El francés asintió. Todos soltaron la risa porque entre ellos es bien sabido lo largas y tediosas que se tornan las ruedas de prensa con Trump. (Se nota que no se han dado una vueltecita por las mañaneras mexicanas).

La cuestión es que Trump los escuchó reír y su paranoia le hizo suponer que se reían de él. Hasta eso, es bueno para conjeturar. Lo anterior, aunado a la negación del saludo por parte de la princesa Ana y que el Primer Ministro Johnson no lo invitó a visitarlo en su domicilio oficial en 10 Downing Street, previendo que la presencia de Trump pudiera perjudicarlo en su carrera por la reelección en los comicios que este jueves se realizarán en el Reino Unido, fue un misil para la narcisista personalidad del anaranjado, que vive en la Casa Blanca, que se puso rojo del coraje.

Como es sabido, Donald Trump padece narcisismo, un desorden de la personalidad consistente en un exagerado amor y admiración por sí mismo. Si los narcisistas no son tratados todo lo bien que ellos consideran merecer se sienten humillados. Quieren ser el centro de atención en cualquier lugar o circunstancia. (No van a los velorios: porque no son el muerto). Detestan que les lleven la contraria y, sobre todo, que los critiquen. La crítica que no es de su agrado, les causa rabia, ira o ansiedad. Son exigentes con sus amigos, los comentarios o bromas de éstos hacia ellos son motivo de enojo. Confunden la sumisión con la amistad. Es más, ellos no tienen amigos, tienen fans. La excesiva admiración que sienten por sí mismos los hace creer que son la última pantalla plana en oferta del Buen Fin.

Cuando leí que el magnate había hecho una rabieta como si fuera niño, pensé en cómo habrá sido la infancia de este personaje. Es poco lo que pude averiguar. Tuvo un padre exitoso en los negocios; estricto y cruel con el segundo (Donald) de sus cinco hijos. El mayor Fred murió en 1981 a consecuencia de su alcoholismo.

La primera escuela que lo soportó fue la Kew-Forest School en Forest Hills, Queens. Donald —le dijo su padre— tengo un reporte de la escuela, dice que tienes muy mala conducta. Son fake news, papá. Su mal comportamiento produjo que saliera de la escuela a los 13 años. Ingresó a la Academia Militar de Nueva York, una especie de preparatoria, donde se graduó en 1964. Aprobó el curso como los soldados cruzan las líneas enemigas: de panzazo y arrastrándose.